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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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05 Diciembre 2016 03:00:00
Adicción de poder
La permanencia de Humberto Moreira como consejero político nacional del PRI es tan relevante como las aspiraciones de Francisco Tobías y otros peones suyos de ser alcaldes: nula. Lo llamativo no fue su inclusión en el órgano colegiado, sino su ausencia en la asamblea presidida por Enrique Peña Nieto en calidad de primer priista. El exhuésped de la prisión madrileña de Soto del Real comparte honores con gente tan respetable como el maratonista Roberto Madrazo y el líder ferrocarrilero Víctor Flores, acusado de malversar más de 568 millones de pesos de un fideicomiso para trabajadores jubilados. ¿Condición para ser consejero?

Moreira ya formaba parte del consejo, como exlíder del PRI. Su despido, empujado por Armando Guadiana Tijerina, hoy aspirante al Gobierno del Estado, fue por la deuda de más de 36 mil millones de pesos, cuyo destino aún se desconoce. Su inclusión en la lista de los “10 mexicanos más corruptos de 2013” de la revista Forbes, su detención en España, sus presuntos vínculos con Juan Manuel Muñoz Luévano, preso en Madrid y reclamado por Estados Unidos por narcotráfico y lavado de dinero, y otros escándalos se desencadenaron después. Más los que se acumulen. Nada nuevo bajo el sol en un país dominado por la corrupción y la impunidad.

Enrique Peña quiere a Moreira –por lo que le sabe, por lo que le debe–, pero lo quiere lejos, debido a las investigaciones en curso. Las de Estados Unidos preocupan más. El Presidente y el PRI están urgidos de operadores políticos para tratar de salvar elecciones perdidas de antemano. La credibilidad y la opinión pública, por lo visto, no les importa. Tampoco les interesa encarcelar a los corruptos. Los golpes de pecho de Enrique Ochoa, líder del PRI, lo presentan tal cual es: ajeno a su partido, pusilánime y sin estatura de líder. Un títere.

Pero, además, para un hombre con las ínfulas y el ego de Moreira, de ambición sin contenciones, hibris exaltada y narcisismo patológico, ser un consejero más del PRI no debe significarle nada, a pesar de la protección que supone, la cual, por cierto, no lo dota de fuero. Después de haber sido jefe del PRI y supuesto plan B para la Presidencia de la República, Moreira quiere poder, no se conforma con menos. Cree ser amado, estimado, respetado, venerado por todos. ¿Sabe lo que realmente piensa y siente por él la mayoría?

Moreira tiene de sí mismo el mejor de los conceptos, reflejo también de su hibris perniciosa:

“Pienso continuar sirviendo a mi país y a los ciudadanos allá donde se me necesite con todo mi empeño y sin que me tiemble el pulso por muchas falsas acusaciones que me dediquen”, dice para acreditar su ratificación como consejero del PRI. ¿Servir al país? ¿Cómo, dónde, para qué? ¿Quién se lo ha pedido? ¿Servir a México como lo hizo en Coahuila? El cinismo no tiene límites y los políticos creen todavía que los mexicanos son tontos o masoquistas.

También, como su admirado Fidel, se victimiza y autoabsuelve: “Las vinculaciones que se me hacen con la corrupción, el lavado de activos, el narcotráfico, son tan gratuitas como falsas, y sólo sirven para alimentar a quienes, arbitrariamente, pretenden incidir en mi firme decisión de servir al pueblo mexicano desde la posición política que el mismo me otorgue”. ¿Quién le cree? Por lo visto, sólo Peña Nieto. Falta lo que diga Estados Unidos. Pronto lo sabremos.
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