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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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01 Junio 2017 04:00:00
¡Al sonoro rugir del balón!
¡Y sí se pudo, mis valedores! ¡Ya somos campeones! ¡Metimos un gol más que nuestros rivales, y hoy portamos en la cabeza, con orgullo y merecimientos el título de campeón! ¡Y que rabien y traguen bilis los malquerientes!

Así, a lo aturdido y manipulado anduviese yo a estas horas, de seguir con el síndrome del héroe por delegación, si no me hubiese descascarado a tiempo esa sarna inficionada por radio y televisión. Horroroso.

Porque hace milenios yo fui un aturdido más. A mí también me devoró el Tigre Azcárraga. Sin nunca haber tocado un balón y a dos nalgas frente al cinescopio, me posesioné, mentecato de miércoles, de las hazañas deportivas del chiverío, de las que fui héroe a trasmano, como tantos hoy día. Yo fui uno más, pero de esa mugre me lavé a tiempo como también del licor y el cigarrito. Yo nunca más en plan de héroe de hazañas ajenas, las de los alquilones del balón exaltadas hasta el delirio por los merolicronistas, alquilones también. Y a vivir.

Hoy, ante el espectáculo de unas masas a las que duopolio y demás mercachifles me lo traen a estas horas como agua en batea, he vuelto a pensar en los tiempos, qué tiempos aquellos, en que fui uno más dentro de ese escalofriante negocio. Yo, fanático del futbol. Qué tiempos...

Ahora mismo, al filo de la nostalgia, me he puesto a rememorar el perfil de las campeonísimas Chivas de los 60, cuando no había en todo sol general un más delirante fanático, ni un más gritón ni un más alborotero, en la zurda el cigarrito y en la diestra en lúpulo. ¡Y salú por “mis” Chivas! Lóbrego.

El Guadalajara, mis valedores, aquel rebaño sagrado de las fragorosas contiendas contra los margaritones del Atlas, los mulos del Oro y el aborrecible América. Presentes tengo en la mente a los 11 símbolos del chiverío de mis amores de primera juventud (hoy vivo la 5a., pero sin chivas y a todo pulmón). Aquellos mis héroes tenían los tamaños de un Héctor Hernández, canela pura, goleador de veras. Ah, driblador de prosapia; aquella su suavidad para manejar el esférico, burlar al contrario y lanzar el trallazo que va a tronar en el mero corazón del marcador. ¡Héctor Hernández, me estoy poniendo de pie!

Recuerdo a “mi” Chava Reyes, el cabeza de melón: fino a la hora de esconder el esférico, pasarlo, desmarcarse, recibir como mandan los cánones, fusilar y ¡el Guadalajara se trepa en el marcador! “Mis” chivas...

Bujía del equipo, batallador incansable, te recuerdo ahora, Chololo Díaz; largos calzones guangoches y esa tu marunga que hoy apodan chanfle, y que en las manos del guardameta rival fue pólvora y brasa, para enseguida: ¡goool de Isidoro Díaz! El Chololo...

Fino porte, señorío, verticalidad; chiva por antonomasia, el capi Jaso postulaba en cada disparo al arco su filosofía futbolera: fuerte, raso y colocado. ¡El capi Jaso toma el esférico, se pica por el área derecha, dribla a un contrario, dribla a dos, dispara y ...¡gol de la chiva contra los Cremas de Televicentro!

A ti te miro en mi mente, Chuco Ponce mentado, constructor de juego y habilitador de unos pases en profundidad que se encargaba de convertir en anotaciones el Mellone Gutiérrez. Y quién no se alza escuchando tu nombre, pasta de inmortal Mellone, que burilaste aquel gol que te iba a convertir en ídolo de todo San Juan de Dios, gol anotado de nalga; la zurda, para más mérito. Mellone Gutiérrez y... ¡Goool! (Gañote enronquecido, sigo mañana.)
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