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Alejandro Irigoyen Ponce
Alejandro Irigoyen Ponce
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10 Diciembre 2015 05:08:26
Alimento para la estupidez
El pasado lunes, el filósofo español Gustavo Bueno (lúcido y punzante a sus 92 años) concedió una entrevista al diario El País. Una de las preguntas que le formularon, “¿cuál es el problema más grave que tiene hoy España?”, mereció una respuesta directa y contundente: “la estupidez”.

Tiene razón, el problema más grave de cualquier país es una población mayoritariamente estúpida.

Los gobernantes tienen vía libre para la corrupción e ineficiencia cuando los gobernados no oponen resistencia ante los excesos y el abuso, cuando se limitan a sortear el día y son incapaces de articular estrategias de defensa, de cohesión social y de organización ciudadana.

Las empresas tendrán serias dificultades para implementar mecanismos innovadores de producción y ponderar la tecnología (siempre importada) como ancla operativa, cuando la mano de obra simplemente no está capacitada, y peor aún, cuando el trabajador no trae integrado “el chip” de la mejoría constante, cuando se confunde la “experiencia” con años de hacer exactamente lo mismo, una y otra vez.

Inmersos en un mundo globalizado, presuntamente en la era del conocimiento, una nación queda rezagada del concierto internacional cuando la mayoría de su población está limitada en su formación intelectual y por lo tanto carente de las herramientas necesarias para aportar ideas.

Los ciudadanos de Corea del Sur y Japón tienen fama de inteligentes. Y lo son mayoritariamente, más no por una condición genética o como resultado del alto consumo de arroz y pescado. Lo son porque desde niños se les inculca de manera sistemática, firme y permanente a ser disciplinados.

Entienden la puntualidad como el elemental respeto al tiempo de los demás, cuidan su higiene personal, se encuentran permanentemente obligados a tener una actitud emprendedora, a solucionar problemas. Se les enseña desde muy pequeños a pensar.

Viven constantemente bajo altas dosis de estrés y no es inusual que ante bajas calificaciones o algún revés académico, algún adolescente se suicide arrojándose a las vías del Metro.

En México y casi toda Latinoamérica tenemos fama de ingeniosos, de alegres y fiesteros. Como pocos resolvemos problemas con las famosas “chicanadas”, que no es otra cosa que buscar la manera de salir al paso. La cuestión es que como pueblo no tenemos disciplina y entonces la creatividad que se expresa individualmente no aporta nada sustancial al país.

Nuestro principal problema como nación, entonces, es la estupidez, y de ahí se alimenta una clase político-gobernante corrupta e ineficiente y una delincuencia que tiene alto poder de reclutamiento entre quienes son incapaces de ver más allá del hoy y son fácilmente seducidos por la estridencia: una camioneta, un rifle, una botella y una buchona, aunque no se pueda hilvanar dos frases coherentes.

¿Y tendremos remedio? Bueno, pues las evidencias no presagian nada bueno.

El sistema educativo permanece anclado en la mediocridad, rehén del quehacer político del más bajo cuño; el contexto socio-económico de millones empuja literalmente a la estridencia y la mayoría de los jóvenes de la clase media (en toda su gama), de los que cabría esperar se gestara la semilla del cambio, parece agotada en las redes sociales.

Ya resulta un axioma que carecemos como pueblo de vocación a la lectura y a la cultura. Entonces, ¿qué consume en las redes la mayoría de nuestros jóvenes? Una exploración inicial prende todos los focos rojos.

No hace ni dos semanas se llevó a cabo el “roast” del youtuber mexicano Werevertumorro. Lo “rostizaron” sus pares Chumel Torres, Yayo Gutiérrez, un muy drogado AlexStrecci, Mexivergas, YosStop, Héctor Leal y WereverWero. El “roast master” fue Cid Vela, caracterizado como Galatzia.

La crema y la nata. Los más populares e influyentes. Cada uno de ellos cuenta con millones de seguidores. Han incorporado a la cultura popular frases y modismos y son, sin duda, los ídolos de millones de adolescentes y jóvenes mexicanos.

Habría que revisar los videos que suben a la red. Entretenimiento en su expresión más simple, opiniones expresadas con ese tono del que confunde libertad con vulgaridad, del que utiliza palabras de las que ignora su significado, sin el menor respeto por el idioma y las más de las veces sin siquiera aterrizar un solo argumento. Es simple y llanamente alimento para la estupidez.

Hay que aplaudir que gracias a las redes sociales los tiempos de la gran masa única, moldeable con telenovelas y noticieros en horario estelar, ya es cosa del pasado. Queda lamentar que los youtubers sin formación académica (salvo Chumel Torres, que es el único con título universitario), sin alguna voluntad de cambio, ni otro propósito que entretener a millones que no demandan nada más, ocupen ese espacio.

El tiempo dirá si el país perdió en las redes a la presente generación y seguiremos muchos años más como una nación de indisciplinados, de analfabetas funcionales sin visión de futuro.
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