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Alejandro Irigoyen Ponce
Alejandro Irigoyen Ponce
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29 Enero 2014 04:00:51
Alimentar al Frankenstein
Como mera anécdota quedará, sin duda, la movilización de protesta que realizaron maestros (básicamente laguneros) ayer en Saltillo. Desafortunadamente se sumará a las decenas, centenares de manifestaciones públicas de su poderío, adquirido a través de décadas, y que les permite con total impunidad, irrumpir, bloquear, destrozar, clausurar y desmantelar lo que les venga en gana. Porque son maestros, la casta dorada del corporativismo priista y simple y llanamente se sienten con todo el derecho a pelear en las calles y a gritos por esos privilegios con los que el Gobierno los compró y convirtió en ariete político.

La bitácora del día refiere que profesores de Torreón, San Pedro y Matamoros, acompañados de cuadros del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), llegaron hasta la Plaza de Armas, “reventaron” la Macrobrigada de Atención del Gobierno del Estado, lanzaron consignas y demandaron lo que consideran suyo, una conquista irrenunciable, el mentado subsidio en el pago de impuestos que se eliminó en la Ley de Ingresos 2014. Quieren seguir en condición de mexicanos de excepción, de privilegio, lo que resulta literalmente imposible, al menos a corto plazo, pero eso no los inhibe en su movilización.

La cuestión, de fondo, es que no podemos culpar del todo a los maestros (o para justipreciar el tema, a sus líderes). Son una suerte de monstruo, una especie de Frankenstein (armado a base de componendas, privilegios, simulación y valores entendidos de la política del más bajo cuño), que fue alimentado constante y sistemáticamente por el Estado, literalmente desde que se fundó en 1943.

Cuando el entonces presidente Manuel Ávila Camacho orquestó la integración del magisterio de todo el país en un solo organismo gremial –como una necesidad imperante ante la creciente beligerancia de maestros en varios estados– y con la ayuda de las dirigencias del PRM (el entonces PRI) y de la CTM, creó el SNTE, y desde entonces los que se adjudicaron los derechos exclusivos de la Revolución Mexicana, y en el lance el derecho a gobernar a perpetuidad, convirtieron al sindicato de maestros en un ariete político, de presión e intimidación, pero eso sí, siempre disciplinado y a la orden de la Presidencia de la República.

Pero el contar con un brazo armado tiene su costo. El mover a los maestros por el sendero que se desee cuesta, y por las evidencias, mucho. El problema de comprar lealtades, de asegurar bonos electorales a base de compensaciones, de privilegios, de tolerar y consentir es que el beneficiario de tanta bondad se vuelve codicioso y, por tanto, siempre quiere más.

Tenemos, entonces, a un magisterio voraz (o en justicia, a un liderazgo sindical voraz), acostumbrado a una serie de privilegios que a la larga se volvieron insostenibles. El asunto tenía que tronar, tarde o temprano, y finalmente tronó. Ya no se pueden sostener tantos privilegios; ya no es viable el comprar a tan alto costo la lealtad política, y los maestros lo saben, pero están decididos a encarecer las bases de la nueva relación.

Y ahí está el Frankenstein, demandando a gritos que lo alimenten, que lo mantengan tranquilo, que le respeten sus privilegios, porque sabe que mantiene la fuerza para hacerlo. Tuvo la suficiente para barrer en la mesa de las vencidas al PAN (con Fox y Calderón) y ahora quiere probar hasta dónde puede llegar con el “nuevo PRI” y todos sus representantes. 

El problema es que en el ínter los ciudadanos somos los que pagamos la factura de los manotazos de este Frankenstein que sabe que tendrá que ponerse a dieta y por eso está tan molesto.
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