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José Gpe. Martínez Valero
José Gpe. Martínez Valero
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04 Febrero 2018 03:00:00
Amor sincero
“Uno no puede pensar bien, amar bien, dormir bien, si uno no ha cenado bien”. / Adeline Virginia Woolf, escritora británica

¡Estamos de vuelta, mis sibaríticos lectores! Su relajado autor de los domingos, regresa a este espacio que Zócalo ha tenido a bien prestarme semana a semana, repuesto no sólo de las vacaciones tomadas –como dije al final del 2017, no sé si merecidas, pero sí necesarias–, sino hasta de las obligadas para descansar de las mismas vacaciones. ¿Cómo nos fue en el megapuente Día de Muertos-Candelaria? ¿Cuántos kilillos de más traemos en nuestros gozosos puercos? ¡Perdón,cuerpos! Yo no me puedo quejar, y aunque no traigo secuelas notorias de los excesos derivados del comer y el beber, he procurado, si no moderarme, sí cuidar de algún modo el peso para no incurrir en fallas en otro tipo de placeres, derivadas de la mala condición física. Y, además, regresamos justo al inicio del mal llamado mes del amor –y digo mal llamado porque, como lo he repetido hasta el hartazgo, no soy aficionado de los “días de…”– para platicar un poco de dicho sentimiento que, diría el célebre autor irlandés don George Bernard Shaw, es más sincero cuando se profesa a la comida.

¿Y en verdad no hay amor más sincero que el amor por la comida? Pues miren, pareciera que aunque los románticos irredentes juran que el sentimiento más puro es precisamente el amor, la realidad se ha encargado de darles, darnos, con la puerta en la cara, al grado de evidenciar de manera puntual y constante que el amor por la comida va, sin duda, de la mano del amor como tal. Y el mejor ejemplo de ello fue lo acontecido en días pasados en el restaurante de mi siempre querido amigo don Sergio Mora Brondo, que puso a Saltillo, aunque ahora para bien, no sólo en boca del resto de nuestro estado, o nuestra amada patria, sino allende las fronteras al grado de ser nota en uno de los más prestigiados diarios españoles, si no el que más, como lo es El País. La imagen es por sí sola elocuente, y es la que literalmente dio la vuelta al mundo: un platillo elaborado con bisteck en la parte externa, carne al pastor –supongo, por su color rojo– formando un corazón con la obligada pregunta en medio hecha por un caballero a su dama de “¿Te quieres casar conmigo?”.

Pero la anécdota, deliciosa también, me la narró el propio @TacosCheco, y para ello sí prefiero que lo busquen mejor a él ustedes, queridos sibaritas, a fin de degustar no sólo un platillo de los hechos en su restaurante, sino el banquete de su plática que cada vez que lo recrea en el diálogo y la memoria, ambas se hacen, como diría el refrán popular “agua la boca”; y don Sergio va en su narrativa de la emoción al llanto, pasando por la alegría, hasta llegar casi al éxtasis que se vive a través del rezo y la meditación.

Dicha historia de amor no pudo evitar llevarme donde aquella canción –¡bendita memoria musical la mía!– de otro de mis admirados narradores de la cultura popular mexicana, don Salvador Flores Rivera, que en su obra La Taquiza nos cuenta una historia semejante, aunque no con final feliz, como sucedió en Tacos Checo. ¿Nos la echamos?

Pudo más una taquiza que
mi más ferviente amor,
cuando yo me declaraba te
dio un hambre de pavor;
yo te hablaba de bonanza y te
empezaba a apantallar,
y las tripas de tu panza
comenzaron a chillar.
Si pa un taco no te alcanza,
no salgáis a platicar.
Al pasar frente a los tacos,
yo te daba el corazón,
tú, en lugar de recibirlo,
te metiste hasta el rincón,
y pa decirte que te quiero
ya te tuve que alcanzar,
tú ordenabas al taquero tres
de lengua, pa empezar,
otros tacos de suadero, seis
de bofe y de huacal.
Te expliqué casi llorando
que te amaba con pasión,
tu le entrabas a los de ojo,
tripa, gorda y corazón,
y cuando quise poner fecha
pa la iglesia y pa’l civil,
te aventates como flecha
al cachete y nenepil.
Eructabas satisfecha ¡Hay mi’jita! Yo te hablaba de perfil,
Al seguir con los de oreja, entróme la preocupación,
vino trompa, sesos, buche,
los de nana, chicharrón;
siguió el cuero, la taquiza, hasta
el hígado surgió,
y llegó la longaniza, la cecina,
el riñón.
Y al entrarle a la maciza,
me saliste con que no.
Al notar que me enojaba
te alcanzaste a refinar,
tres cervezas bien heladas y seis machitos pa acabar.
Cuando al fin llegó la cuenta me tuvieron que prestar,
y entonces me dijiste con tu dulce, angelical y angentina voz,
“¡ya está bueno de botanas!
¡Ahora invíteme a cenar!”.
¡Que te mantenga el gobierno!
¡Vaya forma de tragar!

Pues bien, que la taquiza de esta romántica y golosa pareja les alcance para el resto de sus días y, en mi caso, la próxima vez que vaya donde mi amigo Sergio Mora Brondo, tendré cuidado de pedir tan solo unos simples tacos al pastor, porque los de pastor, con bisteck y matrimonio incluido, ¡nanay!
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