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Dalia Reyes
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20 Julio 2018 04:00:00
Arturo y la revolución
Morbosa como soy con lo insondable, ayer entregué a la muerte a otro hermano.

Arturo lleva la encomienda doble de responder preguntas y guardarse las respuestas hasta que sea yo, en persona, quien vaya a pedirle cuentas.

Siento la responsabilidad particular de preservar su esencia. No fui su madre; si bien ella le concedió la existencia, su ser lo construyó conmigo en el corral de casa. Tampoco encarné a su esposa, quien lo enfrentó al invencible reto de acabar con la tozuda paciencia que otorga la esperanza. Fui su hermana.

Una hermana de seis que tuvo Arturo fui yo; no la mayor de todos ni la menor, sino la que está al lado. De su costado derecho fui la investigadora asistente: Observamos hormigas en su hábitat natural, nos conmovimos con múltiples cementerios de moscas que debieron morir al servicio de la ciencia. Nos graduamos en historia mexicana y antropología con excavaciones inéditas hasta descubrir los ecos de la revolución que se escuchaban a modo de gritos lejanos distorsionados por el tiempo, el espacio y la mala calidad de nuestras herramientas improvisadas.

Ahora bien, del lado derecho, fui la peor ocurrencia de mi madre: Una hermana apenas menor con la cual se carga en tanto las edades tengan a bien acomodarnos en escuelas distintas. Él debió inscribirme desde la primaria, lidiar con la sorna del amigo quien tenía la osadía de encontrar en mí belleza en ciernes, y confiarme los laberintos secretos para andar rumbo a la prepa entre la oscuridad temprana; veinticinco cuadras recorríamos con la promesa de un ahorro monetario que nos permitía comprar un Mamut cada semana. La ruta tenía por nombre Karchafle, iniciales personalísimas para ambos.

Se deshizo de mí en cuanto pudo, eso le dejé creer hasta el final. Nunca le confesé cuánto traía conmigo su imagen paralizada ante el miedo infinito de ver a mamá enferma; tuve siempre a la mano la candidez de su cara infantil cuando ya no podíamos ser Superman y Superchica porque mis poderes se desvanecían con demasiada facilidad. Será imposible ignorar que me rondaba en los sueños su devenir cuando creyó, casi 20 años atrás, que la vida terminaría pronto. No fue así.
Murió ayer: Esta vez no me dijo nada.

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