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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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27 Noviembre 2020 04:00:00
Aunque la rama cruja
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Informes de Gobierno los ha habido en distintas circunstancias, pero ninguno como en las actuales. El primero que cubrí, para el vespertino Noticias de Hoy de Torreón, fue el cuarto de Eulalio Gutiérrez Treviño. Entonces se debía venir a la capital con ropa de invierno.

Esa ceremonia y las siguientes transcurrieron sin sobresaltos, excepto la última, cuando Mario Ramón Beteta, secretario de Hacienda, vino con una doble encomienda: representar al presidente Luis Echeverría y cobrarle al estado –a micrófono cerrado– un adeudo por 500 millones de pesos por impuestos no enterados al Gobierno federal.

“En sus giras a La Laguna, el Gobernador llegaba en un Chevelle índigo, pilotado por Eleazar, y se hospedaba en el Hotel Río Nazas. Madrugador, fumador y siempre caballeroso, el día lo empezaba con una caminata por la avenida Morelos, sin guaruras, y remataba en el restaurante Apolo Palacio. Le acompañaba el alcalde de turno (Juan Abusaíd Ríos, primero, y después José Solís Amaro), políticos jóvenes (Mariano López Mercado y Heriberto Ramos Salas), y los reporteros de la fuente (Eduardo Elizalde o Arturo Cadivich, Carlos Robles y yo). Después recorría ejidos y algunas colonias. Era cuando los gobernadores respetaban la investidura”.

El primer sorprendido por la deuda con Hacienda fue don Eulalio; y el segundo, el Gobernador electo Óscar Flores Tapia, quien movió los hilos con su amigo Echeverría para lograr una tregua, y al final la cuenta quedó en ceros.

El dinero no fue a los bolsillos del grupo en el poder ni a empresas fantasma, como en futuros gobiernos sucedería, sino a gastos e inversiones en el estado. Una parte debió aplicarse a cumplir el capricho presidencial de construir una pista en Ocampo, donde Echeverría pasó en 1974 la Navidad. Gasto inútil, pues el Mandatario aterrizó en Cuatro Ciénegas.

“En otros informes hubo conatos de violencia (frente al Teatro de la Ciudad de Saltillo y el Nazas de Torreón), sin llegar la sangre al río, provocados por reventadores y líderes de la oposición”. En los dos gobiernos anteriores el Congreso local se amuralló para mantener a raya a agentes políticos y grupos de la sociedad civil cuyas demandas eran conocer el destino de la deuda, denunciar la corrupción rampante y exigir castigo por los atropellos. Los diputados que llevaron al salón de plenos el enojo popular recibieron por respuesta el clásico salinista “ni los veo ni los oigo”.

Humberto Moreira no informaba. Los escenarios eran para el lucimiento de un mago en cuya chistera ocultaba una deuda por 40 mil millones de pesos con bancos y proveedores, y el público aplaudía. Rubén, su hermano, adoptaba poses de estadista con legislaturas amaestradas.

Entre los primeros informes que cubrí y los del “docenio trágico” no hay punto de comparación. El ceremonial y el respeto al cargo devinieron en actos de culto a la persona. El formato debe cambiar y abrirse al debate serio, no simulado.

En la historia reciente, ningún gobernador rindió su informe en medio de una emergencia y menos de una pandemia como lo hará Miguel Riquelme este lunes. El lagunero recibió un estado en crisis por la megadeuda, el colapso del sistema de salud y el descrédito de las instituciones. La sociedad sigue agraviada por los desmanes del moreirato y la impunidad que lo cobija. De tenido otros predecesores, Riquelme podría afrontar el recorte en las participaciones federales sin tanto agobio. Informe habrá, aunquela rama cruja.
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