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Cristina Orozco
Cristina Orozco
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28 Octubre 2017 04:08:00
Calverita abortada
En la infancia, lo relativo a la muerte despierta una contagiosa curiosidad. De niños jugamos al muerto; frotamos una bola de cristal a la luz de una vela e invocamos a los espíritus; nos fascinan los videntes y chamanes; aguantamos, temblando de miedo, las películas que nos torturan por lo tenebroso de los escenarios, con fantasmas, zombis y fenómenos sobrenaturales; las novelas y anécdotas escalofriantes de personas que mueren y reviven nos resultan intrigantes.

Las instituciones religiosas guían el pensamiento de sus seguidores hacia lo que van a vivir al morir; la filosofía propone teorías indigeribles y, finalmente, al cabo del tiempo, abandonamos esa búsqueda para adentrarnos a otras más útiles y tangibles.

Hubo un tiempo en que se tuvo la certeza de que el espíritu muerto continuaba “vivito y coleando” y que los cuerpos de delincuentes no sepultados eran devorados por animales salvajes, al tiempo, sus ánimas maléficas retornaban con talante de venganza contra sus enemigos, por lo cual hubo que idear modos para enterrar a los muertos. Algunos cadáveres los sepultaban bajo piedras, otros los metían en cuevas, luego crearon rituales mortuorios e incluyeron la comunicación oral y escrita. Así, con imágenes y signos se representó el sentimiento de la mortalidad utilizando un lenguaje fúnebre.

El lenguaje evolucionó. Pasó de jeroglíficos en tumbas, a discursos y epitafios póstumos. La Iglesia católica estableció frases para el “arte de morir” y, a partir del invento de la imprenta, se popularizaron los avisos fúnebres, las crónicas de exequias, las coplas y los poemas mortuorios.

El tema de la muerte y de su lenguaje es amplio. Para la mayoría de las culturas la palabra “muerte” tiene una connotación maldita, temeraria y de mala suerte, su arribo se habla con otro lenguaje como: el último viaje, la elevación, el descanso eterno, la liberación o, como dijo Nietzsche, el “eterno retorno”.

Pero a los mexicanos se nos reconoce el trato juguetón que le damos llamándola: la Catrina, la Flaca, la Calaca, la Pelona, la Huesuda o la Tilica, entre otros apelativos.

Grandes escritores, como Xavier Villaurrutia, José Gorostiza y Octavio Paz, escribieron, magistralmente, sobre la muerte, pero al que le debemos el carácter festivo mexicano del Día de Muertos es a José Guadalupe Posada, un ilustrador y caricaturista mexicano que le dio vida inmortal a la calavera garbancera, mejor conocida como la Catrina, la imagen se acompañó de versos picarescos de expresión pública, de sátira y de crítica ante los errores y las incongruencias de la época en los periódicos de combate. Retrato de la hipocresía social y política.

Hacer calaveritas se volvió una tradición mexicana. En estas épocas se promueven los concursos y la difusión de calaveras.

Si la Parca está indignada
con dos ruines magistrados,
se los digo no es por nada,
pues la Ley han quebrantado.
Las demandas de la gente
eran justas y puntuales,
mas tomaron la tangente
estos jueces informales
Qué mal hacen su trabajo,
magistrados de a tostón.
Se los llevará el carajo
derechito hasta el panteón.
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