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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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25 Marzo 2018 04:07:00
Anticorrupción: un primer paso
Según revelan estudios sobre la percepción de los ciudadanos, el problema de la corrupción desbancó, mandando al segundo lugar el de la inseguridad. Queda más atrás la preocupación por la economía, no obstante la amenaza latente representada por ese ser impredecible que gobierna actualmente Estados Unidos. Ya lo sabemos, sus opiniones, amenazas o promesas dependen del humor con que despierte en la Casa Blanca.

Aunque la corrupción ha sido históricamente un mal endémico de México, es ahora cuando el ciudadano de a pie, “la gente del común”, como diría Montaigne, la coloca en primer lugar de la lista de causas que provocan su irritación y hartazgo. Es lógico que así suceda, pues nunca antes habíamos conocido una corrupción de esta escala, la cual incluye triangulaciones maquiavélicas tanto dentro del país con participación de ciertas universidades como en el tablero de los llamados paraísos fiscales del mundo.

También resulta relativamente nueva la ostentación que gustan hacer algunos políticos y líderes sindicales de su mal obtenida riqueza: autos italianos para el júnior, relojes de marcas prestigiadas, residencias palaciegas, departamentos en Miami y cuentas con decenas de ceros en bancos del extranjero.

Hoy podemos recordar con nostalgia aquella terrible acusación lanzada por los periódicos de la época contra el yerno de don Adolfo López Mateos, después de que este dejara la presidencia. Un sagaz reportero de un diario capitalino reveló que el esposo de Avecita López Mateos se había enriquecido en el sexenio de su suegro, pues, asómbrese usted, tenía el suficiente capital para ¡abrir una casa de té en el Paseo de la Reforma de la Ciudad de México! No se ría, esta noticia apareció bajo grandes titulares allá por 1965 y provocó un escándalo.

La escala de la corrupción que ahora se descubre un día sí y otro también afecta al ánimo de más personas gracias a la comunicación, especialmente las redes sociales, donde la hija de un líder petrolero no siente rubor al informarnos que en uno de sus viajes a Europa compró un boleto extra en primera clase para ¡su perrito de peluche!, o el júnior exhibe un flamante Ferrari, regalo de papá.

Hay suficientes motivos para la indignación ciudadana. Esto es innegable. Sin embargo, a pesar de que es de esperarse que los aspirantes a suceder al presidente Peña Nieto orbitarán sus discursos en torno al combate a la corrupción, esta no se terminará por arte de magia o por el simple cambio de residente de Los Pinos.

Además, los electores deben estar conscientes de que en el caso de que se haga un combate frontal a la corrupción y se castigue a los corruptos, eso por sí solo no resolverá los otros grandes problemas del país: el decepcionante desempeño de nuestra economía, la pobreza en que sobreviven millones de compatriotas, el incremento de la inflación y la ya arcaica desigualdad del reparto de la riqueza, que hace más de 200 años sorprendía al barón de Humboldt cuando anduvo por estas tierras.

La corrupción es un gran problema, pero no el único. Atacarla sería, a no dudarlo, un buen punto de partida, pero no hay que confundir esto con la meta final. Incluso con todos los corruptos en las cárceles, los mexicanos que viven en la miseria continuarán viviendo en la miseria y la inseguridad seguirá imperando en muchas ciudades. Se requiere más que promesas de honestidad para superar los rezagos económicos y sociales que arrastra el país. Mucho más.
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