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Guadalupe Loaeza
Guadalupe Loaeza
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28 Febrero 2017 04:00:00
Adiós a una musa
“¿Qué pasa cuando se empiezan a desaparecer las musas, aquellas que una vez inspiraron tantos amores en tantos talentos? ¿Cómo le dirá una musa adiós para siempre a la vida? ¿A dónde se irán las musas cuando mueren?”. Entre tristona y melancólica me pregunté lo anterior, ayer por la tarde, al enterarme que había muerto Yolanda Santacruz Gasca, viuda del músico Agustín Lara.

La última voluntad de esta musa la transmitió a su hijo, Gerardo Agustín Lara Santacruz, a quien le pidió que sus cenizas fueran llevadas a Tlacotalpan.

Tuve el privilegio de conocer personalmente a Yiyi. Durante el proceso de la escritura de la biografía de Agustín Lara, Mi Novia la Tristeza, Pável Granados y yo la entrevistamos y convivimos con ella en varias ocasiones. Yiyi era una mujer fascinante. Sus ojos y su cabellera larga toda dorada la hacían parecer como una pintura de los prerrafaelitas del siglo 19. Cuando le abrí la puerta de mi casa, con lo primero que me topé fue con un par de ojos enormes de un verde esmeralda que nunca había visto en mi vida. En seguida comprendí por qué Agustín Lara le había escrito a su musa el 4 de febrero de 1958:

“Hay leyes milagrosas que se cumplen; tal vez en mí por fatalidad o por ventura, un piadoso y oculto designio hizo que, ya en mi ocaso, floreciera la luz de tus ternuras: si nunca tuve los albores de la mañana, supe, en cambio, de la majestad de los crepúsculos... y en esa hora serena, que tiene la beatitud de todas las renunciaciones, clavé mis ojos en el infinito para buscar tu amor... ¡y lo encontré!”.

Como ninguna de las parejas de Agustín, Yiyi guardó, a lo largo de 10 años que duró su relación, fotografías de ambos, recados, cartas, tarjetas, telegramas, programas de teatro, fotos en donde aparece Lara en sus películas y hasta ropa, además de muchos originales de canciones que le dedicó. Gracias a que conservó todos estos recuerdos, Yiyi pudo inaugurar un museo en la tierra de Agustín, Tlacotalpan. Decían que hasta hoy, ella guardaba un baúl lleno con todas las cartas que a lo largo de casi 10 años se escribieron ella y Lara, incluyendo las que se mandaron a lo largo de los ocho años siguientes después de haberse separado. En esos documentos sólo hay dos personajes y nada más: Yiyi y Agustín. Todo lo demás viene por añadidura. El mar existe porque se parece a la mirada de Yiyi, lo mismo ocurre con el cielo y la selva. Todo el mundo parece un adjetivo de la mirada de Yolanda.

Tal vez Agustín no se resignó nunca a esta separación. Hay muchas cartas inteligentes, sensibles y humorosas que siguió mandando a Yiyi prácticamente hasta el último año de su vida. También es cierto que siempre se preocupó por ella en todos los aspectos, lo demuestra el hecho de que –a pesar de que la boda entre ellos no se llevó a cabo en realidad– llevó al Registro Civil al hijo de Yolanda y le dio su nombre y apellido: Gerardo Agustín Lara Santacruz. Agustín sabía que la despedida era irrevocable, que ya no había forma de continuar unidos. Lo que ninguno de los dos pudo negar nunca es que el afecto entre ambos sobrevivió con mucho a su relación. Yiyi era la única de las parejas de Agustín que se ha preocupado por difundir y promover la obra del compositor. Asimismo, mantenía el museo en Tlacotalpan para preservar la vida y la obra de Lara. Igualmente luchó junto con Ida Rodríguez Prampolini, precursora del Instituto Veracruzano de Cultura, para que la “Casita Blanca”, en la que habían vivido, se transformara en museo.

De todas las musas-mujeres de Agustín Lara que entrevisté para su biografía y entender aún mejor a este compositor tan enamorado, la que me contó con verdadero fervor cómo fue su primera noche de amor con él fue Yiyi. Entonces ella tenía 18 y él, 58 años. “Era un amante perfecto. Calzaba muy grande y a pesar de ello era de una ternura indescriptible. Nunca te obligaba hacer cosas que no hubieras deseado. Te preguntaba, te guiaba y te amaba como si hubieras sido, en esos momentos, su único amor. A partir de esa noche, me dije que lo amaría toda mi vida”.

Ahora que el compositor y la musa ya se fueron para siempre, quiero imaginármelos muertos de la risa por todas las travesuras que hicieron en esa “Casita Blanca”...
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