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Sergio Sarmiento
Sergio Sarmiento
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Empezó su carrera profesional en la revista Siempre! a los 17 años, cuando era todavía estudiante de preparatoria. Obtuvo la licenciatura en filosofía con honores de la Universidad York de Toronto, Canadá. A los 22 años entró a trabajar como redactor en Encyclopaedia Británica Publishers, Inc. y dos años más tarde fue nombrado director editorial de las obras en español de la empresa.

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22 Diciembre 2016 04:00:00
Cohetes y muerte
Uno podría pensar que cuando la Virgen de Guadalupe hizo su aparición en el cerro del Tepeyac en diciembre de 1531 le dijo a Juan Diego: “Juanito, hijo mío, el más pequeño de mis hijos. Quiero mucho y deseo vivamente que en este lugar me levanten mi templo. Y quiero también que me festejen siempre tronando cohetes que hagan mucho ruido y llenen de humo el aire y quemen a los niños y maten a la gente”.

No sólo la Virgen habría querido cohetones y petardos para su culto, también san Judas Tadeo y una amplia colección de otros miembros del santoral católico. Parecería que las fiestas patronales de todo el país necesitan cohetes para mantener viva la fe de los creyentes.

¿Por qué es necesario hacer estallar cohetes para rendir culto a una figura sagrada? Algunos dicen que es parte de los usos y costumbres de los pueblos indígenas de nuestro país, pero la verdad es que no había pólvora en México antes de la llegada de los españoles. No hay que echarles la culpa a los aztecas.

La costumbre de usar cohetes sí era común en México en el siglo 19. La marquesa Calderón de la Barca, Frances Ers-kine Inglis, quien ofreció crónicas sobre la vida en México entre 1839 y 1842, cuando vivió aquí, señalaba que una de las actividades favoritas de los mexicanos era “lanzar cohetes”.

El novelista Fernando del Paso le atribuye esta misma observación a un visitante mexicano a la corte de Fernando VII. Cuando el monarca le pregunta qué están haciendo sus compatriotas en ese momento, el visitante siempre responde: “Tronando cohetes.” Del Paso escribe en Memorias del Imperio: “Para los mexicanos, toda fiesta o conmemoración, cualquier pretexto, era ocasión para hacer estallar cohetes y petardos ensordecedores por horas, días enteros, años, sin acabar nunca.”

Esta obsesión con los cohetes tiene un saldo trágico que se repite una y otra vez. Este pasado 20 de diciembre se registró una serie de explosiones en el mercado de San Pablito, en Tultepec, con un saldo de cuando menos 32 muertos y decenas de heridos y desaparecidos. No es la primera vez, sin embargo, que esto sucede. En los últimos 11 años ha habido tres explosiones importantes en ese lugar.

El mercado de San Pablito, el más importante centro productor y distribuidor de pirotecnia en el país, ha sido reconstruido en dos ocasiones con apoyo del erario. Ayer mismo hubo otra explosión en una fábrica de cohetes en Lolotla, Hidalgo, que dejó un muerto y varios heridos. De hecho, se registran en el país con sistemática frecuencia explosiones de materiales de pirotecnia que dejan muertos y heridos. Es verdad que la pirotecnia genera decenas de miles de empleos, pero también muerte, contaminación del aire y ruido.

No hay razón para que los cultos religiosos usen cohetes o fuegos de artificio. La Iglesia católica lo reconoce, pero no se ha atrevido a impulsar una campaña vigorosa para acabar con la costumbre. De nada sirve, por otra parte, que las autoridades prohíban el uso de cohetes cuando ellas mismas los emplean para sus fiestas cívicas.

Por lo pronto, hoy la atención del país y del mundo se ha centrado en Tultepec. Si la experiencia nos dice algo, una vez que termine la remoción de escombros, el Gobierno mismo aportará recursos para reconstruir el mercado de San Pablito. Esto quiere decir que la tragedia de este 20 de diciembre no será la última.

Agua privada

El congreso de Baja California ha aprobado una iniciativa de ley que permitirá la participación de empresas privadas en la operación de los sistemas de agua y alcantarillado en el estado. Es un paso hacia adelante en el esfuerzo por mejorar la distribución y disposición de agua en un estado que sufre una gran presión hídrica.
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