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Sergio Sarmiento
Sergio Sarmiento
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Empezó su carrera profesional en la revista Siempre! a los 17 años, cuando era todavía estudiante de preparatoria. Obtuvo la licenciatura en filosofía con honores de la Universidad York de Toronto, Canadá. A los 22 años entró a trabajar como redactor en Encyclopaedia Británica Publishers, Inc. y dos años más tarde fue nombrado director editorial de las obras en español de la empresa.

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13 Enero 2017 04:00:00
Cara de what
Un diplomático mexicano que lleva muchos años fuera de nuestro país me comentaba hace algunos días que no entendía por qué el Gobierno de México está gastando tanto dinero en comprar tiempos de radio y televisión para anuncios que son además muy malos. No es el primero que me hace un comentario similar. Una de las primeras cosas que sorprenden a cualquier visitante a nuestro país es la enorme cantidad de tiempo de medios que se utiliza para difundir propaganda política, tanto del Gobierno y los organismos autónomos como de los partidos políticos.

También sorprende lo absurdo o lo ineficaz de los mensajes. Desperdiciar valiosos tiempos de medios para que los diputados nos digan que protegen a los migrantes, para que los senadores presuman que legislan para el futuro, para que los partidos políticos afirmen que están en contra de la corrupción o para que el Gobierno federal señale que “Lo bueno casi no se cuenta, pero cuenta mucho” sólo nos muestra que esos espacios no les cuestan a los políticos.

El diplomático se sorprendió cuando le dije que esos tiempos no son comprados, sino que han sido confiscados a los medios de comunicación. Este es un impuesto especial que sólo se cobra a la televisión abierta y a la radio, pero no a los canales que se difunden en sistemas de paga y que a menudo son extranjeros. Incluso las radiodifusoras en la frontera que difunden programación en inglés y compiten en el mercado del sur de los Estados Unidos tienen que transmitir esa propaganda que deja a los radioescuchas con “cara de what” (aclaración de interés: yo tengo programas en televisión abierta y en radio).

El Gobierno tiene a su disposición una enorme cantidad de tiempo de radio y televisión, pero simplemente no está logrando comunicar sus mensajes. Esta incapacidad se nota hoy en la falta de éxito para explicar el gasolinazo. En buena medida la baja aprobación del presidente Enrique Peña Nieto es producto de las fallas en su política de comunicación.

Es verdad que vivimos en tiempos de una gran desconfianza, de un rechazo a todas las instituciones gubernamentales. El problema no se registra nada más en México. Por eso vimos el voto a favor del Brexit en el Reino Unido o el triunfo de Donald Trump en la Unión Americana. Por eso Marine Le Pen del Frente Nacional puede triunfar en las elecciones de Francia de este 2017. Hay un rechazo generalizado a todo lo que represente el sistema político establecido.

Las formas de la comunicación han cambiado, pero en Los Pinos no se han dado por enterados. Los discursos del Presidente, que todas las emisoras de radio y televisión difunden cotidianamente, no comunican sino saturan e irritan, como lo hace la avalancha de propaganda en los tiempos oficiales.

Cuando la clase política confiscó estos tiempos en 2007, lo hizo con la idea de que le permitirían presentar sus puntos de vista directamente a los ciudadanos, “sin pasar por periodistas perversos con una agenda personal”. Esta opción de comunicar directamente lo bueno al público mejoraría la vapuleada imagen de los políticos y aumentaría la gobernabilidad del país.

Lo que ha ocurrido, sin embargo, es exactamente lo contrario. En estos tiempos de las redes sociales la imagen de los políticos está cada vez más deteriorada. Y la avalancha de propaganda oficial no ha servido más que para agravar la desconfianza.

Otra comunicación

Donald Trump ha logrado tener un impacto enorme por su manejo de redes sociales y en especial de Twitter. Su estilo me recuerda la forma irrespetuosa en que Vicente Fox llevó la comunicación durante su campaña presidencial en 2000 o la del “Bronco” en Nuevo León en 2015. Puede uno cuestionar el estilo, pero no hay duda de que resulta eficaz.
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