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María del Carmen Maqueo Garza
María del Carmen Maqueo Garza
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Coahuilense, médico pediatra, apasionada de la palabra escrita. Desde 1975 ha sido columnista en diversos periódicos regionales. Bloguera a partir del 2010. Participa activamente en el Taller literario “Palabras al viento”. Tiene varios libros publicados. Inquieta por la problemática social, en particular la relativa a nuestros niños y jóvenes. Sus colaboraciones invitan a asumir que la resolución de esos problemas es tarea común para todos. Su blog: https://contraluzcoah.blogspot.com/

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19 Noviembre 2017 04:00:00
Antes de izar los ideales
Hoy he venido recordando a Don José Muñoz Cota, orador, escritor y diplomático chihuahuense, con quien tuve la fortuna de coincidir en el medio periodístico lagunero allá por 1975, cuando yo escribía mis primeras colaboraciones y él ya era toda una institución. Recuerdo uno de sus libros del cual generosamente me obsequió una copia autografiada: “El hombre es su palabra”.

Cada quien ve el mundo desde aquello que le apasiona. En mi caso es desde la palabra a la cual hallo atributos extraordinarios. A ratos me parece una palanca capaz de mover al mundo, tal y como Arquímedes lo asentara hace más de dos mil años. Mucho de lo que hoy ocurre hace suponer que es precisamente por causa de la palabra, o para ser específicos, a falta de la palabra, y ahí les va:

Una necesidad fundamental del ser humano es la de expresarse frente a los demás. Es algo que ocurre desde principios de la historia, lo bueno o lo malo busca ser expresado de muy distintas maneras, ya sea para participar una alegría o para desahogar una contrariedad. Desde las pinturas rupestres europeas, hasta los GIFS y los emojis actuales, el ser humano busca expresar aquello que piensa o que siente. Sin embargo la cosa no es tan sencilla como supondríamos, y esa falta de expresión de lo propio bien puede ser el germen de interacciones sociales poco afortunadas.

De niños aprendimos a hablar, el lenguaje se va ajustando progresivamente a reglas y convenciones sociales, esto es, puedo decir algo “siempre y cuando…”, o “en la medida que…”, expresarlo frente a determinadas personas, y no hacerlo frente a otras. Desde ese momento lo que llevamos dentro va quedando determinado por elementos externos, y entendemos que así debe de ser, para una sana convivencia. Los soliloquios propios del niño pequeño van quedando atrás, al grado de que el escolar halla indeseable o aburrido estar solo, no sabe disfrutar estar consigo mismo, con lo cual se pierde de mucho en la vida. Su autoestima se queda muy corta, y necesita de los demás para sentirse bien. Entra al sistema educativo escolarizado y aprende muchas cosas, pero no se le educa para desarrollar su inteligencia emocional. Como por intuición va practicando expresar lo que piensa y lo que siente, y así continúa hasta la edad adulta.

Unos años después estamos frente a un individuo que no habla consigo mismo, y menos sabe decir a otros lo que siente, tiene pobre autoestima, y por ende no es asertivo, además de que no posee mucho autocontrol. En estas condiciones va del extremo de guardarse todo, al extremo de explotar por cualquier contrariedad. La maravillosa utilidad que la palabra podría aportar para él se queda flotando en el limbo, en un mundo en el que nos guardamos de expresar lo que sentimos por miedo a ser malinterpretados, y reservamos las palabras amables, y volcamos las de odio cuando ya estamos como olla de vapor, con las emociones a punto de explotar.

Y esta misma falta de palabras que no se dicen se vuelve responsable de úlceras duodenales infartos del miocardio, adicciones y demás. Aquello que debiera decirse y no se dice, ha de hallar una vía de escape, cualquiera. Más delante vienen los hechos terribles, los que provoca nuestra ira largamente reprimida cuando sale a chorro y arremete contra lo que esté más próximo, la pareja, el hijo, el jefe o el conductor de enfrente. Nos volvemos violentos, o más bien explosivos, sin que –visto desde fuera-- parezca existir una causa que pueda explicarlo.

Uno de los apelativos que tenía Don José Muñoz Cota era el de “relámpago”. Al menos así lo llamó Federico Corral Vallejo, uno de sus biógrafos. Él fue un relámpago para vivir su vida que fue interesante y variada, pero fundamentalmente un relámpago con el uso de la palabra, habiendo sido el primer campeón nacional de Oratoria, en el concurso convocado por el periódico El Universal en el año 1927, cuando José contaba con 20 años de edad. Lo contrasto con los relámpagos destructivos hoy en día, que produce la no-utilización de la palabra para expresar nuestros estados internos, que resulta en latigazos de violencia de género, familiar y social.

Ahora que las autoridades de la SEP se enfocan en la reforma educativa, todos los ciudadanos somos responsables de vigilar que tenga como objetivo la formación de ciudadanos sanos y libres. Las competencias de un programa académico no se alcanzan sin una base de sustentación emocional firme. Uno de los requisitos para lograr este sano equilibrio de las sociedades que viven en paz, es el desarrollo de la inteligencia emocional, aprender a comunicarnos unos con otros, expresar pensamientos, deseos y emociones, para alcanzar una sana armonía. Como diría Muñoz Cota “hacerlo antes de izar los ideales”.

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