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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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13 Marzo 2017 04:00:00
Colosio y el PRI de hoy
El PRI celebró 88 años de fundado, el 4 de marzo. En vísperas de la efeméride, Fernando del Collado entrevistó a Luis Donaldo Colosio Riojas para el programa Tragaluz de Milenio Televisión. El joven, de 30 años, declaró que si su padre “volviera y viera al PRI de hoy (…) de vergüenza se volvería a morir”. Luis Donaldo Colosio Murrieta, candidato presidencial de ese partido, murió asesinado el 23 de marzo de 1994 en una ratonera de Lomas Taurinas, Tijuana, después de un mitin entre cuyos organizadores participó el coahuilense Jaime Martínez Veloz, entonces delegado de la Sedesol.

En aquel momento, Colosio lidiaba con el desafecto de Carlos Salinas y la presión del también perverso Raúl, quien utilizaba su influencia para tensar aún más la campaña del sonorense. En una entrevista con Carmen Aristegui, el presidente Miguel de la Madrid calificó a los hermanos de corruptos; y al mayor de ellos, Raúl, de haber tenido tratos con el narcotráfico con el consentimiento de Carlos. Dos figuras clave del salinismo, Manlio Fabio Beltrones y Emilio Gamboa, lo son ahora del presidente Peña Nieto. El primero se desempeñó como líder del PRI, hasta el año pasado, y el segundo dirige la bancada de ese partido en el Senado.

Colosio Riojas respondió crípticamente a Del Collado: “una de las pruebas más importantes, y su cadena de custodia (…), fue lo que sembró más dudas dentro de todo este asunto”. En marzo de 1994, Beltrones era gobernador de Sonora y Gamboa secretario de Comunicaciones y Transportes, de la cual dependía la Policía Federal de Caminos. La idea prevaleciente es que Colosio fue abandonado a su suerte por discrepancias con el clan de los Salinas, quienes manejaban la seguridad del candidato y el aparato de justicia.

Peña Nieto encabezó la ceremonia del PRI junto con Beltrones y Gamboa. En su discurso, dibujó el país de las maravillas donde habita y pidió a los mexicanos permanecer fieles a la férula de su partido seis años más, después de terminado su mandato en 2018, para no retroceder. Como si México viviera hoy sus mejores tiempos, cuando la realidad lo refuta cada día. Estamos al borde del abismo por la corrupción, la impunidad, el sobreendeudamiento, la carestía, la inseguridad, la violencia y la falta de liderazgo frente al insolente y paranoico gobierno de Donald Trump.

El discurso de Peña no fue inocente. Desde hoy culpa a las oposiciones de la crisis por venir, como Salinas de Gortari lo hizo con Zedillo tras del “error de diciembre” de 1994 que destruyó la economía. El poder no se entrega, es cierto, pero tampoco puede retenerse contra la voluntad popular. El poder se gana y se pierde con votos, y la tendencia para las elecciones de este año, en Coahuila, Estado de México, Nayarit y Veracruz, pero sobre todo para las presidenciales, anticipa derrotas para el PRI.

Peña borró la “sana distancia” entre Los Pinos y el PRI, establecida por Zedillo, para volver –él sí– al pasado y actuar como cacique de partido y jefe de Estado e imponer su voluntad. Su primo, Alfredo del Mazo, es candidato al Gobierno del Estado de México. La arenga presidencial pudo haber terminado en el auditorio Plutarco Elías Calles, pero, con tal de ganar, puede incitar a excesos en los estados con elecciones este año y en el país en 2018. El Presidente no sólo le ha dado al PRI y a sus gobiernos las armas del presupuesto y de las instituciones para operar como extensiones de su partido, sino también garantía de impunidad. ¿O no la tienen hoy mismo Humberto Moreira, Fidel Herrera, los Duarte, Borge? Sí, la vergüenza mataría a Colosio por segunda vez.
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