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06 Julio 2014 05:55:46
Causas y azares: Sobre el origen de las monedas
Por Armando Sánchez Pérez.- La existencia de la moneda surge con la necesidad del intercambio regulado de bienes; esto es, el comercio. En la prehistoria, los hombres obtenían sus satisfactores mediante la caza, la pesca y la recolección de productos silvestres; difícilmente generaban excedentes, así que el comercio, además de innecesario, resultaba imposible.

Antes de las monedas
El desarrollo de la agricultura y de la ganadería trajo consigo ciertos avances culturales sustanciales; entre ellos, que resultó más fácil a las comunidades hacerse de los satisfactores indispensables y aun generar excedentes. Así, las formas más antiguas de comercio consistieron en el trueque de estos últimos: un arma de caza por vegetales, pescados por pieles, cereales por lana, etcétera.

Sin embargo, el artesano que producía cerámica y necesitaba pan, debía encontrar a un panadero que tuviera necesidad de adquirir cacharros; de no encontrarlo, tendría que canjear sus productos con alguien que ofreciera otros que fueran del interés del panadero. Para la solución de estos problemas, se buscaron los llamados bienes o productos de referencia, cuyos valores de intercambio eran aceptados por la mayoría.

Sorprende la diversidad de cosas que funcionaron como tal: conchas marinas, granos de cacao, plumas exóticas como las del quetzal y de otras aves, tabaco y té; incluso, la palabra salario deriva del hecho de que en la Roma imperial se pagaba a los trabajadores y soldados con sal, dada su relativa escasez y su utilidad en la conservación de alimentos.

La era del metal
Sin embargo, los bienes de referencia tenían varios inconvenientes, ya que muchas veces su traslado, su cuidado y su almacenamiento eran trabajosos; además, surgió la necesidad de contar con otros productos susceptibles de ser fragmentados, para el caso de intercambios menores, cotidianos, de menor valor. Fue entonces cuando se crearon las monedas. Muchos estudiosos coinciden en que fue en el reino de Lidia –hoy Turquía– donde se acuñaron las primeras monedas, alrededor del siglo 7 a.C., y hay quienes atribuyen tal invención a Creso, último rey de Lidia, de quien se decía que era el hombre más rico de su tiempo.

Por otra parte, Antonio Beltrán –catedrático de Numismática en la Universidad de Zaragoza– sostiene que fueron los jonios los que, hacia el siglo 7, empezaron a fabricar monedas. Las evidentes ventajas de contar con un sistema monetario determinaron su rápida adopción por Tracia, Grecia, Macedonia y, merced a las conquistas de Alejandro, hasta por la India.
Pronto los lingotes de metales nobles demostraron su utilidad como medios flexibles de intercambio: su relativa escasez, su incorruptibilidad –pues a comparación del hierro, la plata y el oro, éstos no se oxidan– y su fácil transportación eran una gran ventaja. Además, eran susceptibles de fragmentación y resultaba fácil determinar su peso.

El siguiente paso lógico se dio con la «invención» de la moneda, que tenía las mismas ventajas y otras más: la uniformidad de su peso, la confiabilidad de su valor –determinado por las marcas de su emisor– y la diversidad de su denominación. Además, eran más manejables y más fácilmente transportables que los lingotes. Durante la expansión y el apogeo del Imperio Romano, la adopción de su complejo sistema monetario unificado sentó las bases de los sistemas posteriores.
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