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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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18 Junio 2017 04:01:00
Civilidad
A pesar del sonido y la furia de la contienda, para retomar las palabras de Shakespeare, la temporada postelectoral en Coahuila ha sido de terciopelo, un ejemplo de civismo del que deberíamos enorgullecernos. Si revisamos los antecedentes, es decir, las campañas preelectorales, los feroces ataques, las descalificaciones, las amenazas, las calumnias y demás agresiones verbales parecían el anuncio de una guerra civil.

Sin embargo, después del domingo 4, aunque algunos no reconocen el resultado oficial de la elección, el marcador ha sido hasta ahora –y esperemos que así continúe– digno de un país súper desarrollado, Suiza, por ejemplo: cero lesionados, cero enfrentamientos, cero disturbios, cero riñas, ausencia total de policías antimotines y de gases lacrimógenos.

Evitemos señalamientos y planteemos el asunto como si se tratara de un problema matemático, pues para los fines de esta reflexión los partidos no importan. Digamos que hay un grupo “X” e identifiquemos al otro con la letra “Y”.

Pensemos un poco en cualquier ciudad donde ocurre lo siguiente: 20, 30 o 40 mil personas X, descontentas –bueno, si les parece mejor, indignadas– a causa de los resultados de la votación dados a conocer, marchan por una de sus calles principales hasta llegar a la plaza central. A menos de 300 metros del sitio por el que transcurre la manifestación multitudinaria, otras diez o doce mil personas se juntan para aclamar a quien fue declarado candidato ganador en los comicios.

En otras palabras: los X y los Y se encuentran tan cerca como para alcanzarse los unos a los otros en menos de cinco minutos. Los X que van en la marcha lanzan consignas contra los Y, reunidos para celebrar el triunfo. En la tribuna Y, uno de los oradores descalifica a quienes forman parte de la manifestación de protesta. Los X no se quedan atrás en eso de atacar a los contrarios. Los descontentos o indignados atiborran la plaza. Hay fogosos discursos, acusaciones de fraude y consignas coreadas por la multitud. Y al final, ¿qué pasa? Pues, no pasa nada. Nada.

Igual sucedió en varias ciudades del estado: Torreón, Monclova y Acuña, por citar tres. Y el saldo blanco se mantuvo sin mancha antes, durante y después de la toma simbólica realizada por los Y del edificio que alberga las oficinas de la autoridad encargada de organizar las elecciones.

Terminados los discursos, los miembros de ambos grupos guardaron las banderas que agitaron con entusiasmo y se van a su casa a cenar, eso sí, un poco resentidos de la garganta por tanto grito. Saldo blanco. Ni un golpe, ni un bloqueo, ni un petardo, ni un cristal roto ni un muro pintarrajeado.

Ahora bien, pensemos en cuántas ciudades de nuestro país pueden ocurrir así estas cosas. Los medios masivos de comunicación nos informan continuamente de enfrentamientos, no ya entre miles de personas, sino de grupos minúsculos enfrentados a otros compuestos también por un puñado de individuos, o con la Policía.

Habrá quienes, no es de dudarse, desearían que la controversia se dirimiera de otra manera. Preferirían el estallido de la violencia, claro, a condición de que no les afecte a ellos. En lo personal–perdón por la odiosa primera persona del singular– me siento orgulloso de la civilidad mostrada por mis paisanos coahuilenses, los X y los Y. Están dando una lección.
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