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Sergio Sarmiento
Sergio Sarmiento
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Empezó su carrera profesional en la revista Siempre! a los 17 años, cuando era todavía estudiante de preparatoria. Obtuvo la licenciatura en filosofía con honores de la Universidad York de Toronto, Canadá. A los 22 años entró a trabajar como redactor en Encyclopaedia Británica Publishers, Inc. y dos años más tarde fue nombrado director editorial de las obras en español de la empresa.

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03 Abril 2019 03:53:00
Acoso real
Toda mujer tiene una historia de acoso, ninguna queda realmente exenta. Desde que tenemos registros históricos los hombres han usado la violencia y el hostigamiento para imponer su voluntad sobre las mujeres. Las han reducido a presas de cacería sexual o a propiedad privada.
Son innumerables los relatos de manoseos en el Metro, autobuses y calles, o de acosos sexuales en centros de trabajo. Una escritora cuenta cómo un periodista le pidió sexo a cambio de una entrevista. Me muestra también cientos de mensajes anónimos de odio y acoso; presentó denuncia ante el Ministerio Público, pero la Policía Federal Cibernética le dijo que no podía hacer nada. Están también las mujeres que duermen con el enemigo y son insultadas y vejadas de manera cotidiana por sus propias parejas.

Todos los días nos enteramos de historias de mujeres golpeadas, violadas y asesinadas. Lydia Cacho, quien ha escrito ampliamente sobre el tema y ha impulsado refugios para mujeres, escribe en Twitter: “He documentado miles de actos de violencia brutal a lo largo de 30 años de carrera. Todos los días seis mujeres son asesinadas en México por un hombre que quiere impedir que ejerzan sus libertades”.

El acoso es muy serio, no se puede minimizar. Por eso mismo es importante combatirlo, pero combatir el acoso real y no la torpeza o la coquetería.

“El acoso sexual es repugnante, pero no todas las denuncias que se hacen pueden considerarse acoso”, escribe Marta Lamas en Nexos. “El discurso del feminismo radical sobre el ‘acoso sexual’ ha generado prácticas injustas y ha erosionado el debido proceso”.

Eliminar la presunción de inocencia, con el argumento de que toda acusación de una mujer es válida por el hecho de proceder de una mujer, o avalar las acusaciones falsas o exageradas, solo debilita el combate contra el acoso real.

Las empresas y las instituciones deben establecer criterios y protocolos justos de actuación ante las acusaciones de acoso. Despedir a alguien porque se le acusa sin pruebas o con una historia con inconsistencias solo incentiva las acusaciones falsas y las venganzas. Una acusación de acoso es demasiado importante para aceptarla o rechazarla sin un análisis serio. Es indispensable conducir investigaciones profesionales, de preferencia con especialistas externos que no estén sometidos a las cadenas de mando de la institución. Debe impedirse cualquier acto de represalia contra quien presente la acusación, pero no se puede sancionar al acusado sin darle derecho de audiencia.

En las redes sociales estamos viendo hoy verdaderos linchamientos. Hay que aprender a distinguir entre las acusaciones de acoso y las de simple interés sexual o amoroso. No es lo mismo un manoseo que una mirada lasciva, una agresión que un piropo. Hay que aprender también a ser escépticos. Nadie tiene el monopolio de la verdad simplemente por su género. El lema #yolescreoaellas no es más que la confesión de un ánimo de linchamiento.

Al final, el éxito en esta lucha debe venir del castigo al acoso real, pero también del fortalecimiento de la confianza de las mujeres en sí mismas, eso que algunos llaman empoderamiento. Mónica Soto Icaza escribe en Twitter: “Entré muy joven al ámbito literario y periodístico. Cuando he vivido acoso, los susodichos terminan con la cola ente las patas. Si los encaras sin miedo y en vez de llorar reaccionas y hablas a los ojos, neutralizas la violencia y manifiestas tu poder. #MeTooEscritoresMexicanos”.

Pluscuamperfecto

La acusación de la denunciante anónima que orilló al suicidio a Armando Vega Gil decía: “Si hubiera tenido un gramo más de inocencia y hubiera ido a su casa sola, estoy segura de que ese viejo hubiera abusado de mí”. Hubiera. Pretérito pluscuamperfecto del subjuntivo. Algo que nunca tuvo lugar.
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