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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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24 Marzo 2019 03:30:00
Aún es tiempo
No es fácil acostumbrarse a la idea, pero los días de esplendor de la explotación del carbón en el riñón hullero de Coahuila, manchados con obstinada frecuencia por la tragedia, se encaminan inexorablemente a su fin.

Cuando terminaba el último tercio del siglo 19 y principios del 20, el carbón coahuilense puso en movimiento al país subiéndolo a una locomotora. En esa época, las minas de la Región Carbonífera vivieron sus momentos de esplendor. No sólo atraían a millares de trabajadores, que allí percibían los salarios más altos del país, también se convirtieron en poderoso imán de la codicia de potentados estadunidenses, como la familia Guggenheim. La demanda de mano de obra era tal que llevó a la firma de un contrato entre los gobiernos de México y Japón, para que este último, hoy una de las economías más poderosas del mundo, enviara braceros a las minas.

Pocos años después, en una de esas paradojas con las que de vez en cuando gusta sorprendernos la historia, los revolucionarios aprovecharon la corona modernizadora del porfiriato para transportar sus ejércitos y combatir al presidente Díaz.

Entonces el combustible se utilizó incluso como arma política; Venustiano Carranza casi paralizó a la División del Norte de Francisco Villa al restringir los envíos de carbón, y el mismo Villa puso al Gobierno con los pelos de punta, cuando en 1920 tomó sorpresivamente la ciudad de Sabinas, amenazando, mediante el control de las minas, paralizar al sistema ferroviario nacional y las siderúrgicas.

Hoy, un siglo después, el antes aliado del progreso se ha transformado en peligroso enemigo de la humanidad. Las emisiones de gases producidos en su combustión son poderoso factor de la contaminación ambiental y, por ende, del cambio climático.

Por desgracia, la Región Carbonífera de Coahuila, debido a diferentes motivos que no es lugar para desgranar, permanece anclada en el siglo 20, mientras la dinámica mundial juega fuertemente en su contra. Los países europeos decretan el cierre de minas de carbón, enfocando sus esfuerzos a la generación de energía eléctrica prescindiendo de energéticos fósiles –carbón y petróleo–. La apuesta principal es en la casilla del aprovechamiento de la energía solar y la eólica.

Apenas el viernes anterior los carboneros de Coahuila respiraron después de tres meses de incertidumbre. La Comisión Federal de Electricidad (CFE), uno de sus principales clientes, anunció la adquisición de 300 mil toneladas del combustible. Es duro repetirlo, pero esta compra es solo un analgésico aplicado a un enfermo terminal.

El puntual reportaje sobre el tema de Edith Mendoza, publicado en Zócalo el pasado jueves, recoge la opinión de Alfonso González Vélez, experto en la materia, quien afirma que de la explotación de la hulla depende el trabajo de 60 mil personas en la región Carbonífera.

Actualmente, el hecho de que un 10% de la electricidad del país dependa del carbón, permite alargar la vida de la minería de ese energético, pero con o sin compras de la CFE, la solución es temporal. Más temprano que tarde el destino alcanzará a la comarca y a sus mineros.

Ante este panorama resulta urgente poner en marcha planes concretos para la reconversión de la economía regional, encarrilándola en el siglo 21. De no hacerlo, es decir, arremangarse la camisa y ponerse a trabajar, se estará condenando a toda una región a verse salpicada de pueblos fantasmas en algunos años.

La tarea es para hoy.


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