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David Boone de la Garza
David Boone de la Garza
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27 Febrero 2018 04:00:00
¡Aguas con las frases!
Las hay de todos tipos, para todas las personas, en todos los tonos, para todos los momentos, también en todos los sentidos. Cortas o largas, obvias o no tanto, positivas, negativas, realistas, fatalistas, reflexivas, graciosas, ofensivas, con sentido y sin él, neutrales, siempre están ahí, para pasar inadvertidas o para ser vistas como “mágicas señales”, son las frases.

Las expresiones o frases hechas son conjuntos de palabras de uso común que expresan una sentencia a modo de proverbio. Siempre han estado ahí. Las frases son tan remotas como el uso mismo de la palabra. Su origen puede resultar interesante, inspirador y hasta gracioso. Una frase puede ser una declaración, una breve reflexión, una sentencia o un refrán. Estos últimos abundan y son más que recurridos, aunque en ocasiones se desconozca su uso o sentido adecuado, así como la causa de su existencia. Uno de ellos, por ejemplo, muy popular, es el clásico “ya chupó faros”, el cual debe su origen, literal, a los famosos cigarros Faros, pues resulta que durante la Revolución Mexicana los sentenciados a muerte solían pedir como último deseo poder fumar uno de estos cotizados rollitos de tabaco. Y así, cada dicho o refrán tiene su peculiar historia.

En cuanto a las frases reflexivas, las que suelen mover y conmover, esas sí son cosa seria. Con la explosión de Internet y, por supuesto, de las redes sociales, llegó una cascada de frases y reflexiones. Si bien antes de la era digital, obviamente, ya se tenía contacto con expresiones que detonaban recuerdos, inspiraban y, en general, activaban emociones y sentimientos, había que buscarlas en libros o toparse con ellas en alguna película, charla o clase. Hoy es mucho más sencillo y frecuente. Queramos o no, diariamente, nos las encontramos y, casi siempre, en la palma de nuestra mano. Las frases se nos aparecen como por arte de magia, todo el tiempo. Se lo debemos a Internet y, particularmente, a Zuckerberg, Facebook, sus imperios y aliados.

Internet llegó para quedarse y cambiarlo todo. Conquistó. La ONU pronosticó que para el 2017 más del 50% de la población mundial tendría acceso a Internet. Así fue. Hoy el 53% de los humanos están conectado a la red. En México este porcentaje supera ya 70% de la población. La demanda de la sociedad y la oferta de los proveedores de tecnología fueron el mejor aliado de los gobiernos para cumplir el propósito de lograr la inclusión digital universal, es decir, que todas las personas tuvieran acceso al ciberespacio.

A causa, en parte, de Internet y las redes sociales, algunas conductas, prácticas sociales –de donde surgen los valores– y la misma forma de relacionarse las personas, se están transformando aceleradamente. Un claro ejemplo es la novedosa forma de publicar y consumir frases “motivadoras” y textos reflexivos breves, que hoy se aparecen e influyen en las personas más que antes. Ahora bien, el punto con estas expresiones es que, en muchas ocasiones, no son leídas y asimiladas del modo más preciso, adecuado o conveniente.

Hay frases, igual de bonitas y potentes, que, por más posicionadas que estén y asertivas que parezcan se contraponen entre sí y significan lo contrario. Veamos algunos ejemplos. Si bien es cierto que “al que madruga Dios le ayuda” y que “la suerte se reparte a las seis”, también lo es que “no por mucho madrugar amanece más temprano”. O bien, aunque “árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza”, “no hay mal que dure cien años”. Una más. Dicen que “nunca detengas a alguien que se quiere ir de tu vida; suelta, perdona y deja ir”, pero igualmente es cierto que “el que no lucha por lo que quiere no merece lo que desea”, ¿o cómo?

Otro ejemplo es la clásica palabra “fluye”. Cuando una persona se halla en una situación de incertidumbre, confusión o debilidad emocional, cuando debe tomar una decisión importante o se ve en un laberinto sin salida, es común que quien le está aconsejando o animando a seguir adelante le diga “fluye”; o igual, sin necesidad de que se lo digan, esa persona se topa en las redes sociales con esta mística palabra o con otras que al final se traducen en lo mismo. “Fluir” significa “correr” y “brotar con facilidad de la mente o de la boca”. Es difícil entender cómo alguien va a resolver una dificultad o un malestar, a decidir algo, corriendo o brotando. Peor aún, ¿qué haría una persona adicta o con un comportamiento violento cuando algún amigo o familiar le aconseja fluir?

Al igual que sucede con las personas, las frases no son buenas ni malas. Jorge Ibargüengoitia escribió que “el mexicano, como todos los pueblos educados en una ética rigurosa está convencido de que el mundo está lleno de buenos y malos. Los buenos somos nosotros y los malos los demás”. En realidad, el mundo de los humanos y, en efecto, el de las frases hechas y repetidas por ellos, no funciona así. Todo es grados, tonalidades, cientos de ellas.

A las frases hay que saber asimilarlas y no perder de vista o dejar de imaginar el contexto en el que su autor las acuñó y el de las personas que las han hecho suyas. Pero, sobre todo, hay que tener presente el contexto propio, para hacer conciencia del verdadero significado de las palabras y optar por aquel que más se adecue y mayor utilidad tenga para cada persona en cada momento. Se trata de leer y comprender con razón, objetividad y responsabilidad estos pequeños textos. Por más decepcionante que resulte las frases no son señales, son eso, frases y ya. Conviene saberlo y tomarlas así, aprovechar su potencial para reflexionar con racionalidad y, para algo esencial, conservar y fortalecer principios y valores.
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