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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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30 Septiembre 2018 04:00:00
Cincuentenario del 68
A medio siglo de distancia, el movimiento estudiantil de 1968 ha vuelto otra vez a la mesa de discusiones. En foros, entrevistas, nuevas publicaciones y hasta una suerte de telenovela producida por el canal de televisión de la Universidad Nacional Autónoma de México, se le recuerda y examina en un afán de localizar los efectos posteriores de aquel brote de rebeldía juvenil.

Para algunos, lo ocurrido ese año infausto constituyó un parteaguas en la historia de México. Los muchachos universitarios, aseguran algunos, escribieron las primeras líneas de la democratización del país. Su enfrentamiento al autoritarismo gubernamental empezó a despejar los cauces al libre fluir de la disidencia, obligando a la clase gobernante a practicar una destreza que hasta entonces le era ajena: dialogar.

Sin embargo, el sano ejercicio democrático del diálogo se olvidó de nuevo tres años después. El 10 de junio de 1971, Jueves de Corpus, un grupo paramilitar bautizado como Halcones organizó una nueva matanza de estudiantes en las calles de la Ciudad de México. En ese momento, Luis Echeverría Álvarez era presidente. El mismo que, durante su campaña preelectoral, en la Universidad Nicolita de Morelia guardó un minuto de silencio en memoria de los caídos en Tlatelolco.

Y es que sin restar valor al desafío estudiantil al gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, ni dejar de reprobar la forma brutal en que este respondió el 2 de octubre, creo necesario contextualizar los acontecimientos para comprender mejor el ya cincuentenario fenómeno.

Basta recordar que el movimiento estudiantil del 68 no fue, de ninguna manera, un hecho aislado de generación espontánea. Existieron antecedentes del enfrentamiento al poder por diversos sectores insatisfechos, varios de ellos acallados mediante una feroz represión.

En el sexenio anterior (López Mateos, presidente, Díaz Ordaz, secretario de Gobernación) el Gobierno usó la mano dura al reprimir manifestaciones de inconformidad. En la Semana Santa de 1959, los ferrocarrileros estallaron una huelga. No fueron lejos por la respuesta. En un operativo que cubrió todo el país, policías y militares detuvieron a cientos de huelguistas. Los principales líderes, Demetrio Vallejo, entre ellos, pasaron muchos años en la cárcel.

También el Movimiento Revolucionario del Magisterio conoció en 1960 la contundencia de la represión, y la misma receta probaron los pilotos aviadores cuyas empresas fueron requisadas. Ya en el gobierno de Díaz Ordaz, el 23 de septiembre de 1965, inspirada por el triunfo de la Revolución Cubana, una guerrilla compuesta por campesinos, estudiantes y profesores intentaron iniciar una revolución comunista atacando el cuartel de Ciudad Madera, Chihuahua. Murieron ocho guerrilleros.

En octubre de 68, Díaz Ordaz solamente aplicó la fórmula que tan buenos resultados le dio en el pasado y logró apagar el movimiento, pero esta vez lo estaba esperando el juicio de la historia.

Tampoco deben olvidarse los cambios que se operaban en todo el mundo occidental. Los jóvenes ahondaban la brecha generacional adoptando novedosos estilos musicales, modas y formas de actuar. La píldora anticonceptiva provocaba una revolución sexual y las muchachas empezaron a lucir las piernas gracias a las satanizadas minifaldas. En París, Berlín y otros muchos países los estudiantes tomaron las calles para protestar. Igual sucedió en México, donde, desgraciadamente, la tozudez del Gobierno convirtió las protestas en tragedia.
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