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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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16 Diciembre 2017 04:00:00
Cadaverina
El bosque de Nemi, mis valedores. Tal es la leyenda que asienta J.G. Frazer en La rama dorada tocante al rito ancestral de la fertilidad. El protagonista es un cierto monarca cuyo

ineludible destino habrá de cumplimentarse cuando tenga que enfrentarse al sucesor, más joven y vigoroso (en cuanto a fama pública, señor Peña), que lo habrá de vencer en la lucha y terminará por asesinarlo para hacer suyo el trono.

Lóbrego rito, leyenda siniestra, El bosque de Nemi constituye la metáfora viva, mortecina metáfora, de esa exhibición de temor y temblor que comienza a atacar a estas horas al desacreditado monarca del bosque de pinos. (Obsérvenlo ustedes cómo en silencio solicita auxilio, suplica e implora abriendo sus dos brazos. Patético.)

Es ese un monarca que se advierte trémulo, empavorecido, desgastado en tantos sentidos, que percibe su muerte inminente, inevitable, a manos del sucesor, sin poder evitar su destino, así se la viva a fruncimientos y pataleos, a trucos y mañas y maniobras de baja ley. Nada de nada le va a valer, que el del bosque de pinos está condenado a muerte. Irremisiblemente. Mis valedores:

Por si el personaje de la leyenda cuadrase al que se advierte agonizando de pavor, muerto en vida, va aquí la leyenda de El bosque de Nemi:

“En la Antigüedad este paisaje selvático fue el escenario de una tragedia extraña. En una orilla del lago, debajo de un precipicio, estaba situado un bosquecillo sagrado, y en él cierto árbol que todo el día y probablemente hasta altas horas de la noche rondaba una figura siniestra que en la mano blandía una espada desnuda y vigilaba cautelosamente en torno, cual si esperase a cada instante ser atacado por un enemigo.

El vigilante era rey y homicida a la vez; tarde o temprano habría de llegar quien le matase para reemplazarle. Tal era la regla: el puesto sólo podía ocuparse matando al rey y substituyéndole en su lugar hasta ser a su vez muerto por otro más fuerte o más hábil. El oficio mantenido tan a lo precario le confería el título de rey, pero seguramente ningún monarca descansó peor que este ni fue visitado por pesadillas más atroces. Año tras año, en verano o en invierno, con buen o mal tiempo, había de mantener su guardia solitaria, y siempre que se rindiera con inquietud al sueño lo haría con riesgo de su vida. La menor relajación de su vigilancia, el más pequeño abatimiento de sus fuerzas o de su destreza le ponían en peligro. Las primeras canas sellarían su sentencia de muerte.

Su figura ensombrecería el hermoso paisaje. El ensueño azul de los cielos, el claroscuro de los bosques veraniegos y el rielar de las aguas del lago al sol, concordarían mal con aquella figura torva y siniestra...

Mejor aún nos imaginamos este cuadro como lo podría haber visto un caminante retrasado en una de esas lúgubres noches otoñales en que las hojas caen incesantemente y el viento parece cantar un responso al año que muere. Es una escena sombría con música melancólica: en el fondo la silueta del bosque negro recortada contra un cielo tormentoso, el viento silbando entre las ramas, el crujido de las hojas secas bajo el pie, y yendo y viniendo, ya en el crepúsculo, ya en la oscuridad, la figura oscura, insomne, la espada desnuda en la diestra”. Mis valedores:

¿Quién irá a ser el predestinado que venga a expulsarlo de su escondite en Los Pinos? ¿”Mid” el tecnócrata? (RIP).
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