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Abdel Robles
Abdel Robles
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Licenciado en Ciencias de la Comunicación egresado de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Reportero sección policiaca en Editora El Sol, reportero sección local El Norte, coeditor del vespertino Extra de Multimedios, director editorial del Periódico La Voz de Monclova, director Editorial de El Diario de Coahuila, Comunicación del Municipio de San Nicolás de los Garza, NL, director editorial de Zócalo Piedras Negras, y actualmente editor en jefe de Zócalo Monclova

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27 Marzo 2016 03:10:56
Bailando con La Negra
Ella era grande… inmensa.

A los seis años mi esmirriado cuerpo quedaba frente al de ella, con la cabeza justo a la altura de sus caderas.

Abrazar a Benedicta era intentar lo imposible.

Si cubría el frente… la retaguardia quedaba expuesta.

Imposible darle vuelta.

Pero cantaba como un ángel…

Cantaba con aquella entonación, con el juego de bajos y de agudos… con un sentimiento que casi siempre, me provocaban llorar.

“Ay pena… penita, pena, penita peeeena… ¡Pena de mi corazón¡”

Salía la voz cubierta de espinas, de púas, y me desgarraban el alma.

Disfrutar de aquella voz se había convertido en una razón de abrir los ojos, cada vez que ella llegaba, de no sé dónde, y se quedaba en casa cuatro o cinco días.

A las cinco de la mañana, aquella caricia que brotaba de su garganta, llegaba a mis oídos, diáfana y suave.

“La luna se está peinando… en los espejos del ríiiio… y un toro la está mirando, entre la jara escondíiiio”.

Me levantaba raudo, quería estar cerca, lo más cerca posible para dejarme querer, para dejarme levantar del suelo y acceder a esos espacios del éter en donde uno se mece al compás de una vieja canción…

Pero aquello significaba que la negra me tomaría como pareja de un danzón.

Un delicioso danzón con aquellas caderas que golpeaban mi nariz… que se daban la vuelta frente a mí, para terminar restregándome contra aquellas inmensas nalgas… ¿Quién me mandaba a ser tan chaparro y a ella tan cadenciosa?

Hubiese podido evitarlo, haciendo al dormido cuando escuchaba la voz, pero aquello era imposible, porque me perdía la posibilidad de escucharle, de permitirme el lujo de que me levantase en sus brazos y que luego… luego para mi mal, me pusiera sobre mis piernas en el suelo.

Entonces la inmensidad pasaba frente a mis ojos, frente a mi rostro…

Era como caer en el mar y hundirte, sin poder sacara la cabeza para domar tantito aire.

Terminaba sobre un banquito, sentado, exhausto… atarantado de tantas cachetadas con aquel inmenso trasero.

Un día decidí que no me iba a levantar…

Que iba a probar cómo sería la mañana sin aquella hermosa voz… pero también sin convertirme en una hija de palmera vencida por el inmenso mar de un nalgatorio interminable.

Eso lo decidí yo…

Ella decidió que me iba a buscar… que me encontraría cubierto hasta la cabeza… ella decidió que no me dejaría sin bailar…

Ella decidió que además se echaría una copita de fumarancho…

Y me llevó, de la mano como siempre, suave al principio como ola mansa…

Luego un poquito de fumarancho, luego un gritito… luego yo con la punta de mis dedos que rozaban su mano hermosa y negra, de palmas blanquísimas.

Tercero el trago… tercera mi distracción.

Mi negra Benedicta dio el pasito hacia atrás… su nalgota derecha se estrelló contra mi cara y me mandó al suelo.

Y allí estaba refugiado a medias, porque entonces ella tropezó…

H empezó a tambalearse hacia atrás, hacia atrás… hacia atrás.

Vi entonces precipitarse contra mí aquella bestialidad de trasero… aquella inmensidad convertida en nalgas…

Vi pasar mi vida frente a mis ojos; imaginé a mi madre que recibe mi cuerpo estampado en el vestido de la negra; Imaginé a mi amado y sabio padre con una lágrima en el rostro… vi a Felisa, mi abuela, que me daba el beso postrero.

Pero vi también al hermoso trasero suspendido en el aire… listo para caer sobre el miserable cuerpo mío.

¿Cómo fue aquel bendito milagro?

La negra Benedicta se agarró de la camisola de mi padre que iba pasando… mi padre se pescó de una columna de madera de la casa…

Y así, a escasos 10 centímetros de convertir mi humanidad en puré de ejote… o en chocolate líquido…

Vi la inmensidad de aquel trasero… vi lo enorme suyo… lo vi como si cobrara vida…

¡Salte de ahí muchacho baboso que te despedorro!, gritó mi bienamada negra, lista para despegarse de mi padre.

Fueron dos o tres segundos, yo me quité a tiempo y me sentí aliviado… a salvo…

Pero no corrió la misma suerte El Canelo… perro corriente, que cuidaba el frente de la casas y que al seguirme, quedó justo de aquella inmensa mole que lo arrolló y lo aplastó.

No hubo más canelo… no humo más Fumarancho… no hubo más danzón.

Pero fue ella quien me vio un día por la noche intentando bailar danzón con el gato.

Imposible, sin aquel trasero en mi nariz era imposibe.

Nada qué hacer, excepto extrañarla un mundo… y cerrar los ojos para imaginar que viene otra vez, que me saca a bailar.

Y claro, que allí se encuentre El Canelo, bailando sobre sus dos patitas posteriores, feliz de vernos.

Como si aquel percance hubiese sido solamente un sueño.

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