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Dalia Reyes
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16 Abril 2019 04:00:00
Así Dios nos trajo al mundo
Fresquita y natural, olorosa a retama, como el lecho de La Casita que entonaba Pedro Infante. Éstas eran las cualidades que idealizaban los caballeros no hace mucho tiempo. Con muchas dificultades trataré de mostrar cómo sigue vigente esa práctica.

Las abuelas podían mostrar sus rubicundos pómulos a fuerza de sol, polen o betabel, eso daba valor agregado a esas figuras de cintura breve y curvas pronunciadas. Hoy, si los señores piensan en la posibilidad de la imagen natural de una mujer, las cosas se pueden volverse perversas.

Habría que determinar lo que es natural, antes que nada. Entendamos la frase “como Dios nos trajo al mundo” como una posibilidad para hablar de una piel libre de artificios. Lograrlo a estas alturas de la modernidad es un reto.

Si hacemos un recuento de cabeza a pies, deberíamos eliminar los tintes al cabello sea en rayos, luces y mechas para quedarnos con una tonalidad natural, como sea que el paso del tiempo la haya coloreada. A cierta edad femenina, un buen ejercicio para combatir el Alzheimer es recordar el color original de la melena.

Vamos a descartar los delineados permanentes: Cejas, párpados, labios. Imaginemos la piel libre de esos pigmentos extraños y el rostro quedará como un lienzo, totalmente en blanco. Y la albura viene de la gran cantidad de maquillaje que, sabemos, se lleva entre las cremas la tonalidad de la dermis que nuestra madre nos regaló.

Si hablamos de agregados –por no decir postizos– guardemos en la caja del recuerdo las copas de gel, las fajas capaces de convertirse en churro después de un rato, los jeans con aplicaciones traseras y el tacón de 10 centímetros.

La lógica nos diría que el resultado será esa frescura de la que empezamos a platicar hoy. Pero las mujeres somos más que nuestras partes: El resultado es un rostro de papel impávido cuyas facciones se han perdido entre la cera depilatoria y la pintura hipoalergénica; los cabellos de listón se tornarán infame rizado informe “sin control del frizz”, fósil de lo que fueron bucles infantiles en el pasado remoto.

El ir natural es una cualidad que pocas pueden presumir; digamos que la sofisticación es lo de hoy a riesgo de convertir en estatua de sal a los maridos.
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