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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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24 Junio 2018 03:00:00
Agua que no has de beber, no la dejes correr
“Las torrenciales lluvias que se abatieron sobre Saltillo revelaron la insuficiente capacidad del drenaje de la ciudad. Numerosas calles recobraron su vocación de arroyos y las alcantarillas se convirtieron en insalubres surtidores de aguas negras.

Millones de litros de agua corrieron calle abajo hasta encontrar el cauce de los pocos arroyos que no han sido taponados por la codicia de los fraccionadores y la lenidad de quienes se encargaban de autorizar la creación de nuevas colonias. (“El agua tiene memoria”, dicen los rancheros).

Estos arroyos desembocan finalmente en ríos del estado de Nuevo León, como el Santa Catarina, que captan el agua de los escurrimientos que cruzan veloces la mancha urbana de Saltillo, dejándonos solamente montones de basura.

Una población como la nuestra, y otras de la entidad, fundadas en el semidesierto, con pocos ríos, lagunas y embalses, dependen de pozos profundos para el suministro de agua potable, cuyo rendimiento tiene relación directa con los niveles de los mantos freáticos, los cuales, en épocas de sequía sufren severo abatimiento. Esto ya hizo crisis en Torreón y Ramos Arizpe, donde se ha tenido que recurrir a la distribución del agua en pipas.

En el sexenio de Enrique Martínez y Martínez se inició un proyecto al que no se dio seguimiento. Consistía en la construcción de pequeñas represas, de las que se hizo sólo una. La función de estos miniembalses es retener agua, con la idea de que al trasminarse al subsuelo se recarguen los mantos freáticos.

Otra solución para aprovechar el agua que corre por nuestras calles la encontraron los monjes de la orden de los mínimos de San Francisco de Paula, en su casa de la calle de Guerrero. Alguna vez, cuando tuve la oportunidad de visitar su convento, uno de los monjes, italiano de origen e hijo de campesinos, me mostró el ingenioso sistema utilizado para regar su huerto.

La casa de los mínimos se encuentra en alto y hacia el poniente, donde está el huerto, el terreno presenta un importante declive. Aprovechando esta circunstancia, los monjes abrieron una alcantarilla en la calle, la cual se conecta con un tanque elevado en el centro de la huerta. El tanque recibe el agua de lluvia captada en la alcantarilla, y con ella mantienen frutales y hortalizas. Sistemas parecidos usaban en los conventos de la Nueva España. Allí, los techos inclinados hacían llegar el agua de lluvia a una cisterna ubicada en el centro del patio para almacenarla.

Comentando con un conocedor, señaló que un sistema parecido funciona en Santiago de Chile, donde cisternas subterráneas alimentadas con agua de lluvia, se utilizan para regar jardines públicos. Esto, aseguró, significa, un ahorro económico para la ciudad y evita la sobreexplotación de los mantos freáticos.

¿No será posible implementar estos sistemas en Saltillo, donde la dependencia de los pozos profundos, sin temor a exagerar, deja en manos de la naturaleza el suministro de lo que los periodistas de antes llamaban “el vital líquido”? Dependencia riesgosa cuando la presa importante más cercana, la Venustiano Carranza, conocida popularmente como Don Martín, se localiza a casi 100 kilómetros al norte de Monclova, o sea a poco más de 300 de Saltillo. Perforar más pozos, es bien sabido, equivale a meter más popotes al mismo vaso, pues el manto freático sigue siendo el mismo.

Ahora, cuando estamos a punto de elegir autoridades municipales, quizá sea el momento de buscar nuevas soluciones a problemas añejos.
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