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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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17 Septiembre 2017 04:01:00
Álvaro Matute
Era en el corazón del Centro Helénico de la Ciudad de México. El escenario, imponente: una capilla gótica del siglo 12 transportada piedra por piedra de España a Estados Unidos por el legendario periodista William Randolph Hearst, y traída a México por un millonario. Ventanas con vitrales, columnas de capiteles florales y una alta bóveda. Pero si el escenario resultaba imponente, no lo eran menos con quienes habría de compartir la mesa esa noche: Gloria Villegas, entonces directora de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México; el prestigiado editor Miguel Ángel Porrúa y el historiador Álvaro Matute Aguirre.

A la doctora Gloria y a Miguel Ángel Porrúa los conocía de tiempo atrás. Puedo ufanarme de considerarlos amigos. Al doctor Matute era la primera vez que lo veía. Delgado, de mirada profunda, bigote y piocha entrecana  y lentes de gran armazón negra, parecía lo que era exactamente: un intelectual. No, quizá mejor: un sabio profesor, que también lo fue.

El motivo: la presentación de los tres gordos tomos del Diario y las memorias de don Vito Alessio Robles, cuya transcripción y notas habían corrido por cuenta de quien esto escribe. La doctora Villegas se refirió afectuosamente al autor del trabajo y a la importancia de que el diario y las memorias de un historiador de la talla de don Vito se dieran a conocer. Miguel Ángel fue el de siempre: amable y generoso. Era el coeditor de la obra gracias a la promoción del gobernador Rubén Moreira Valdez. Más de mil páginas con el cuidado y el buen gusto tipográfico característicos de su casa editora.

El doctor Matute escuchaba con atención. Sin hacer un gesto seguía las palabras de quienes le antecedieron en la presentación. Discretamente tomaba notas en una libreta negra. ¿Qué irá a decir?, me preguntaba. Solamente una vez anterior habíamos estado a punto de coincidir. Se presentaba un libro de este escribidor en el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM), pero compromisos de última hora le impidieron asistir.

La duda me daba vueltas en la cabeza: ¿Qué dirá? Ya se sabe lo duros que pueden ser algunos académicos en trances como este.

Por fin, le llegó el turno de hablar. Me sorprendió. “Es una magnífica idea de JVL publicar las memorias de don Vito Alessio Robles, después de haber dado a conocer las de su hermano Miguel Alessio Robles. Con estos siete tomos –cuatro de Miguel y tres de Vito– tenemos acabados retratos de dos personajes claves en una de las etapas cruciales de la Historia de México.”

Terminada la ceremonia, Luis Arturo Salmerón me dijo: “No estés sorprendido, Matute ha leído todo…y cuando digo todo, es todo”.

Álvaro Matute murió intempestivamente el miércoles anterior. Tenía 74 años. Avalaría, sin quitarles ni ponerles una coma, lo dicho por otro gran historiador mexicano, Javier Garciadiego Dantán:

“México  pierde a un gran historiador, un gran universitario, un hombre sensible y, para ser honestos, a un hombre muy sabio. En el gremio era una persona muy querida por su calidez y su tremenda cultura. Álvaro Matute sí puede ser considerado un intelectual en todo el sentido de la palabra”.

Posteriormente haría gala de conocimientos, pero sin falsas poses ni pedantería, con una sencillez que difícilmente resultaba a adecuada para un historiador-filósofo y maestro de bien ganado renombre.

Es extraño. Hay personajes con quienes basta conocer una noche y compartir una cena para guardarles sólido afecto y admiración.
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