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Abdel Robles
Abdel Robles
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Licenciado en Ciencias de la Comunicación egresado de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Reportero sección policiaca en Editora El Sol, reportero sección local El Norte, coeditor del vespertino Extra de Multimedios, director editorial del Periódico La Voz de Monclova, director Editorial de El Diario de Coahuila, Comunicación del Municipio de San Nicolás de los Garza, NL, director editorial de Zócalo Piedras Negras, y actualmente editor en jefe de Zócalo Monclova

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13 Septiembre 2015 03:10:18
Ana la trenzuda
CHAPARRONA… APERLADA… DE ROSTRO AGRIO y expresiones luminosas.

ANA LA TRENZUDA RECORRÍA LA calle con una bolsa de red, cargada de quesos y de chorizo.

NO PREGONABA LA MERCANCÍA… LA gente la llamaba al pasar si recordaba que le faltaba y que en ese rato tenía para el pago.

PORQUE ANA NUNCA FIABA…

ACABANDO EL RECORRIDO, VENDIERA LO que vendiera, acababa en la tienda de doña Carlota, allá donde el patio era una cantina.

Y SE TRANSFORMABA…

LEVANTABA LAS ENAGUAS GRISES Y trepaba en la mesa, a la cuarta o quinta cerveza, para bailar de a brinquito.

LOS BORRACHINES CONSUETUDINARIOS LE APLAUDÍAN… babeaban con sus ocurrencias y chillaban de tanto carcajearse.

PERO ELLA TENÍA ALGO CONMIGO… no sé qué. ME ACECHABA… ERA YO UN chaval de cuatro años, y cuando ella regresaba de la tienda de doña Carlota, de vez en vez me topaba.

“¡MIRA… SAN MARTINCITO… VEN PARA acá!”

¡PATAS PA’QUÉ LAS QUIERO!… MIS cañas que hacían función de piernas saltaban y empezaban a correr hacia el patio… o hacia el caimito… o hacia las palmeras cuatas.

“VEN ACÁ SAN MARTINCITO”…

LO PEOR, ERA CUANDO SE agarraba aquellos pechos caídos que parecían enormes calcetines rellenos de canicas…

“VENGA ACÁ… QUE LE VOY a dar su almuerzo”.

LE DIJERON A LA TRENZUDA, que por aquellos rumbos, los chamacos teníamos la malhadada costumbre de seguir pegados a la chiche materna cuando ya estábamos peladotes.

PERO NO ERA MI CASO… reconozco que todavía le pegaba al biberón, pero mi ma´linda ya estaba criando a dos hermanos más pequeños, así que no había lugar para mí.

“YA ESTÁ USTED BIEN VERIJÓN para andar con su mamilota…

¡Venga para acá!”, me decía y me correteaba con sus pasos huarachudos.

NO FUERON POCAS LAS VECES en que mis pesadillas estuvieron acaparadas por aquellos espantosos pechos desnudos…

ASÍ QUE DECIDÍ ACABAR DE una buena vez por todas con aquel suplicio…

UNA TARDE ME SENTÉ A esperarla, bajo el framboyán que estaba anaranjado de flores y frondoso del verde veraniego.

TEMBLABA… ME CASTAÑEABAN LOS DIENTES…

ENTONCES APARECIÓ TAMBALEANTE, O MEJOR dicho, medio tambaleante como siempre… y cuando me vio, dejó la bolsa de red en el piso y avanzó hacia mí.

PERO SE DETUVO A UNOS dos metros cuando descubrió que yo no corría.

LEVANTÉ MI BIBERÓN… EL AZULITO opaco… el que se antojaba de verlo lleno de lechita… ME ACERQUÉ A ELLA CON paso tembloroso y extendí mis manos con el biberón…

“AQUÍ ESTÁ… YA NO VOY a mamar… pero ya no me dé chiche”.

NO SÉ CÓMO ESTARÍA MI voz, ni cómo lo pronunciaría… Ana por primera vez esbozó una sonrisa.

ME SENTÍA GRANDE Y MUY valiente…

“BUENO SAN MARTINCITO… YA NO te voy a dar chiche, pero… ¡Te voy a poner pañal!”

MIRÉ HACIA MIS PANTALONCILLOS TRUNCOS…

¡Diantres!

ME HABÍA MEADO…

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