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Dalia Reyes
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08 Junio 2018 04:00:00
Beso indeleble
Nunca se dan más besos como en las mañanas. Esa rutina inaugura el día, plaga la memoria y alarga los recuerdos.

Afuera de las escuelas, padres, madres, abuelas y abuelos prodigan generosamente una andanada de ósculos previstos, inconscientes, que en mi andante creatividad, se parecen a un baño de barniz antireflejante, una sellada al trozo de lomo, una mano de tinta indeleble o esos protectores en aerosol para salvar un sillón de los feroces ataques infantiles.

Un año atrás, cierta amiga, celebrando sus 35 años de matrimonio, me confesó que, para entonces, la vida conyugal se restringe a una cantidad específica de besos, “los de rutina” dijo, y entonces mi mente viajó muy rápido desde la Atlántida hasta Mictlán, pues cada uno establece lo reiterado entre lo imposible y lo introspectivo. (Hoy en día hay personas que tienen como rutina quitar la vida a otros apenas empieza la noche).

Poco silencio tan revelador hay como en los besos. Son actos condenatorios, signan las relaciones desde su aparición primera y desgajan una clasificación interminable, emancipada y con tantas imbricaciones como las categorías gramaticales.

Hay besitos entre amigos, los besos de la madre, los del padre a su hijo varón, los de la hija a su papá, entre las parejas públicas, entre las relaciones privadas; los hay evidentes, obviados, ocultos, deseados, de ensueño, cavilantes, tímidos, imposibles, descarados, necesarios, indebidos, obligados, impertinentes, confundidos, insustanciales pero con sentido.
Las despedidas con beso siempre son prometedoras, es un pacto signado entre dos para aseverar lealtad y presencia. Ambivalente, el ósculo mañanero reafirma el buen estatus en una relación y abre posibilidades; es un amuleto para el día pero una oferta para después.

Los niños se aseguran volver con sus padres el mediodía, los esposos vuelven esa rutina un GPS que los regresa al sitio de partida; las mujeres se autoevalúan y retoman el camino, y los amigos se acercan, a menudo, más de lo debido.

Después de ese específico roce, lo demás es lo de menos: La anatomía humana no puede mentir –a diferencia del sonido envuelto entre palabras-. No importa la frase que acompaña a la acción de besarse, a final de cuentas sólo esto último se queda; lo otro, vuela con el viento y no tiene pasado ni futuro. El beso sí, ese es energía: Permanece, aún después de partir los besadores.

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