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Ricardo Alemán
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02 Abril 2018 04:00:00
¡‘Chaqueteros sin pudor’!
El más reciente –que no el último–, se llama Jorge Castañeda. Y es que repentinamente, de la noche a la mañana, el excanciller mudó de bando político sin pudor alguno.

Y de severo crítico de Ricardo Anaya –a quien no sólo “pendejeó” sino dijo que era incompetente–, se convirtió en jefe de estrategia del queretano.

¿Cómo es posible que un reputado intelectual, un exservidor público riguroso, analista “chabacano” y político de café, como Castañeda, cambie de bando, de preferido, aliado y hasta de elogiado, de la noche a la mañana, sin más explicación que “me convenció” en una sentada.

El fenómeno, el milagro y hasta el mérito de esa mudanza repentina y convenenciera se llama –en el lenguaje de Cervantes–, “chaqueterismo” y su práctica viene de lejos.

Pero vale preguntar: ¿A quién o a quiénes se le puede adjudicar el adjetivo “chaquetero”? Según la Real Academia, el “chaquetero” es un “acomodaticio”, “adaptable”, “interesado”, “camaleónico” y “oportunista” que “lo mismo dice una cosa que dice otra”.

En el lenguaje cotidiano un “chaquetero” es lo mismo que la popular “chimoltrufia”. Es decir, aquel ciudadano o político que “como dice una cosa, dice otra”. O si se quiere, es el político que “salta de cama en cama”, de partido en partido y de preferencia política en preferencia partidista.

Pero si acudimos al origen del adjetivo basta recordar que “chaquetero” proviene de la reforma protestante del siglo 16, cuando partidarios de cada ideología o postura religiosa eran identificados por el color de la “chaqueta” que portaban.

Y ay de aquel que traicionara su postura religiosa, porque era motejado como “chaquetero”. Es decir, el que mudaba la chaqueta de origen –cambiaba de bando, de ideología o de partido–, era visto como traidor, o “chaquetero”.

Pero en la rupestre política mexicana –plagada de oportunistas como Castañeda– abundan los “chaqueteros”. En todos los partidos pululan los aprendices de brujos que –de tanto en tanto– cambian de ideología, preferencia electoral y cama política en la que retozan.

Y los hay que son campeones del “chaqueterismo”, como Ricardo Monreal, que lleva cinco títulos partidistas; PRI, PRD, PT, MC y Morena, pero también los que saltan de la farándula y el desnudismo a la política –que son los mismo, para efectos prácticos–, como el stripper Sergio Mayer y hasta se dan casos de “periodistas” que, como Lily Téllez, un día despertó con la buena nueva de que todo lo que había criticado en toda su vida era, en realidad, la salvación de su alma. ¡Milagros de la conversión!

Lo cierto, sin embargo, es que pueden existir “chaqueteros” de chile, de mole o de pozole, pero todos tienen un común denominador: un bien dotado olfato para detectar los cambiantes vientos del dinero y del poder. ¿Y qué tiene que ver el olfato?

Casi nada. ¿Se han preguntado por qué un chaquetero o chaquetera cambia de bando, de partido, o credo religioso, como cambiar de calcetines?

Pueden decir misa, como Castañeda –a quien una sentada bastó para ser convencido por Ricardo Anaya–, o pueden intentar engatusar a los ciudadanos –como si los votantes fueran bebés de pecho–, como pretendió hacerlo el inmoral Germán Martínez, pero lo cierto es que sólo existen dos razones para el “chaqueterismo”: dinero y poder.

Sí, el dinero y el poder son el motor del “chaqueterismo”, esa pareja perversa que va de la mano y que suele derrotar la fragilidad de los principios, valores, lealtades, credos y pertenencia política.

¿De verdad, alguien le puede creer a Jorge Castañeda, a Germán Martínez, a Sergio Mayer, Lily Téllez, a Miguel Barbosa… y a decenas de “chaqueteros”, cuando dicen que su cambio repentino tuvo que ver con esa luz divina que un día iluminó las virtudes de Anaya o del mesías de Tabasco?

Está claro que pocos creen y menos confían. ¿Quién puede creer en los dichos, las promesas, arengas, lealtades, y virtudes políticas para el servicio público, de impresentables como Castañeda, como Germán Martínez, como Miguel Barbosa… y como las decenas de “chaqueteros” que saltan de bando, de ideología, de de credo político, porque su olfato dicta la dirección del poder y el dinero?

El problema es que para la política mexicana de poco o nada sirven las credenciales de honestidad, lealtad y verdad. ¿Por qué?

Porque al morir las ideologías también han muerto los valores y los principios. Hoy, el “chaquetero” de un bando, el que traiciona y engaña, es vitoreado como héroe en el bando contrario. Hoy, el valor supremo, el único motor de la política, es “el poder por el poder”.

El mejor político, el más aplaudido y votado, es el tramposo, el mentiroso y el “chaquetero”. ¿Y la honestidad, la lealtad y la verdad? ¡Que se chinguen!

Al tiempo.
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