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Rodolfo Naró
Rodolfo Naró
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Rodolfo Naró, nació en Tequila, Jalisco, el 22 de abril de 1967. Es autor de varios libros de poesía, casi todos reunidos en la antología Lo que dejó tu adiós (2016), así como de las novelas El orden infinito (2007), finalista del Premio Planeta Argentina 2006, Cállate niña (2011) y Un corazón para Eva (2017). Twitter: @RNaro

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03 Agosto 2018 03:48:00
Al desnudo I
Así de libres y jóvenes deben de haberse sentido Adán y Eva al pasear desnudos en el Paraíso. Hace unos años pasé una temporada en Barcelona y, gracias a mi anfitrión fue el mejor verano de mi vida: fui a mi primera playa nudista. Vi hombres y mujeres de tantas nacionalidades y colores mostrándose tal cual sobre la arena. Vi a un hombre jugando con su hija pequeña al borde del mar. Vi a mujeres con el sexo totalmente depilado, con el corte brasileño o más de una ecologista sin recorte en el vello púbico ni en las axilas.

Vi a niñas de pocos años, chicas de 14 con senos incipientes y rosáceos. Vi a mujeres de 20, 30 o cuarenta y tantos, hasta algunas de 70 de lo más natural. Bien pude haber hecho un ensayo sobre tetas: las operadas, las naturales y de caída libre; clasificarlas por tamaño y color, las de pezones siempre erectos, de tonos coral o amplios y oscuros. Vi a una mujer embarazada que amamantaba a un pequeño bajo la puesta de sol, como en un cuadro de Botticelli.

Desde el primer domingo de ese agosto que pasé en casa de Christian Obregón, confirmé que en ese mes todos en Barcelona se van de vacaciones, pero otros tantos llegan y las calles del centro se inundan de centroeuropeos, franceses o italianos que pronto vería libres sexualmente. “Ya deja de ir al centro”, me decía Christian, “te recomiendo las playas de Barcelona”.

Playas artificiales que se hicieron para las olimpiadas de 1992, donde antes fue ámbito para deshechos industriales, merenderos para comer arroces que preparaban los marinos, ya era territorio para la vista. Yo había escuchado que, por lo menos en México, las playas nudistas estaban atrás de un cerro, a 20 kilómetros de la última costa habitada, con pase restringido o bien, que había que embarcarse y cruzar peligrosos manglares infestados de cocodrilos, pero en aquel verano, me encontré al desnudo en la periferia de Barcelona.

Se pasearon ante mis ojos, desnudas y sin pudor, turistas noruegas o inglesas, tan blancas que dolía sólo de verlas enrojecer. En ese mes sólo vi a dos o tres negros, nada espectaculares. Estuve tan cerca de parejas gays que no dejaban de mirar, de ligar no sólo con la mirada, sino con cada movimiento de sus cuerpos, sin importar que el compañero estuviera al lado. No así las parejas de mujeres, ellas estaban en su propio mundo, pareciera que no tenían miradas más que para la chica que tenían junto.

El viento del destino me llevó hasta ese sitio paradisiaco, y me dejó ahí varado todos los días de aquel agosto. No me fue tan difícil desnudarme, como mirar sin morbo a tantas chicas acostadas a mi lado como Dios las trajo al mundo. Fue complicado decidir cuál era la que mejor nadaba o la que salía con mayor gracia del mar, como si las olas se apartaran para abrirles camino.

Aunque todo lo vi con mirada antropológica, a los hombres y sus tamaños, a las mujeres sin esconder sus labios, cuando la fantasía de novato nudista me traicionaba con un impulsivo bajo cosquilleo, para evitar miradas, enfriaba mis vapores lujuriosos en las tranquilas aguas del mar de aquel evanescente, adanezco paraíso.

@RNaró
 
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