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Dalia Reyes
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19 Julio 2018 04:00:00
Amor y futbol
Eso de “te amo porque compartes conmigo el futbol” me parece una razón muy dudosa. Nadie ama a la porra contrincante, así que el verbo compartir mejor se refiere a coincidir en color y marcadores. Es más, apuesto a que incluye también en las formas y los fondos: Compartir con el señor el balompié va mucho más allá de la cancha, porque implica ingesta de sustancias espirituosas y una atención sin gestos a quienes lo acompañan.

Las mujeres de mi generación de plano nos quedaremos sin el halago, salvo algunas raras excepciones. Esto sucede porque quedamos marcadas de por vida por el futbol, y no me refiero a esa señal que se lleva como el apellido, sino a las que se esconden como tatuajes de la juventud.

Durante toda mi niñez, la televisión local sólo permitía dos canales: El nueve y el cinco. En el primero, Raúl Velasco –a quien siempre consideré enviado de la iglesia católica para hacernos una purga dominical, porque el domingo era el día de arrepentirse de todos nuestros pecados- nos torturaba con México, magia y encuentro para luego continuar con Siempre en domingo. El segundo transmitía los partidos de futbol en vivo, luego venían los comentarios y después, para darle variedad, empezaba Acción, en donde hacían un resumen del multicitado partido.

No imaginan las batallas que con mi hermano mal libraba para que me dejara ver televisión esas tardes de grima y desesperación. Cuando lograba apoderarme del sillón –el control remoto era apenas un prototipo-, luchaba contra la somnolencia, puesto que hubiese perdido la guerra si me dejaba vencer por el sueño que me daba ver a don Raúl y su transparente esposa, ataviados con kimonos en una nueva visita a China, donde el conductor traducía mal al traductor, quien le hablaba en español, y coleccionaba una serie de barbaridades dignas de una antología. Pero al otro lado del botón estaba el futbol y eso era una amenaza para mí, así que aprendí a tolerar al hombre.

El asunto entonces radicaba en que el futbol era obligatorio, no teníamos demasiadas opciones, menos aún si estábamos rodeadas de una orquesta de varones dispuestos a todos por ver, minuto a minuto, lo que hacían en la cancha los equipos.

Mi mamá solucionó salomónicamente el problema. No tuvo que amenazar a nadie ni prometer recompensas: Compró otro televisor. Sin embargo mi alma estaba marcada ya con un trauma que, a la fecha, no he podido superar. (Si saben de algún sicólogo que no le vaya al América, recomiéndenlo por favor).

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