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Arturo Guerra LC
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15 Noviembre 2015 03:00:56
Cada cual dé lo que su corazón le diga
De la carta segunda de san Pablo a los corintios, 9

Al invitar san Pablo a los corintios a ayudar materialmente a otra comunidad cristiana les dijo: “cada cual dé lo que su corazón le diga”. Tal vez alguno pensará en este momento: “¡ya!, seguro que este escrito es para pedir dinero”.

No. La idea es reflexionar sobre la generosidad. Porque generosidad no es sólo dar limosna.

Y es que la generosidad tiene que ver con todo: con nuestros pensamientos, palabras y acciones; con nuestras responsabilidades y nuestro uso del tiempo; con el manejo de nuestras cualidades, nuestros conocimientos, nuestra experiencia y nuestras posesiones; con lo que hacemos en la casa, en la calle, en el trabajo y con los amigos. En todo tiempo y lugar podemos ser generosos o no serlo.



Es cierto que no somos máquinas incansables y programadas indefectiblemente a la producción y ejecución de actos generosos. No. Somos personas de carne y hueso, limitadas en el tiempo, en las fuerzas, en la salud, en el humor y en tantas otras cosas, y con un problema ínsito que llamamos egoísmo que anda siempre al acecho para paralizarnos a la hora de ser generosos en algo con alguien.

Pero todos estos límites no nos impiden ser generosos. Todos conocemos a personas generosas y nos admiramos de su capacidad de dar. A veces nos da la impresión de que son seres de otro planeta y que nunca se cansan. Pero la verdad es que son tan de carne y hueso como nosotros, llevan la misma lucha contra el egoísmo y sí se cansan. La única diferencia es que ellos se han puesto en el camino de la generosidad y llevan algo de vuelo en esto de escuchar lo que su corazón les dice.

¡Qué importante es poner oreja en nuestro corazón!: detectar esas invitaciones del corazón a ser generosos, a ceder, a perdonar, a dar tal paso, a adelantarse, a ayudar, a salir de nosotros mismos. El corazón nos lo irá diciendo porque detrás del corazón está Dios, quien con voz suave y cariñosa nos va invitando a dar pasos en la generosidad.

Es cierto que podríamos domar nuestro corazón para que nos diga lo que queremos oír: “está claro que no puedo ayudar a nadie”, “está claro que tal persona no se merece que le ayuden”, “está claro que tengo cosas más importantes que ponerme a ayudar a tal persona”, “está claro que esto lo debe hacer el gobierno”. Pero ahí no hay diálogo sino un monólogo donde le imponemos a nuestro corazón qué es lo que debe decirnos.

Oigamos nuestro corazón con oídos nuevos, abiertos, disponibles, ansiosos de aprender a ser generosos. La oración scout pudiera ayudarnos: “Señor Jesús, enséñanos a ser generosos, a servirte como lo mereces, a dar sin medida, a combatir sin preocuparnos de las heridas, a trabajar sin buscar descanso, a darnos sin esperar otra recompensa que la de saber que hacemos tu voluntad”.
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