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Blanca Esthela Treviño de Jáuregui
Blanca Esthela Treviño de Jáuregui
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Blanca Esthela Treviño de Jáuregui, esposa, madre y abuela, proyecta a la mujer como formadora de valores, forjadora del carácter de los hijos y eje de la vida familiar. Su principal aportación como escritora es salvaguardar el bien común en todos los sentidos posibles a través del planteamiento de lo que es realmente femenino: el mejorar a la sociedad desde una perspectiva práctica, inteligente y comprometida con la tarea de revolucionar al mundo desde el interior de la institución familiar. Oriunda de Piedras Negras, siempre ha vivido en ésta ciudad. Correo Electrónico: [email protected]

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18 Marzo 2018 04:00:00
Carta a las Mujeres
En 1995, el Papa Juan Pablo II escribió una Carta a las Mujeres con motivo de la celebración de la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer que tuvo lugar en Pekín, en la cual expresó su gratitud a la ONU, promotora de tan importante iniciativa.

El mensaje hace hincapié en la realidad y en los problemas de las mujeres en su conjunto, y reconoce los enormes condicionamientos que en todo lugar y en todos los tiempos de la historia han hecho difícil el camino de la mujer: despreciada en su dignidad, olvidada en sus prerrogativas, marginada frecuentemente e incluso, reducida a esclavitud. La fuerza de las sedimentaciones culturales a lo largo de los siglos ha plasmado mentalidades e instituciones que repercuten en la desvalorización de la mujer como persona.

Recorriendo la vía dolorosa hacia el Gólgota, Jesús de Nazaret dice a las mujeres: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí.” Este modo de hablar sobre las mujeres (llamándolas Hijas de Jerusalén) implica personas, ciudadanas, en una época en que la mujer no era reconocida como tal. La forma de hablarles a las mujeres y el modo de tratarlas constituye una clara novedad respecto a las costumbres dominantes de entonces: los israelitas no hablaban a las mujeres en público.

El abierto reconocimiento de la dignidad personal de la mujer constituye el primer paso para promover su plena participación tanto en la vida social como en la vida pública y profesional. Si es éste un deber de todos en la Iglesia y en la sociedad, lo es de modo particular de las mujeres mismas, las cuales deben sentirse comprometidas como protagonistas en primera línea.

Todavía queda mucho en el mundo por hacer para destruir aquella injusta y demoledora mentalidad que aún considera al ser humano como una cosa, como un objeto de compraventa, como un instrumento de placer; tanto más cuanto la mujer misma es precisamente la primera víctima de tal mentalidad.

La pregunta tan aguda acerca del espacio que la mujer puede y debe ocupar en la sociedad es cada día más insistente. Los recursos personales de la femineidad no son ciertamente menores que los recursos de la masculinidad; son sólo diferentes. En la última época —frente a las más variadas formas de discriminación y de marginación a las que está sometida la mujer por el simple hecho de ser mujer— los Papas católicos han afirmado repetidamente y con fuerza, “la urgencia de defender y promover la dignidad personal de la mujer y, por tanto, su igualdad con el varón”. (Juan Pablo II, Familiaris consortio, 24)

Las Iglesias, todas, deben oponerse firmemente con acciones específicas, enérgicas e incisivas a las diversas formas de discriminación y de abuso de la mujer. Su dignidad, gravemente vulnerada en la opinión pública por la desmedida importancia que los medios de comunicación dan a la exposición de su aspecto físico en prensa, televisión y cine, particularmente a su cuerpo desnudo, contribuye a promover un modelo de mujer sensual sin cerebro, en detrimento de la promoción de otras cualidades y talentos que serían de enorme beneficio a la sociedad. (Ej. Fotos en redes: Las 5 de Yolanda, Las 5 de Lucero …)

El mundo clama por una “humanización” de las relaciones humanas. La condición para asegurar la justa presencia de la mujer en la sociedad es la de promover la conciencia de que la mujer, con sus dones y cualidades propias, tiene la específica y urgente tarea de aportar la visión femenina a los diferentes campos del saber, la cual exige una mayor participación suya: nutrir con valores humanos a la sociedad que en estos momentos de la historia tiene hambre de compasión, responsabilidad y ternura.

En la celebración del Día Internacional de la Mujer se acostumbra hacer un reconocimiento a aquellas mujeres que se han separado de la cultura de la época para incursionar en tareas conectadas a la ciencia, a las diferentes profesiones; y a todas aquellas mujeres que en silencio nutren sus comunidades con su talento y entusiasmo para ampliar la conciencia universal del valor humano.

En el rostro de la mujer es posible reflejar la belleza que es espejo de los más elevados sentimientos: La ofrenda total del amor a la familia, la fuerza que sabe resistir a los más grandes dolores, la fidelidad ilimitada, la laboriosidad infatigable, la capacidad de conjugar la intuición penetrante con la palabra de apoyo y de estímulo.

El desenterrar los valores esenciales y las cualidades eternas, el compartir con los demás creatividad, intuición e inteligencia, puede influir poderosamente en que surja un mundo nuevo a partir de una semilla nueva. Un mundo inédito, pacífico y armonioso.

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