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11 Agosto 2018 04:00:00
AMLO, el perdón y la justicia
Por: Arturo Rodríguez

Un llamado al perdón y la reconciliación suena bien. Hasta el atrevimiento, podemos coincidir en que es imperioso; que la renovación o replanteamiento de las relaciones entre ciudadanos, de ellos con el poder y viceversa, es tan necesaria como el cambio de conducción en las clases gobernantes.

Si Andrés Manuel López Obrador ha llamado al perdón y la reconciliación, no podríamos reprocharle. Lo hizo como dirigente de Morena en 2017 y lo reiteró en el proceso electoral que terminó con su victoria en los comicios del 1 de julio, consumada el pasado miércoles con la recepción de su constancia de mayoría.

Tenemos que estar de acuerdo, en términos políticos, porque desde 2005, previo a su primera postulación y de manera más clara en 2006, la sociedad mexicana se polarizó mediante una manipulación instrumentada con las más bajas herramientas de la mercadotecnia, cultivando el miedo, el encono y la violencia política.

Ese fue el origen de la división absurda y cada vez más notoria, porque todo aquello que saliera de los cánones establecidos por el grupo dominante, que suele identificarse como neoliberal, era severamente impugnado, mientras que aquellos que su simpatía con el propio López Obrador, o aun en los grupos colocados en un extremo más radical, eran virulentos en la descalificación del contrario.

El discurso siguió así hasta 2011. La narrativa que el militarismo presidencial desplegaba solía dividir a los pacíficos de los violentos, y en eso cabía todo, porque lo mismo aludía a sus opositores que a los criminales, a los críticos que a quienes se proponían defender la ley y el derecho.

En 2011, el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, ajeno a partidos políticos, reclamó la necesidad de justicia, de seguridad vía desmilitarizar el país, de crear nuevos marcos normativos para atender aquello que quedaba en el limbo como el doloroso registro de desaparecidos. Felipe Calderón respondía sembrando la duda: “hay quienes de buena o de mala fe, intentan frenar la acción transformadora de mi gobierno”.

Para 2012, con esa pretensión vigente, surgió el movimiento #YoSoy132 que los jóvenes capitalinos detonaron con dos reclamos que parecían reorientar el debate a como lo habíamos dejado desde 2003: democracia efectiva y libertad de expresión pero con equidad en medios.

Una vez más, la sociedad se polarizó entre los que saludaban el regreso del PRI a la Presidencia, los que reclamaban fraudulencia electoral y los que estaban convencidos del parecido entre PRI y PAN, pero no veían opción.

En el más reciente proceso electoral, esa polarización intentó imprimirse una vez más, y aunque López Obrador ganó con amplio margen, la percepción sobre su perfil y propuesta, sigue dividida.

Esa división, que podría ser natural en una sociedad democrática y plural, es en realidad, una prefabricación articulada para el desbordamiento de ánimos, tanto como para el culto a la personalidad del político tabasqueño, respectivamente. Luego, el perdón y la reconciliación son condición necesaria para avanzar aun en las diferencias y ese es un trabajo político que al hoy presidente electo le corresponde.

Lo que puede ponerse a debate es la reconciliación política pero no la justicia. Cuando él y los suyos insisten en ello, están pisoteando el Estado de derecho que se supone harían valer; dejando a las víctimas al garete. Y es que, en tratándose de justicia, no hay perdón que valga, pues desde su más antigua definición, consiste siempre en la voluntad de dar a cada quien lo que le corresponde. Y eso es lo que en los foros de Ciudad Juárez y Torreón, le hicieron saber a él y a su equipo de colaboradores.
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