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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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01 Agosto 2017 04:00:00
Aquel Saltillo
La calle de Allende sería útil en un estudio de caso sobre los cambios sufridos por Saltillo en los últimos 70 años. En esas 7 décadas la población se disparó de alrededor de 60 mil habitantes a cerca de un millón. Es decir, casi se multiplicó por 20.

Mi familia llegó a la casa de Allende sur número 122 en los 40 del siglo pasado, después de habitar un siempre añorado chalet estilo europeo en la calle Salazar. Ese chalet, de dos plantas y buhardillas, tenía jardín –al frente donde mi madre cultivaba rosales–, y un extenso terreno en la parte posterior. Al lado de la banqueta corría una acequia en la que mis hermanos y yo, émulos de Tom Sawyer, a falta de Misisipi, practicábamos la pesca de diminutas sardinas. En ocasiones, la corriente llevaba tejocotes caídos al agua en huertas ubicadas al sur. Hoy, en el terreno ocupado por el que fue nuestro hogar levantaron una privada con 17 casas.

Pero volvamos a la calle de Allende. La circulación de vehículos era de sur a norte, a la inversa de hoy. Había pocos autos, muy pocos. Su escasez era tal que mis hermanos jugaban carreras en patines desde Escobedo hasta Juárez sin ningún peligro. Y no recuerdo que mi padre tuviera alguna vez problemas para estacionar el suyo exactamente a la puerta de la casa. Con el número de vehículos de entonces hubiera sido imposible organizar siquiera una modesta “carambola”, de esas que taponean frecuentemente el periférico Echeverría.

Se diría que los hogares de la familia Villarreal Lozano –fueron esos únicos dos– tenían su karma, pues ambos terminaron como bares. En Salazar funcionó un tiempo El Molino Verde, de los hijos de ese inolvidable restaurador que fue don Jesús Martínez. En la de Allende hay ahora otro frecuentado por motociclistas. Existe uno más en la acera oriente, en la que fue residencia de la familia Cabello.

De los antiguos vecinos y sus descendientes no queda ninguno. Frente a nuestra casa, la residencia del ingeniero Juan García y doña Carmen Villarreal se convirtió en el restaurante El Tapanco. Más arriba –para decirlo de acuerdo con la rosa de los vientos saltillenses, donde no hay norte y sur, sino arriba y abajo–, en la esquina de la entonces inexistente prolongación de Ramos Arizpe, abierta en los años 60 para conectarla con De la Fuente, venden comidas o algo así.

El único negocio que permanece donde siempre es la Joyería De Nigris, en la esquina con Juárez, pues la papelería del señor Torri la ocupa ahora un consulado. Este movimiento centrífugo, del centro a la periferia es uno de los fenómenos distintivos de los cambios sufridos por la ciudad.

El aumento del número de automóviles acabó con el paseo de 12 de la calle de Victoria. Después de la misa de 11, los jóvenes de aquellos tiempos paseaban por Victoria desde Morelos hasta la Alameda. Quienes lo hacían en auto, seguían una ruta inalterable: Victoria, vuelta a la Alameda hasta tomar Ramos Arizpe, Allende y otra vez Victoria. El paseo de 12 constituía una de las pocas oportunidades propiciatorias de la formación de parejas pares, como diría López Velarde.

¿Era mejor aquel Saltillo? No. Solamente distinto, pequeño y acentuadamente provinciano.

Nota: Hoy me permití recordar algunas pinceladas de lo que fue nuestra ciudad, no con afán de celebrar el 440 aniversario de su fundación, sino para no escribir de elecciones, del cuestionado Instituto Nacional Electoral, del demeritado Instituto Electoral de Coahuila y de los Tribunales Electorales, que, la verdad, ya me tienen harto.
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