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Juan Latapí
Juan Latapí
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02 Septiembre 2018 03:10:00
Amor por la sangre
NO SE SABE QUÉ CAUSE más indignación, si el linchamiento de dos campesinos inocentes o la masa de testigos con sus celulares en alto grabando la cruel muerte de las víctimas, indiferentes ante el suplicio injusto y más preocupados por capturar una buena imagen tan sólo para luego presumirla, obviamente en las redes sociales.

AHÍ ESTÁN AL ALCANCE DE cualquiera videos de ejecuciones, de cuerpos desmembrados, de fosas mortuorias, de linchamientos y sangre; ya nos acostumbramos a verlos con morbo y sin indignación. Mientras tanto la justicia se ausenta dejándole su lugar a la impunidad.

EL GUSTO POR LA SANGRE Del México bronco está de regreso, mientras el culto por la muerte se reafirma; ese culto milenario que ha estado presente durante toda nuestra historia. Desde los aztecas que extirpaban el corazón palpitante de sus enemigos para alimentar a Tonatiuh el sol; de los tlatoanis que vestían la piel desollada de sus rivales, del altar de calaveras humanas, de las cajas para guardar corazones humanos y de los templos bañados de sangre.

TAMBIÉN LLENAS DE SAÑA ERAN las prácticas sanguinarias que utilizaban los indios nómadas de estas regiones, con refinada crueldad y sadismo extremos para torturar y exterminar al enemigo.

TAMPOCO SE PUEDE OLVIDAR LA infame Inquisición, el brazo armado y cruel de la Iglesia, que durante 300 años torturó y eliminó con saña a quienes no pensaban como ellos. Humillaciones, tormentos y muertes crueles que la gente presenciaba como si se tratara de un espectáculo público. Basta recordar cómo los primeros colonizadores del Noreste de México fueron perseguidos, torturados y ejecutados por el simple hecho de profesar la religión hebrea.

CRUELDAD SÁDICA A TRAVÉS DE sus torturas como era la ordalía, en la que el acusado era sumergido en agua o aceite hirviendo; si el procesado perecía, es que era inocente y sus restos mortales podían ser sepultados en algún camposanto.

PERO SI LA VÍCTIMA SOBREVIVÍA era considerada culpable por tener tratos con el maligno, para luego ser quemada y sus humillados. Crueldad y espectáculo después de la muerte.

DURANTE LA GUERRA DE INDEPENDENCIA la crueldad estuvo presente desde la masacre de la Alhóndiga de Granaditas hasta la exhibición de las cabezas decapitadas de los héroes patrios aprehendidos en Monclova, y que con todo sadismo permanecieron colgadas por diez años en unas jaulas en la capital de Guanajuato.

TAMPOCO AQUEL CONVULSIONADO SIGLO XIX fue la excepción de los excesos de sangre y violencia que desembocaron en la Revolución, llena de crueldad innecesaria, sin olvidar tampoco la saña de la guerra cristera. Las matanzas de Hutzilac, luego de cedillistas, las víctimas inocentes del 68, y un largo etcétera hasta llegar a nuestros días con el auge del crimen organizado –y el del no tan organizado- que se apoderó de nuestra vida con insólita saña y crueldad.

MIENTRAS LA SANGRE NOS EMPEZÓ a inundar, nuestra indignación y capacidad de asombro se fueron diluyendo. La indiferencia ante el dolor humano se ha adueñado de nosotros mientras el morbo por las notas rojas va en aumento con las imágenes que a diario se divulgan en las redes sociales, reforzadas con los comentarios de los ignorantes llenos de odio.

EL ARRAIGADO CULTO A LA muerte forma parte de nuestras tradiciones, desde el día de finados y las catrinas con su colorido, hasta la película de Coco, sin olvidar la reciente moda de los zombis, los muertos vivientes, y hasta el culto a la Santa Muerte. A final de cuentas es el gusto por la muerte.

ESA VIOLENCIA Y CRUELDAD, QUE poco a poco nos van desbordando, son el resultado de una impartición de justicia avasallada por la corrupción, ofrecida al mejor postor, que abona el hartazgo y es combustible para la ley de la selva.

ES INNEGABLE QUE ESTE CULTO milenario por la muerte corre por nuestra sangre, pero no podemos olvidar que el culto por la vida también forma parte de nuestras tradiciones. Ahora más que nunca debemos retomar ese amor por la vida por sobre el de la muerte, empezar a construir para dejar de destruir, antes de que sea demasiado tarde.

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