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JC Mena Suárez
JC Mena Suárez
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09 Febrero 2017 03:00:00
Comer es un lujo
Hace algún tiempo era costumbre de la mayoría de las personas darse el gusto de ir a comer al menos una vez al restaurante; para otros, algo habitual para comer bien antes de regresar al trabajo y no olvidemos a los cafeteros, que se reunían a diario entre amigos para comentar sus temas de interés… todo eso está acabando.

Hoy tenemos tres puntos de vista para entender qué está pasado: el de los gerentes, el de las vendedoras y el de los clientes.

Un gerente me comentó que ¡comer en restaurantes es un lujo! Que con el aumento de 20% en los precios en enero pasado, dejaría de ser accesible para mucha gente y externó su preocupación ante los costos fijos como la renta, el personal, la luz, el agua y los alimentos, prácticamente todos aumentaron y el margen de ganancia se redujo.

Otro gerente comentó que a ellos les interesan los buenos consumos: no pueden mantener el restaurante vendiendo solamente café -mismo que promedia entre 24 y 27 pesos en diferentes restaurantes-, por ello se veían en la necesidad de presionar a las vendedoras para que convencieran a los clientes de consumir platillos fuertes.

Las vendedoras, como intermediarias entre el restaurante y el cliente, dicen que muchas personas buscan la manera de ahorrar: algunas dividen el platillo entre dos y pagan 60 o 70 pesos cada una. Del mismo modo, dicen que hay personas que llegan a las comidas o a los desayunos económicos para no gastar mucho y ellas reciben presión por parte de sus jefes, quienes las culpan porque el cliente no consumió un platillo fuerte de la carta.

Dicen que los cafeteros son menos y van cada vez menos, al parecer la crisis está pegando tan duro como para que incluso se vean en la necesidad de recortar su gasto diario de un café y propina.

El punto de vista del cliente deja ver lo que hace que dejen de ir, comenzando por los precios: son tan altos que por un caldo de 70 pesos, un café de 24 y propina el pago total supera los 100 pesos; ni hablar. Si quieren pedir una carne o unos camarones que rondan entre los 178 y 183 pesos en algunos restaurantes, más la bebida y propina, superan los 250 por persona, costo que se eleva aún más si van a un restaurante especializado en carnes, donde pueden consumir de 300 a 500 por persona.

En algunos lugares el servicio deja mucho que desear: la comida, fría; los platillos, tardados aun en días en que no hay gente; la fruta, pasada; el café con un sabor a quemado por estar tanto tiempo en la jarra, etcétera. Algunos dicen que les gustaría ver que el gerente se meta a la cocina a ver qué está vendiendo, que use un termómetro láser para revisar la temperatura de los caldos y un cronómetro para medir la velocidad del servicio.

Mencionan también que las instalaciones no han sido modernizadas, en algunos restaurantes aún conservan los muebles que tenían cuando abrieron décadas atrás; no les gusta que pongan reggaetón o a una cantante que suena como si le estuvieran apretando el pescuezo, esa música no va en un restaurante serio; la comida no cae bien y los clientes dejan de ir.

Otro comentario de los clientes es en referencia a los platillos, dicen que les gustaría comer algo más sencillo, no tan condimentado. Muchos de los platillos que venden en los restaurantes son demasiado grandes y complejos, no es lo que el cliente busca, mucho menos los que cuidan su salud.

Sabemos que es una época difícil para todos, hay mucha incertidumbre, las personas cuidan más su dinero y todo es mucho más caro, pero… ¿qué harán los negocios para mantener la clientela?
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