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German Martínez
German Martínez
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23 Enero 2012 05:08:40
¿Amor en política?
“Amar es anhelar”, dice Agustín de Hipona, y la política define y puede concretar los anhelos sociales; entonces, “amor” y “política” claro que son palabras o conceptos cercanos.

Sin embargo, cuando ese “amor” –como lo envuelve López Obrador– es un recurso publicitario para moderar el gesto adusto, suavizar el puño, esconder fobias y borrar de las encuestas “los negativos”, amar no es anhelar un futuro, sino disfrazar un presente.

En el PRI asomó el amor hasta en la ruptura, con la “separación amistosa” de Nueva Alianza. Nadie quiere pleito. Todo es cordialidad.

Pero bajo el disfraz del amor, acaso ¿Quieren ocultar el rico pluralismo mexicano?, ¿Con un beso anulamos nuestras diferencias?, ¿Con más cariños y apapachos vamos a mejorar la economía?, ¿”mor es la receta frente a la violencia criminal? ¿Basta tomarnos todos de la mano?

Un candidato puede utilizar la idea del amor para expresar su apego a un compromiso (amo el deporte, amo la salud, incluso amo a México, etcétera); pero usar el amor para buscar borrar las distintas, múltiples e incluso opuestas maneras de ser y pensar entre los mexicanos, es una puerta falsa para resolver los conflictos sociales.

Amar en política no puede ser un artificio para descafeinar propuestas que le parecerán mal a otros, ni para disolver voluntades de gobierno porque se emberrincha la oposición.

El disfraz amoroso desfigura los rostros reales de nuestros candidatos, cuelga máscaras de pacifismo tramposo o de simpatía postiza. Eso es exactamente lo que una buena parte de la sociedad le está reclamando a la “ciudadana” Isabel Miranda de Wallace: ¡no te disfraces!; y eso es justamente lo que ella puede ofertar, genuina libertad para gobernar.

Un disfraz monumental sería el “nuevo amor” del PAN y el PANAL. ¿No bastó la derrota en Michoacán? ¿Por qué no afirmar rotundamente que el sindicato magisterial es un obstáculo a una educación pública de calidad? ¿El Gobierno va a devolver el ISSSTE, y al yerno a la SEP? Sería tropezar con la misma piedra.

En 95 años de vigencia de nuestra Constitución, hemos convertido nuestra Carta Magna en una carta de amor falso, redactada por los gobernantes sólo para enamorar a sus gobernados.

Van dos ejemplos, puntualmente redactados, por el “amoroso consenso parlamentario” de PAN, PRI y PRD.

Primero. La Constitución “garantiza” a los indígenas mexicanos “mejorar las condiciones de vida... incrementar los niveles de escolaridad... asegurar el acceso efectivo a los servicios de salud...”. Esa letra constitucional redactada después del conflicto violento en Chiapas, se presentó como el remedio amoroso a los problemas de todos los mexicanos indígenas. Hoy, los tarahumaras de Chihuahua están rendidos ante la pobreza.

Segundo. Ya sólo desde la necedad se defiende a las últimas reformas electorales. ¿En verdad la Constitución “sacó” del comercio los espacios de radio y televisión? ¿Construyó equidad? ¿Impidió a los gobernadores de los estados participar en las campañas de sus partidos? ¿Se fortaleció la fiscalización de dinero en campañas? Eso, debemos admitirlo, fue un rotundo fracaso. Una trampa de diálogo amoroso en la que cayó el PAN, para enjaular al Presidente, ahuyentar los debates, inhibir los argumentos en las campañas, enfadar al ciudadano con spots y favorecer la abstención, espantar los donativos a los partidos políticos, y por si fuera poco, engordar una burocracia electoral, que no cree en la libertad, sino en la regulación.

El próximo presidente de México celebrará los 100 años de la Constitución mexicana. Deberá hacerlo buscando con el Congreso, desaparecer de su texto, todo su carnaval amoroso de derechos incumplibles y de ataques a la libertad.

Con “amor político” y un candidato con vocación de mesías, podríamos tener un Presidente que al tomar posesión del cargo, sorprenda al comenzar su discurso diciendo: “Pueblo de México. Honorable Congreso de la Unión: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado en la campaña”.

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