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Guadalupe Loaeza
Guadalupe Loaeza
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26 Octubre 2017 04:07:00
Ciudad Luz
Seguramente les ha sucedido a muchos que, al llegar a París por primera vez la hacen suya, es decir, la adoptan para siempre, para toda la vida. Así la hice mía. La Ciudad Luz me pertenece, más bien yo le pertenezco, ella, a su vez, me adoptó, soy suya. Por ello cada vez que nos reencontramos es como si fuera una eterna cita de amor acordada desde que tengo 18 años. París es mi amor secreto, se diría que siempre me está esperando en cada una de sus calles, puentes, museos y monumentos. Lo maravilloso con mi París es que nunca envejece, siempre luce impecable con sus avenidas perfectamente bien trazadas, con sus árboles todos alineados y sus terrazas en los cafés, en los cuales tal vez se sentó, hace muchos años, Octavio Paz para terminar de escribir El Laberinto de la Soledad. En uno de esos cafés, precisamente el preferido del poeta, “Deux Magots, es donde siempre he acudido a mis citas de amor con París. Entonces por enésima vez le confieso otra vez mi amor y le digo que siempre le seré fiel, que no hay otra ciudad en el mundo entero que me haga tan feliz.

Así se lo repetí hace apenas unos días. Se lo dije, al oído y muy quedito, mientras tomaba un delicioso chocolate vienés con crema Chantilly. Se lo dije todos los días durante mi estancia. No podía evitarlo, bastaba con que atravesara a pie algunos de sus puentes o “flaner” y pasearme por el “quartier du Marais” y llegar hasta la Place des Vosges, para agradecerle a mi París todo el gusto que me brindaba, a una de sus tantas enamoradas que ha de tener por todo el mundo. Lo digo porque veía a muchos turistas, especialmente japoneses tomándole fotos a la Tour Eiffel, con la misma cara de enamorados.

La verdad es que no me daban celos, porque muchos de ellos eran muy jovencitos, por lo tanto, no hubieran podido tener las mismas vivencias que yo tengo respecto a París. Yo lo conocí de estudiante, de casada, de divorciada, de asalariada por una casa de modas francesa, de reportera, de arrejuntada y ahora, esposa de un médico que entiende perfecto mi viejo amor por la Ciudad Luz. De hecho, cuando viajamos juntos, formamos un maravilloso “ménage à trois”.

Enrique también está enamorado de París. No tanto como yo. Lo mío es un asunto muy personal, se trata de una vieja historia que tiene que ver con mi biografía. La culpable de mi “amour fou” es doña Lola, mi madre.

Ella fue la que me lo inculcó desde que era niña. No había día en que no les hablara a sus hijos de su “Douce France”, canción con la que crecimos. No en balde, antes de conocer París, ya lo amaba. Era “mon amour” platónico, lo imaginaba, lo descubría en algunas películas de la “nouvelle vague” y hasta le cantaba las canciones de Charles Trenet. Por eso cuando la conocí, en 1965, me rendí a sus pies y desde entonces no he dejado de amarla, pero sobre todo, admirarla. Nunca como en este viaje le tomé tantas fotografías con mi celular.

Se las tomaba a todas horas y en todas partes. Caminando, en coche, mientras comía y hasta unos minutos antes de irme a la cama, le tomaba fotos desde la ventana de mi pequeño hotel de la calle de St. Dominique. A tan solo unos metros de distancia aparecía frente a mis ojos la Tour Eiffel, toda iluminada. Este espectáculo correspondía perfectamente como también se conoce a París, La Ciudad Luz.

Dice Nacho Otero, en su página Muy Historia, que respecto al nombre de la Ville Lumière existen tres teorías. La primera corresponde al siglo 17: “(...) franceses de provincias de paso por la capital y visitantes extranjeros, quienes, maravillados por la visión del primer alumbrado público del mundo, difundieron la idea de una ciudad siempre iluminada (...) ante la alta tasa de criminalidad callejera, se ordenó en 1667 colocar lámparas de aceite y antorchas en puertas y ventanas para disuadir a los malhechores”. La segunda explicación tiene que ver con el siglo 18: “En la Revolución de 1789, París se convirtió en la capital mundial de la filosofía, el pensamiento político y la cultura merced a figuras del renombre de Voltaire, Diderot, Rousseau, Montesquieu, etc., (...) Así, se dio en llamar a dicha centuria el Siglo de las Luces...”.

Y la tercera: dice el autor que en 1830 “gracias a la innovación del alumbrado de gas, la magnífica iluminación de las calles y los pasajes comerciales parisinos habría fascinado a los ingleses, que no dudaron en bautizar a la urbe como City of Lights”.

Después de 10 días de recibir la luz de París, llego a México y de pronto me encuentro entre las tinieblas: violencia, corrupción, tráfico, etcétera, etcétera, etcétera.
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