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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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14 Febrero 2017 04:00:00
Agonía y éxtasis
Hoy, como el año anterior, más allá de mercachifles, sacarina, melcochas y consumismo so pretexto del amor, van para tantos de ustedes que habitan ese estado de gracia o viven una dolencia que fue del amor a la separación (chicotazo de centella que les requemó los entresijos del ánima con un vivísimo dolor y una nostalgia que quizá aún no cesa), estos poemas a modo de fulgorcillos de aurora boreal.

Decirlos a su única. Quedo, de boca a oído, de boca a boca, a sangre, a entraña, a espíritu. Díganse los siempre, siempre, y los nunca, nunca, del amor que se enciende, fulgura y, si no se le aviva cada día, termina por erosionarnos el corazón con su llovizna de cenizas.

¿Que alguno desconoce el estallido del amor? Ese no ha alcanzado a nacer o nació muerto. De la abundancia del corazón habla el poema:

“Maldije la lluvia que crepitaba sobre mi techo y me impedía dormir. Maldije el viento que sacudía mi jardín. Pero llegaste tú, y entonces di gracias a la lluvia porque has tenido que quitarte tus ropas mojadas, y di gracias al viento, que apagó mi lámpara...

“Habíamos agotado las palabras de amor. Callamos entonces, y al igual del silencio que se establece entre dos ejércitos que han de librar batalla, hubo un silencio profundo entre nosotros. Y libré la batalla de amor. El ruido de los sables estaba en nuestros besos. Los suspiros de los heridos en nuestros estertores. La algarabía de los carros de guerra estaba en las arterias. Y te conservé contra mí como un estandarte destrozado...

“Recuerdo esa mañana de Damasco y el silencio del jardín donde tú te adormías. La sombra de tu cuello era azul. Tus senos subían y bajaban con ritmo de fuente.

Tus brazos, en abandono, eran dos arroyos de plata en la hierba; las mariposas se posaban sobre tus uñas, tomándolas por rosas. ¿Contemplaría mi padre, en ese instante, vírgenes más bellas en los jardines del Paraíso? Me extendí a tu lado, como un mendigo a la vera de una mezquita...

“Esa noche nevaba sobre el jardín. Yo tenía frío; no lo advertiste. Mirabas los grandes árboles bajo los que antaño te esperé tantas veces. La nieve cayó sobre nuestro pasado.

“La promesa que me hiciste bajo la acacia en flor. ¿Dónde está el rocío que empapaba sus flores? Dejaste caer en el polvo el tulipán rojo que yo te había dado. Lo recogí. Se había tornado blanco. En aquel breve instante había nevado sobre nuestro amor.

“Yo había suspendido en su puerta una guirnalda. Hice exhalar a mi laúd un canto de amor. Al otro día la encontré. Unos claveles que crecen en el jardín de mi vecino adornaban su traje. Me encerré en mi morada, rompí mi laúd. Lloré.

“Sus manos. La mañana de nuestro primer encuentro fue la mano derecha de mi bienamada la que me envió en gracioso saludo su corazón y sus labios. La tarde de nuestro primer encuentro fue la mano izquierda de la bienamada la que abrió su túnica para que mis besos se posaran sobre sus senos. Así, y por todo lo que les debo todavía, cantaré a las manos de mi bienamada. Dolor, oh dolor, ¿por qué despiertas? Mi bienamada partió, y cómo recordar algo más que sus dos manos sobre sus ojos en lágrimas...

“Cuando mi navío se alejaba oí a lo lejos una canción de una dulzura desgarradora. Era un mendigo. Si él, que nada posee, canta, ¿por qué lloras tú, que posees tan hermosos recuerdos?”.

De ti, Issa, presencia amadísima. (Amor).
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