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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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16 Abril 2017 04:01:00
Cambiar de caras
A pesar del laicismo imperante, la Semana Santa conserva la capacidad de romper la rutina, ya sea de una o de otra manera. Hay a quienes lo que las señoras de antes llamaban “días de guardar” les aviva la religiosidad. Los más prefieren revivir el nomadismo de nuestros ancestros. Las esperadas vacaciones les inyectan el deseo incontenible de viajar, de cambiar de caras, como decía un viejo ganadero. Cuando las caras de todos los días le resultaban insoportables, se trepaba a la camioneta y conducía a Monterrey o a Sabinas.

“¿A qué fue a Monterrey, don Pedro?” “Nada más a cambiar de caras”. “¿Y sí cambió?” “Sí. Hubieras visto con cuántas caras desconocidas me topé”.

La mayoría prefiere el mar. Los más refinados optan por las ciudades coloniales. Quienes van en busca del mar encuentran playas abarrotadas, restaurantes con precios alterados y meseros que parecen andar drogados, pues siempre se equivocan de platillo o de plano ignoran a la clientela.

Mis magras experiencias de Semana Santa en la playa se reducen a una. En la época de estudiante en la Ciudad de México, un compañero y el que esto escribe se fueron a Acapulco de mochilazo. Al regreso, los amigos preguntaban: “¿Qué tal estaba el mar?”. Por conservar el prestigio, uno respondía que maravilloso, aunque la verdad era que la única agua que había mojado su cuerpo en la atiborrada playa había sido obra de un maldito mocoso a quien se le ocurrió orinar en mi pie izquierdo.

Otras familias, quizá por deseos de disfrutar de la naturaleza, o bien a causa de lo exiguo de las finanzas, se van a un rancho. Vacaciones que antaño –no sé ahora– podían calificarse de cualquier cosa, menos de cómodas. Pero, a cambio de las incomodidades permitían ampliar nuestro conocimiento sobre la ya de por sí extensa familia. Se topaba uno con primos de los que se ignoraba su existencia. Los residentes en grandes ciudades se asombraban de todo y creían ver serpientes en cuanto matorral se les atravesaba. Uno, menos urbano, o mejor dicho, todavía medio silvestre, adquiría ante ellos aires de avezado sherpa nepalí al guiarlos por el peligroso camino que comunica La Siberia con Mesa de las Tablas.

En el rancho, no faltaba la inédita tía –tía quién sabe por cuál rama del frondoso y retorcido árbol genealógico– que para orientarse preguntaba: “Y tú, ¿de quién eres?” Sin embargo, debo reconocerlo, las tías de la rama materna eran, además de querendonas, muy alegres. Por la noche, a la menor provocación empezaban a cantar aquello de “Hace un año que yo tuve una ilusión…”.

No sé si para aclarar la garganta, entonarse o por puro gusto, le daban sus llegues a la botella de brandy, ingestiones alcohólicas que llamaban eufemísticamente “alientos”. Una de ellas, Dios la tenga en su Santo Reino, se alentaba con una frecuencia imprudente; inmoderada, podríamos decir, y acababa llorando.

Hoy, aunque seguramente hay familias que van al rancho, la industria turística es avasallante. Yo no sé si por culpa de Sevilla o de Iztapalapa, antiguas manifestaciones religiosas abandonaron su contenido espiritual. Ahora procesiones y los viacrucis son también atractivos turísticos, y si antes eran únicamente los sacerdotes quienes se encargaban de alentar a los fieles a participar en ellas, actualmente se ocupan de esto las agencias gubernamentales.   

En fin, ya fuera en la playa en una ciudad colonial, en el rancho o viendo marchar a gente con capirote y una vela en la mano, espero que la Semana Santa le haya sido grata y servido para cambiar de caras. Cualquiera de esas formas de pasar la semana es preferible, créamelo, a escribir una columna sin pies ni cabeza.
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