×
Rodolfo Naró
Rodolfo Naró
ver +
Rodolfo Naró, nació en Tequila, Jalisco, el 22 de abril de 1967. Es autor de varios libros de poesía, casi todos reunidos en la antología Lo que dejó tu adiós (2016), así como de las novelas El orden infinito (2007), finalista del Premio Planeta Argentina 2006, Cállate niña (2011) y Un corazón para Eva (2017). Twitter: @RNaro

" Comentar Imprimir
17 Agosto 2018 04:00:00
Al desnudo II
Cuando era niño fantaseaba con un mundo al desnudo, imaginaba a la gente de mi pueblo caminando por la calle con aquella naturalidad del que se mueve por su casa sin una prenda encima. Pues resulta que no sólo era mi fantasía, en Cataluña descubrí un pueblo donde toda la gente vive al desnudo, se llama Fonoll, cerca de Tarragona pero eso da tema para otra columna, sigamos con nuestra playa de aquel agosto en Barcelona.

Después de dos semanas de visitar a diario la playa naturista, como decía el cartel de bienvenida, me di cuenta de que siempre éramos los mismos, como en los restaurantes de comida corrida de la Ciudad de México. Contrario a lo que yo creía, esa playa no era un sitio para ligar, la mayoría de los bañistas tenía una actitud introspectiva y de comunicación con la naturaleza que no he visto en playas típicas, además de que casi todas las mujeres llegaban acompañadas.

Sin embargo, en más de una ocasión vi a alguno ligar con descaro. Un tipo que rondaba la playa con la actitud de quien busca a alguien, nunca se recostaba cerca de una chica con audífonos, y cuando flechaba a la mujer adecuada se cercioraba de que hablara español viendo el libro que leía; tendía su toalla y al cabo de un rato le ofrecía una cerveza o una Coca-Cola cuando pasaba un paki ofreciéndolas, o usaba el pretexto que nunca fallaba, le pedía fuego al verla encender un cigarro.

Así como dicen en Barcelona que el verano dura dos días, eso me duró el morbo y aprendí a identificar a la gente por sus lunares, por el corte de cabello que, al más puro estilo español, es disparejo y trasquilado del flequillo, o bien por sus cicatrices. Vi a hombres con el cuerpo depilado y descubrí que en la Europa católica o luterana no se circuncidan, como se acostumbra en México, seguramente influenciados por el judaísmo de Estados Unidos.

En mis largas horas desnudo bajo el sol vi las voluntades del tiempo en el cuerpo, los piercing en los pezones de mujeres que pasaban los cuarenta. Vi tatuajes de rostros y paisajes, negros y de colores; grandes mapas continentales sobre muslos y espaldas. Vi más mujeres tatuadas que hombres, no sé si será porque aguantan más el dolor.

Vi a tantas mujeres tan llenas de vida, a quienes prefería ver cuando llegaban para descubrir un poco más de su personalidad en su ropa. Me gustaba observarlas desnudarse, soltarse el cabello y, con las piernas abiertas, tender la toalla sobre la arena mientras batallaban con el viento que la hondeaba como bandera. Las vi untarse el bronceador con movimientos circulares sobre tetas, vientre y nalgas, enfrentarse al sol con mirada decidida y, a veces, volverse a ovillar el cabello para tenderse boca abajo. El erotismo no está en el desnudo en sí, sino en el movimiento, en los juegos de luces y sombras, en saber llevar la piel como la prenda más fina que se haya vestido.

Aquel agosto en Barcelona cumplí mi fantasía de la infancia y también me dejé ver al desnudo. Vieron mi mirada acusadora de nudista novato, mi deseo cada atardecer más domeñado, mi impecable circuncisión y la cicatriz que corre de norte a sur por mi espalda.
Imprimir
COMENTARIOS



5 6 7 8 9 0 1 2