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Jorge A. Meléndez
Jorge A. Meléndez
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03 Febrero 2018 04:00:00
Ciberia
“Lo más alarmante es la transformación del ciberespacio en Ciberia, un reino oscuro y sin ley donde actores malévolos actúan libremente para destruir los pilares institucionales de la democracia”.

Apenas un párrafo de un extraordinario editorial en el Wall Street Journal de Niall Ferguson, profesor de Stanford.

El autor del libro La Plaza y La Torre: Las Redes y El Poder, explica cómo la anarquía de la sociedad en red (network, en inglés) provoca que se derrumben las tradicionales jerarquías con las que el mundo ha operado por siglos.

Y la tundra rusa de la era digital es aún más inhóspita que la original.

“Más que convertirse en la utopía de empoderamiento democrático, el ciberespacio ha mutado a una pesadilla de polarización ideológica, extremismo y fake news”, explica Ferguson.

¡Exacto! Aquí lo hemos comentado citando a Evan Williams, cofundador de Twitter: “Hay un ecosistema de medios sostenido por la atención. Punto. Y eso no nos hace más inteligentes, sino que nos idiotiza. Trump es un síntoma”. ¡Ufff! Es el remordimiento de Víctor Frankenstein ante su monstruo (relea Clicks Que Idiotizan).

El problema es que las jerarquías –con tooodos sus defectos– tienen una razón de existir: proveer el orden necesario para evitar el caos. “Por alguna razón los ejércitos tienen un comandante y las orquestas un conductor”, argumenta Ferguson.

El profesor de Stanford explica cómo el primer experimento histórico en el que las redes dominaron al mundo (por tres siglos, tras la invención de la imprenta en 1517) también provocó polarización, conflictos y guerras que finalmente terminaron con una reimposición de jerarquías dictada por las cinco naciones que vencieron a Napoleón.

Doscientos años después enfrentamos un dilema similar, según el profesor.

“El internet ha recreado el estado descrito por el filósofo inglés Thomas Hobbes: brotes de guerra de todos contra todos donde la vida es horrible, brutal y corta (¡como un tuit de Trump!)”, explica citando a Henry Kissinger.

Lo más irónico es que la supuesta democratización que traen las redes pudiera ser un espejismo, pues a fin de cuentas dominan cuatro gigantes: Amazon, Netflix, Google y Facebook.

Detengámonos en este último: 2 mil 100 millones de usuarios, 40% de la población entre 15 y 65 años. Facebook es la red de redes. y por mucho.

“Siento una tremenda culpa. Creamos herramientas que están destrozando el tejido social. Si alimentas a la bestia, te destruirá”, explica Chamath Palihapitiya en una excepcional charla en Stanford (véala en nuestros sitios, imprescindible).

Este inversionista sabe de lo que habla: fue unos de los primeros empleados de Facebook y por ende es un multimillonario. Otro intranquilo Victor Frankenstein. Con un lenguaje florido, Palihapitiya va directo al grano:

* No es un problema de anuncios rusos, es una crisis global.

* Las redes sociales erosionan los cimientos del comportamiento y las relaciones interpersonales.

* Actores de cuarta usan a las redes para manipular a enormes cantidades de personas para que hagan lo que quieren.

* Filtramos nuestras vidas con sentimientos percibidos de perfección por una recompensa de likes o corazoncitos. Para obtener una popularidad falsa que levanta el ánimo en el corto plazo, pero que luego te deja vacío.

* Todo esto multiplicado por 2 mil millones de personas. No te das cuenta, pero te están programando.

¿La solución? Limitar su uso. “Yo no utilizo estas chingaderas. Mis hijos no usan estas chingaderas”. Así lo dice tal cual. Sus palabras.

El inversionista sugiere a los estudiantes de MBA de Stanford: “consigan (mucho) dinero y no se corrompan en el camino”. Argumenta que para contrarrestar a las fuerzas que usan las redes para el mal se requerirá poder y dinero. “Sin (mucho) capital, tu punto de vista es irrelevante”, concluye.

Creo que las redes sociales habilitan conversaciones (y manipulaciones) masivas donde el mínimo común denominador muchas veces es la estupidez ingenua del que poco sabe.

Algo muy democrático, pero también muuuy preocupante. A fin de cuentas, ¿de qué sirve tanta acalorada opinión en la tundra de Ciberia?

EN POCAS PALABRAS.

“La tecnología es un buen sirviente, pero un amo peligroso”

Christian Lous Lange, historiador noruego
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