×
Columnista Invitado
Columnista Invitado
ver +

" Comentar Imprimir
07 Julio 2018 04:00:00
AMLO y el nuevo sistema
Por: Arturo Rodríguez García

Lugares comunes de la fraseología mediática se propalaron desde la noche del domingo 1 de julio: triunfo arrollador; votación sin precedentes; la tercera fue la vencida; México decidió…

Pese a lo repetitivo y fatuo, es verdad. Cada una de esas expresiones reflejan un hecho incuestionable como lo es la conquista electoral de Andrés Manuel López Obrador, el terco político del sureste que no se amilanó, conforme a la costumbre del poder en México, hasta conseguir su objetivo.

Detrás de esa victoria hay otro hecho innegable: fue el candidato que mejor canalizó la indignación ciudadana, lo que podemos ver como un voto antisistema que, en todas las entidades federativas, le concedió la ventaja.

Por más que el propio López Obrador y sus simpatizantes de antaño insistan en que se trata de un movimiento que logró cuajar a base de paciencia, la indignación general devino en actitud antisistema y eso podía presupuestarse desde hace tiempo.

El impulso se basaba en su fama de opositor rudo, un hombre que solía cuestionar la corrupción de los gobiernos del PRI y del PAN, desde mucho tiempo antes de que el tema anticorrupción irrumpiera en el debate público por los escándalos que empañaron, demasiado temprano por cierto, la imagen y la familia presidencial, el Gabinete y la élite empresarial que suele ser partícipe de los grandes contratos de obra, concesiones y exenciones fiscales, definidos por el tabasqueño, como “una minoría rapaz”.

El partido Movimiento Regeneración Nacional (Morena), construido como una plataforma para López Obrador, fue arrastrado por la ola y ahora se dispone a tener mayoría en el Congreso de la Unión, al menos 19 legislaturas locales, posiblemente seis entidades federativas –si el caso de Puebla queda evidenciado por fraudulencia– y numerosos ayuntamientos.

Un fenómeno, ni duda cabe. La celebración que por el resultado se propaló la noche del 1 de julio ha despertado una esperanza. Por lo anterior, el electorado mexicano parece darle al candidato triunfador un amplísimo respaldo, un poder sin contrapesos que le permitirá hacer lo que desee al menos en los primeros 3 años de gobierno.

Sin embargo, esa condición no es inalterable. Morena, no es en sí un partido político, es una plataforma unipersonal. Para su conquista del 1 de julio no sólo fundó el éxito en la figura del candidato presidencial, sino que apuntaló por todas partes las candidaturas de personalidades que apenas a finales de 2017, militaban en el PRI, PAN o PRD. Carece de la estructura electoral, por una parte de movilización y por otra de defensa del voto, que sólo fue posible por su alianza con el magisterio gordillista y con el PES, este último uno de los partidos integrantes de la coalición Juntos Haremos Historia, con amplia base de cristianos protestantes.

Así que en el triunfo y su existencia, Morena es producto de alianzas pragmáticas que no garantizan permanencia. Ese es quizás uno de sus grandes defectos, que pondrá a prueba a la nueva alineación en el poder, a la hora de hacer acuerdos.

Con esas condiciones, es previsible anticipar que los cambios dependen del electorado que, si esta vez se volcó a favor de lo que aparentaba ser antisistémico, al llegar al poder es ahora el sistema. La variable está en saber qué harán las fuerzas políticas derrotadas para renovarse, para ser alternativa, la calidad de opositores que se construyan y, sobre todo, la capacidad ciudadana para entender que su participación es fundamental, no sólo en los comicios, sino en todo proceso que concierna a la cosa pública.
Imprimir
COMENTARIOS



1 2 3 4 5 6 7 8