×
Rodolfo Villarreal Ríos
Rodolfo Villarreal Ríos
ver +
Tras de servir por más de dos décadas al Estado Mexicano, en el rango de auxiliar de programación a director general en funciones, retornó a las aulas para obtener la maestría en historia (2008) y posteriormente convertirse, con la disertación “Independent Internationalism in Practice: Diplomatic Relations between The United States and Mexico from 1919 to 1929,” en el primer doctor en historia egresado de la Universidad de Montana-Missoula (2010). En esta institución ha impartido cursos sobre las relaciones México-Estados Unidos de América. Estudió la licenciatura en economía en la Universidad Autónoma de Guadalajara (1977); el diplomado en economía e inglés en The Economics Institute, Universidad de Colorado-Boulder (1981) y la maestría en economía en la Universidad de Colorado-Boulder (1983). Es autor del libro “El Senado estadunidense enjuicia a México y al Presidente Carranza,” editado por el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM) (2017). Como editorialista ha escrito más de 700 artículos sobre los tópicos de historia, economía, deportes, política y relaciones internacionales, los cuales han sido publicados en el Suplemento de Política Económica de la Revista Tiempo, en los diarios El Nacional de la Ciudad de México; Zócalo producido en el estado de Coahuila; Nuevo Día de Nogales Sonora, al igual que en la paginas electrónicas eldiariodetaxco.com y guerrerohabla.com originadas en Taxco, Guerrero; y todotexcoco.com generada en Texcoco, Estado de México. Asimismo, es coautor del artículo científico, “Living close to heavy traffic roads, air pollution, and dementia.” (The Lancet. 4 de enero de 2017)

" Comentar Imprimir
02 Marzo 2019 03:00:00
Años después, buscaban deslindarse del asesinato del presidente Madero González
El tópico de este artículo debimos haberlo tratado hace una semana. Sin embargo, debido a causas diversas, lo mantuvimos en el archivo. Ello no es impedimento para que ahora, a pesar de que podría considerarse fuera de tiempo, retomemos el tema y lo hagamos a partir de las justificaciones que casi tres años después hacían dos personajes relacionados con el hecho. Pero antes de entrar en materia describiremos el contexto histórico en que se vivieron esos días trágicos y vergonzosos.

Como es de todos conocido, el 22 de febrero de 1913, el presidente Francisco Ygnacio Madero González fue víctima de la felonía cometida por un católico ferviente, Victoriano Huerta. Pero un traidor tan devoto no podía actuar en solitario, contó con apoyos varios. Uno, era el de la curia católica quien lo hizo con algo más que rezos y contribuyó con financiamiento pecuniario de origen celestial. Esto es confirmado por varios historiadores. Un liberal. Alfonso Toro Castro apuntó que fueron 10 millones de pesos. El católico Francisco Camberos Vizcaíno señaló que el arzobispo de México, José Mora y Del Río aportó 50 mil pesos como préstamo ya que Huerta lo amenazó de que sí no lo hacia iba a dar paso al pillaje y la rapiña. El estadounidense Robert E. Quirk escribió que el óbolo fue de 25 mil pesos. Por su parte, el obispo de Oklahoma, Francis C. Kelley, negó que la curia hubiera dado cualquier apoyo. Lo que nadie negó fue que el 23 de febrero de 1913, las campanas de las iglesias, en la ciudad de México, amanecieron repicando de gozo y ni modo que fuera para celebrar el martirio que sufriera en la hoguera, en el año 155, San Policarpo. El otro respaldo provino, vía la asesoría, del embajador de los EU en México, Henry Lane Wilson. Este sujeto, junto con el sacerdote de origen estadounidense, Francis P. Joyce, quien era el confesor de Huerta, definían a este como “un católico romano devoto, un creyente en el régimen y las políticas del presidente Díaz Mori y un patriota sincero.” Por si alguien pensaba en reclamarnos por anteponer el calificativo que líneas arriba endilgamos al felón. Un tercer apoyo provino del Partido Católico Nacional, uno de cuyos miembros distinguidos era Francisco León de la Barra y Quijano quien, previo a Madero, fuera presidente de la República interino y durante la usurpación de Huerta se desempeñó como secretario de relaciones exteriores. Tanto a Wilson como a León de la Barra el fantasma de la asonada los acompañaría por el resto de sus días y siempre buscaron justificar el acto deleznable en el cual de una u otra forma estuvieron involucrados.

En ese entorno, a finales de 1915, León de la Barra y Wilson, antes las acusaciones, tuvieron que salir a contar historietas que eximían a ambos y trataban de lavar la sangre de las manos de Huerta. Primero fue Lane Wilson quien tuvo que responder a las aseveraciones de John Lind, aquel quien fuera enviado por el presidente Woodrow Wilson como su representante a México para enterarse de lo que pasaba aquí ya que no confiaba en lo que le reportaba su embajador. Pues bien, el lunes 15 de noviembre del año referido, Lind se reunió en Saint Paul Minneapolis con miembros de la Iglesia Metodista del Norte ubicada en esa ciudad. Ante esa audiencia, aseguró que Lane Wilson conocía de los planes para asesinar al presidente Madero González. Asimismo, afirmó que el entonces embajador estadounidense se reunió con Venustiano Carranza Garza a quien trató de convencer que se uniera a la causa de Huerta, pero que la respuesta del coahuilense fue en sentido negativo ya que él había jurado lealtad a un gobierno constitucional que era el encabezado por Madero. Tan pronto como Lane Wilson se enteró de esta acusación amenazó con demandar a Lind por repetir acusaciones que, según él, habían quedado desechadas de tiempo atrás. Eso estaba sustentado en un proceso de memoria selectiva o uno muy retorcido de justificación. Olvidaba que tanto Pedro Lascuráin como Félix Díaz y el mismo Huerta lo consultaron en varias ocasiones respecto a cómo proceder y que el 15 de febrero ordenó al encargado de negocios reportar a Washington que junto con los representantes de Alemania, Inglaterra, Francia y España había recomendado a Madero que renunciara. Vayamos a lo que, en algunos reportes a sus superiores, escribía Lane Wilson durante los días posteriores a la asonada.

El 23 de febrero, el día después del crimen, el embajador estadounidense envió un telegrama al presidente William Howard Taft y al secretario de estado, Philander Chase Knox a quienes les informaba de que cuando Madero y el vicepresidente José María Pino Suárez eran trasladado del Palacio Nacional a la Penitenciaria de Lecumberri, para que estuvieran más cómodos, fueron objeto de un ataque armado y perdieron la vida. Huerta ya había ordenado se hiciera una investigación exhaustiva para deslindar responsabilidades, solamente le faltó escribir aquello de “hasta las últimas consecuencias, caiga quien caiga.” Y por si quedaba alguna duda de quien manejaba aquello, en otro telegrama afirmaba que ya había dado a la Associated Press una nota con la versión de los hechos para que esta se tomara como la versión oficial. Posteriormente, el día 26, Lane Wilson volvía a reportar que aun cuando algunas críticas habían surgido respecto a los acontecimientos acerca de los cuales aún no se definía quienes eran los culpables, el nuevo gobierno asumió el cargo con todas las de la ley y, por lo tanto, desde la perspectiva del embajador estadounidense, se encontraba investido como un gobierno provisional representativo. Para que no quedaran dudas, afirmaba que esa administración nueva era aprobada por la mayoría de la opinión publica mexicana, especialmente por la parte más respetable de la misma, léase las buenas familias fieles cumplidoras de sus obligaciones religiosas. Sin embargo, como la prensa, y seguramente la conciencia, no lo dejaba en paz y buscaba congraciarse con el nuevo gobierno encabezado por el presidente Thomas Woodrow Wilson, el 12 de marzo, le envió un telegrama al secretario de estado William Jennings Bryan ampliando la información respecto a su actuación.

Empezaba por apuntar que, ante la discusión suscitada en la prensa, sería conveniente amplificar la información contenida en sus telegramas previos. Con toda certeza la pérdida de dos vidas humanas y el asalto a un gobierno constituido legalmente eran asuntos menores y por eso evitó explayarse sobre los hechos. Pero, ahora sí, daría una explicación amplia. Escribía que nunca creyó que las vidas de Madero González y Pino Suárez estuvieran en peligro. Para que creyeran sus palabras, describía que tras el arresto de Madero y sus ministros envió un mensajero de la Embajada con instrucciones de solicitarle a Huerta que no se cometiera más violencia, ni se derramara sangre y que si fuera posible liberara a los ministros. Huerta contestó que no se dañaría al presidente y al vicepresidente, y que, en consideración a la recomendación del estadounidense, dejaba en libertad a los ministros. O para decirlo en palabras llanas, acató la voz del amo. Prueba de ello es lo que Lane Wilson escribió el 19 de febrero contando como Huerta le preguntaba sobre qué hacer con el presidente Madero, pero al ver que la actitud del traidor era muy comprensiva, solamente le sugirió que hiciera lo que considerara mejor para la paz de México. La narrativa que sigue es para mostrar que el embajador poseía una piedad que no le cabía en el cuerpo.

Lane Wilson escribía que, a petición de la señora Pino Suárez, a quien visité, dirigí a una carta al general Aureliano Blanquete, solicitándole intercediera por la vida exvicepresidente, una expresión que con firmaba de lado de quien estaba el estadounidense. Pero eso no era todo, también, afirmaba no haber quedado contento con realizar esos esfuerzos y se dio a la tarea de visitar a miembros diversos del gabinete, asumimos que el reconocido por él, a quienes le expresó la profunda preocupación por la preservación de la vida del expresidente y su deseo de que le dieran un trato humano. En igual forma mostraba su desasosiego cuando, a petición de la familia Madero, envió dos mensajeros estadounidenses para solicitar al general Manuel Mondragón que le entregara el cuerpo de Gustavo Madero González. Como el socio del chacal estaba de buenas, autorizó que durante dos días los enviados escudriñaran entre los cadáveres tirados por la Ciudadela para ver si lo encontraban, lo cual no fue el caso. Y para que se viera hasta dónde llegaba el cinismo de ese sujeto, envío a su esposa a visitar a la madre y viuda del presidente llevándoles flores y expresiones de simpatía.

Sobre la muerte del presidente Madero y el vicepresidente Pino Suárez, Lane Wilson, señalaba que “es evidente para mí que, políticamente hablando, la muerte de estos dos mexicanos, relegados a la vida privada por sus renuncias, no deben suscitar mayores expresiones de desaprobación popular en los Estados Unidos que los asesinatos, no correspondidos por la justicia, de unos 75 u 80 estadounidenses en México durante los últimos dos años.” A la par de todo esto, lanzaba su opinión sobre Huerta a quien definía como “un soldado, un hombre de molde de hierro, de coraje absoluto quién sabe lo que quiere y cómo obtenerlo, y no es, creo, demasiado particular en cuanto a los métodos. Es un fiel seguidor en la política del general Porfirio Díaz y cree en el cultivo. de las relaciones más cercanas y amistosas con Estados Unidos. Yo creo que un patriota sincero, y estimo que renunciará a las responsabilidades del cargo tan pronto como sea posible, se restablezca la paz y la estabilidad financiera en el país”. Y para cerrar anunciaba que públicamente aceptaba la versión oficial sobre la muerte de Madero.

Esa versión había sido trasmitida el 23 de febrero por el secretario de relaciones exteriores de Huerta, Francisco León De La Barra quien fuera un miembro distinguido del Partido Católico Nacional y en un momento dado proyectado a ser el candidato presidencial para oponerse a Madero y al no prosperar, de perdida buscaban que este lo llevara como vicepresidente. En un telegrama dirigido al embajador mexicano en Washington, le indicaba que “la noche anterior, mientras los señores Francisco I. Madero y José Ma. Pino Suárez eran trasladados del Palacio Nacional a la Penitenciaría. como prisioneros para ser juzgados por varios cargos, dos grupos de hombres armados intentaron liberar a los prisioneros y atacaron dos veces a la escolta. Hubo una lucha en el que cinco personas, entre ellas los señores Madero y Pino, perdieron la vida. El Gobierno se ha comprometido a realizar una investigación judicial exhaustiva par aclarar cualquier circunstancia. Los últimos funcionarios serán enterrados con los honores debidos a los cargos que ocupaban. El gobierno federal es reconocido y apoyado por casi todos los gobernadores, incluidos los antiguos maderistas; anhelo general, con esperanzas fundadas, es que se restaure la paz. Los representantes de las naciones extranjeras se manifiestan sentimientos amistosos al gobierno. la opinión pública está tranquila y optimista.” El espectro de este escrito seguiría a León de la Barra y, en diciembre de 1915, lo alcanzó hasta París.

Allá declaró que la versión más aceptada sobre el asesinato del presidente Madero era una leyenda que ganó tracción por motivos políticos hasta convertirse en una realidad reconocida. Sin embargo, León de la Barra, sentía la obligación de emitir su versión sobre los hechos. Conforme a la nota publicada en The Washington Post el 16 de diciembre de 1915, el antiguo encargado de las relaciones exteriores dijo: “Declaro solemnemente y de manera precisa que la muerte de Madero y Pino Suárez no fue consecuencia de un acuerdo tomado a nivel del gabinete y que la primera información que tuve respecto a evento tan trágico, sin tener ninguna comunicación previa, me fue proporcionada por el general Huerta durante la medianoche del 22 de febrero de 1913. Al mediodía del viernes 21 de febrero, durante la reunión del gabinete, pregunté a los ministros de justicia [Rodolfo Reyes Ochoa] y guerra [Manuel Mondragón], si tenían alguna información oficial de la detención de Madero y Pino Suárez, a lo cual respondieron que no”. O el ciudadano León de la Barra vivía en una burbuja o trataba de pasarse de listo.

Por ese tenor continuo cuando afirmó que “si en caso de que tras examinarse los documentos que se le presentaran al secretario de justicia, se encontraban elementos para justificar la detención, estos deberían turnarse a la autoridad correspondiente… sobre esto estuvieron de acuerdo en forma unánime los miembros del gabinete, recomendando se actuara conforme a la ley”. El presidente mexicano llevaba cuatro días detenido y estos fulanos apenas iban a dilucidar si eso era o no legal. Pero León de la Barra terminó por enredarse con su lengua propia cuando aseguró que, en esa misma reunión, Huerta les comentó que debido a la falta de seguridad que había en el Palacio Nacional, ordenaría que Madero y Pino Suárez fueran trasladados a la penitenciaría en donde tendrían una vigilancia más estricta. La reunión finalizó alrededor de la una de la tarde y el secretario de relaciones exteriores se fue tranquilo a su oficina a despachar otros asuntos.

Ya casi se disponía a tomar el sueño repasador, cuando cerca de la media noche del 22 recibió una llamada de un ayudante de Huerta quien le requería, a nombre de este, se hiciera presente en Palacio Nacional pues algo muy grave había ocurrido. Al llegar ahí, Huerta le comentó a León de la Barra que Madero y Pino Suárez habían muerto en un enfrentamiento que se dio durante su traslado al centro penitenciario. “Durante el trayecto, tanto el auto en el que iban los prisioneros como el que servía de escolta, fueron atacados por dos grupos armados los cuales al parecer buscaban liberar a Madero y Pino Suárez, pero que en la refriega aparte de ellos dos, otras dos personas, también perdieron la vida, mientras que un quinto cayó herido y fue tomado prisionero.” Ante la noticia, según De la Barra, el mismo expresó que sería conveniente realizar una investigación a fondo, al frente de la cual propuso a José Vázquez Tagle quien fungía como el jefe del departamento de justicia militar y era hermano de quien fuera secretario de justicia en el gobierno de Madero. En respuesta, Huerta giró ordenes en ese sentido. Sin embargo, unos días después, el general Mondragón informó a León de la Barra que no se localizó a Vázquez y se determinó que las investigaciones las realizara González Suárez. Para cerrar sus declaraciones parisinas, Francisco León de la Barra y Quijano señalaba que, tras dar aviso del acontecimiento a los miembros del cuerpo diplomático acreditado en México, “of course,” a través del embajador Lane Wilson, preparó un comunicado de Huerta para los diarios, mismo que sometió a la consideración de los miembros del gabinete quienes lo aprobaron unánimemente. Dicha nota, publicada el lunes 24 de febrero, tras narrar los acontecimientos en la versión oficial, a la letra decía: “Así, se han suscitado los hechos simplemente. Nadie que me conozca personalmente o sepa del gran respeto que he mostrado, durante el ejercicio de mi gobierno provisional, por las leyes y la vida humana puede suponer que yo he tenido participación alguna, directa o indirecta, en este evento.” Como podemos ver, también el exceso de inocencia hace que algunos se conviertan en cómplices de atrocidades. Ni Henry Lane Wilson, ni Francisco León de la Barra y Quijano podían justificar no saber lo que aconteció aquella noche del 22 de febrero de 1913, cuando Francisco Cárdenas ejecutaba al presidente Francisco Ygnacio Madero González, mientras que Rafael Pimienta, se encargaba de hacerlo con el vicepresidente José María Pino Suárez. Los gatilleros atendieron las órdenes de un felón que únicamente se convertía en católico ferviente cuando inclinaba la testuz en el confesionario, Victoriano Huerta. Respecto a Lane Wilson y León de la Barra el fantasma de la complicidad por acción a uno y alegato de ignorancia del otro, ni el tiempo podía borrar su participación en los hechos.

.(Javascript debe estar habilitado para ver esta direccion de correo)


Añadido (1) Se la pasan clamando consignas en contra del “imperio.” Sin embargo, cuando de las cloacas de esa sociedad salen las miasmas a darles un “premiecito,” celebran con orgullo singular que lo peor de aquella nación los haya reconocido. Congruencia pura, sin adulteración.

Añadido (2) El ahora conocido como The Washington Compost hizo honor a su nombre nuevo y desató una campaña de linchamiento en contra de Nicholas Sandmann, un menor de 16 años estudiante de la Covington Catholic High School, todo por portar una gorra con el letrero MAGA y encarar a un charlatán que agredió a él y a sus compañeros de escuela. Hoy, el diario enfrenta una demanda por 250 millones de dólares. Eso sucede cuando los medios pierden la objetividad y se convierten en voceros partidistas.

Añadido (3) Al parecer, todos se han olvidado de que ni el triunfo es eterno, ni la derrota es para siempre. En ambas circunstancias hay que mostrar la prestancia bajo la premisa de que siempre hay un mañana por enfrentar y este no necesariamente se dará bajo las circunstancias pasadas y/o presentes.

Añadido (4) Mientras elaborábamos este escrito, a través de la ventana, comprobábamos que eso del calentamiento global está que arde. Prueba de ello son la temperatura que ronda los menos 20º C y la capa de nieve, con un grosor alrededor del medio metro, que llega hasta al pie de las montañas para encaramarse por ellas y aumentar el nivel de acumulación.
Imprimir
COMENTARIOS



  • 0
5 6 7 8 9 0 1 2