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Dalia Reyes
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02 Agosto 2018 04:00:00
Caliente prisión
Planchar es pernicioso para la autoestima de la mujer, prueba de ello es la existencia de prendas “wash and ware” y “wash and wear”. También son argumentos la existencia de hippies felices, las telas corrugadas, el look súper causal de las artistas cuando vuelven del gimnasio. En fin ¿qué nos falta para convencer al mundo de lo innecesario de llevar la ropa al burro?

Por algún motivo, el asunto de la planchada trueca en conflicto desde los primeros meses de matrimonio. Eso de amontonar ropa para procesarla, caloríficamente hablando, en nada se parece a sólo encargarse del atuendo personal cuando solteras. Luego viene el tema de la rayita. No, voluptuosos mal pensados, refiero a la de los pantalones masculinos. Es muy difícil atinar el punto exacto, la dimensión y el doblez donde debe de ir y justo en el sitio donde la suegra solía dejarla… o no ir, como en algunas mezclillas. ¿Qué necesidad de agregar estrés a la pareja cuando ya es bastante el ajetreo diario del trabajo y otros menesteres cotidianos como para pelear por la ropa mal planchada?

Y miren, luego de la lancha viene Pancha, la señora que aparece cuando le viene en gana. Aparece a medio día y resuella la asoleada; luego espera un poco a calentarse y entonces empieza cuando ya se le llegó la hora de ir a hacer de comer para su viejo. Así, las dos docenas de ropa implican toda una semana de suicidio.

Bueno, pues no es todo. Además de la planchada ¡hay que doblar la ropa! Otra por aparte, diría don Cornelio. Eso de acomodar las camisas, sin que resulten más arrugadas que antes, tiene su chiste porque es casi imposible lograr que las camisas queden del mismo ancho y largo; tratar de colgarlo todo en ganchos, nos lleva al principio de la misión porque quedarán tan hacinadas que estarán más rugosas que nuestro ceño al final del día.

Aludo a la evolución del hombre, y de la mujer, para alcanzar un avance suficiente como para dejar en el pasado la planchada como muestra de esclavismo y brutalidad salvaje, fósil de nuestro mítico pasado.

Una amiga mía estudió con ciertas hermanas de religiosa congregación antes de casarse. Todo a fin de conformarse como la mujer perfecta para llevar la casa. Llevaron un curso completo de lavado y planchado; aprendió a doblar hasta los calcetines y, escuchen esto: Era capaz de hacer caber las camisas en las bolsas donde venían cuando nuevas. Doy fe de que ahora vive en plenitud y felizmente casada y sé de cierto que su ropa no se plancha en casa.

¿Lo ven? Plancha y felicidad nunca se llevarán bien.

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