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Guadalupe Loaeza
Guadalupe Loaeza
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28 Julio 2017 04:00:00
Arrivederci, Roma…
Desde que era niña, soñaba con vivir en la plaza Río de Janeiro. Me parecía tan bonita y emblemática que cuando mis hijos eran pequeños, solía pasear con ellos por la plaza mientras les platicaba anécdotas de la Casa de las Brujas, de la dulcería Celaya y de la iglesia de la Sagrada Familia: “Allí se casaron sus abuelos. Mi mamá era tan entusiasta que invitó a su boda, aparte de la familia y de sus amigos, a todos los comerciantes de la colonia Roma y Juárez: al carpintero, al zapatero, al globero, al de los algodones, al afilador, al de la tintorería, al de la carnicería, al de la farmacia, al cilindrero e incluso, al ropavejero”.

Todo en la colonia Roma me resultaba nostálgico y muy familiar. Entonces me daba cita con Guillermo Tovar para tomar café en su casa porfiriana de la calle de Colima. Me contaba de todas las familias aristócratas que habían vivido por esos rumbos.

Andando el tiempo, gracias a la providencia y a una hipoteca (la cual hasta la fecha sigo pagando), se cumplió mi sueño, Enrique y yo terminamos viviendo en la plaza Río de Janeiro, con vista a la fuente y a dos jacarandas frondosísimas que cada año nos regalaban sus maravillosas flores. Cuando nos cambiamos a la Roma, corría el año 2005.

En ese tiempo todavía era una colonia relativamente limpia y tranquila, no había tantos perros, ni restaurantes, ni ambulantes, ni “valet parking”, ni bicicletas, ni heces de los canes, ni mucho menos los llamados “hipsters”, es decir, los jóvenes, como dice la Wikipedia, que “son bohemios, de clase media alta que se establecen, por lo general, en barrios que experimentan procesos de gentrificación o sea aburguesamiento”, con gusto por la música alternativa y vestidos con un sentido irónico de la moda.

Lo anterior no nos molestaba, al contr ario. Lo que nos empezó a perturbar era la desaparición de las casas señoriales en aras de edificios que comenzaron a construirse con permisos dudosos para albergar a la nueva gente que llegaba.

Debo decir, asimismo, que el departamento que compramos era inicialmente amplio y suficiente para dos personas. Después, dadas ciertas circunstancias aciagas, hubo que dividirlo, para vivir en uno y rentar el otro.

El espacio se redujo a tal grado (nos la pasábamos diciendo uno al otro: “compermisito, compermisito”, todo el día) que resultaba muy poco confortable; los libreros se nos venían encima, los objetos y cuadros parecían volar sobre nuestra cabeza, el baño era insuficiente y lo peor de todo fue la construcción accidentada de un edificio de la calle de Colima que da a la recámara al mismo nivel de los ojos y a un metro de distancia de los que habitamos allí. La construcción que no ha terminado se ha prolongado más de 2 años. Había días que teníamos a los albañiles prácticamente dentro de la recámara. Era insoportable, sufría tanto que lloraba desconsolada todos los días como una verdadera María Magdalena.

Ahora la calle de Colima, una de las más bonitas, se ha convertido en intransitable, plagada de restaurantes y edificios que venden lofts de 120 metros en 6 millones de pesos.

La plaza Río de Janeiro, durante este tiempo, ha pasado por varias etapas: con tráfico de un sentido sin parquímetros, con tráfico en otro sentido con parquímetros; para volver a cambiar a la ausencia de parquímetros y con sentidos diversos. A pesar de los arreglos: las luminarias, el cambio de adoquín de las banquetas y del cuidado del jardín, no ha cesado el ruido.

Especialmente cuando traen mercados, festivales y los sábados, los beneméritos Boys Scouts.

Si a lo anterior le agregamos una severa crisis de ciática por parte de la que esto escribe, más las escaleras del departamento, la imposibilidad de abrir la puerta principal a los que nos visitan y el tráfico de la única salida al occidente de la ciudad, la calle de Mérida, no nos quedaba otra alternativa más que emigrar.

Enrique y yo, desafortunadamente, ya no tenemos edad para enfrentar tanto... ¡des-ma-dre!

Nos vamos de la Roma con el corazón roto, pero contentos de haber encontrado un pequeño paraíso que da justo enfrente del Bosque de Chapultepec, un departamento rentado, de un solo piso, luminoso, con vista a los árboles.

Este sábado, si sobrevivimos a la mudanza, cantaré nostálgica: “Arriiiiiivederci, Roma…”.
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