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David Boone de la Garza
David Boone de la Garza
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05 Diciembre 2016 04:00:00
Acelerar el paso para evitar la autodestrucción social
Es común encontrar personas que advierten o se quejan de que la humanidad vive (padece) una “pérdida de valores”, que adjudican los actuales problemas sociales o las situaciones colectivas adversas al hecho de que las nuevas generaciones ya no poseen los mismos valores que las anteriores. Tal afirmación es cuestionable. ¿Acaso el rol familiar y social de la mujer era más digno hace 100 años que ahora, cuando ni siquiera se le reconocía la condición de ciudadana? ¿Puede sostenerse que hace 200 años los trabajadores gozaban de mayores prestaciones que hoy en día? ¿Tenían en 1716 los niños y adolescentes la misma protección que en el 2016? La respuesta en general es no.

Las sociedades han evolucionado. Con el tiempo se han configurado, identificado, reconocido y tutelado cada vez más valores y principios. Los seres humanos cuentan con leyes nacionales e internacionales, con instituciones y organismos, que los protegen más que antes. Pero esa evolución no ha sido suficiente ni se ha dado en la forma más deseable. Hace ya más de dos siglos y medio, Juan Jacobo Rousseau explicaba que las personas se unen para vivir en sociedad porque tienen intereses que las vinculan, y que las sociedades pueden existir porque hay un punto en el que todos sus integrantes concuerdan: la conservación de la especie humana.

Sin embargo, esa idea básica de que las sociedades existen sólo para la conservación de las personas, ha avanzado para dar lugar a la amplia convicción de que dicho fin lo constituye además su desarrollo pleno, libre y armónico. Es decir, las sociedades existen (y son democráticas) ya no nada más para conservar a sus miembros, sino para promover, impulsar y garantizar que puedan ejercer todas sus capacidades (hasta el límite de las de los demás), a partir de que cuenten con las condiciones mínimas necesarias para ello, las cuales son deber y obligación de la misma sociedad, ya sea directamente o por medio del Gobierno.

Por otra parte, el nivel de conciencia acerca del valor, las implicaciones y los efectos de la dignidad humana, se han incrementado, tanto del lado de la sociedad civil como de las autoridades. Hoy hay más conciencia que antes sobre la importancia de la igualdad (a la que incluso se le han asignado apellidos: real, material, sustantiva, de resultados, etc.), la equidad, la justicia, el respeto, la no discriminación y la solidaridad, y la manera en que estos valores se cristalizan en la vida diaria. Esto se refleja prácticamente en todos los ámbitos; en el político, por ejemplo, en donde la participación de la población, su lucha por acceder al poder y ejercerlo, la cual –amén de sus imperfecciones y enormes retos– se ha “civilizado”, como lo precisa Norberto Bobbio: “las reglas formales de la democracia han introducido, por primera vez en la Historia, técnicas de convivencia, cuyo objeto es el de resolver los conflictos sociales sin recurrir a la violencia”.

Ahora bien, ¿por qué a pesar de esos logros de la humanidad persisten acciones y fenómenos que laceran la dignidad y transgreden derechos? Si es cierto que hemos evolucionado, ¿a qué se deben situaciones como la desigualdad económica, la marginación de muchos grupos y personas, el surgimiento de conflictos armados, el mismo hecho de que continúen existiendo armas, la expansión y proliferación de nuevas formas de trata de personas (esclavitud moderna), la incapacidad para suspender y revertir el daño al medio ambiente, la discriminación por múltiples razones y en diversas formas (nacionalidad, sexo, raza, cultura, condición social y económica, orientación sexual, discapacidades, etc.), la elección de gobernantes y el establecimiento de regímenes de gobierno que amenazan y atentan contra las libertades fundamentales?

Las respuestas son muchas, pero la conclusión es la misma: la humanidad no ha evolucionado al ritmo, en la forma y con la intensidad necesaria. Alguien pudiera pensar que la solución llegará en automático sólo esperando a que pasen otros 100 o 200 años. El problema es que a la velocidad con la que históricamente ha dado pasos (los que no siempre han sido hacia adelante), previo a que eso suceda, la humanidad puede, sino autodestruirse (lo que no es una exageración), sí colocarse en una posición de violación sistemática e irreversible de la dignidad de muchas personas.

¿Qué hacer entonces? Acelerar el paso. Fortalecer la conciencia (mediante la reflexión y la autocrítica constantes), asumir nuevas actitudes, dejar de lado la doble moral individual y colectiva, y pugnar por los derechos de todos, como si se tratara de los propios. El reto no es ser santos, sino personas a la altura de los requerimientos de la dignidad. Aprovechando aquella ventaja a la que se refiere Savater en su obra sobre la ética: “A diferencia de otros seres, vivos o inanimados, los hombres (y las mujeres) podemos inventar y elegir en parte nuestra forma de vida”. Elijamos una que incluya tratar con fraternidad absoluta a los demás.
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