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Carlos Loret de Mola
Carlos Loret de Mola
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Carlos Loret de Mola estudio en el ITAM, la carrera de Economía. Estuvo en Acir, en Imer con Rocha, luego en Radio 13, después en W Radio y en Televisa. Nació en Mérida, Yucatán, México. Es licenciado en Economía por el Instituto Tecnológico Autónomo de México(ITAM). Ha sido corresponsal de guerra en Afganistán y Haití. En Indonesia cubrió los desastres que ocasionó el Tsunami. Es autor del libro “ El Negocio . La economía de México atrapada por el narcotráfico” y coautor de “ Bitácora de Guerra”. Su trayectoria profesional ha sido reconocida con el Premio Nacional de Periodismo 2005 y con una Mención Especial en el Premio Nacional de Periodismo 2001; el Premio del Certamen Nacional de Periodismo durante 2002, 2003 y 2004; el Premio de la Asociación Nacional de Locutores en 2002 y 2003, el Primer Premio Parlamentario de Periodismo en 1998, entre varios otros.

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13 Enero 2021 04:06:00
Cómo destruir un legado
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Si Donald Trump no tuviera esa personalidad, quizá pasaría a la historia como un buen presidente de Estados Unidos. La frase me la dijo un colega y mi reacción fue seguramente igual a la suya al leer estas líneas: una cara de “no puedo creer que me estés diciendo esto”.

Procedió con su argumentación: Donald Trump es un impresentable, ni duda cabe. Pero si Trump fuera un tipo medianamente respetuoso, menos patético y hubiera aceptado en buenos términos su derrota electoral, el saldo de sus cuatro años en la Casa Blanca tendría importantes puntos a favor, aún con la terrible gestión de la pandemia:

La economía de Estados Unidos iba bastante bien bajo el mando de Trump. Incluso él buscó su reelección montado en esos buenos resultados de crecimiento y empleo: yo los puedo sacar de la crisis del coronavirus.

Nos pareció odioso a los mexicanos, pero pateó la mesa del comercio internacional y sacó ventajas para su país. Nos duele a los mexicanos, pero cumplió su promesa de abatir la migración ilegal (con la amable colaboración del presidente López Obrador).

Colocó a China, su principal rival, como el nuevo gran enemigo de la democracia y los valores occidentales. China venía navegando felizmente, gozando todas las ventajas de la economía globalizada, pero aprovechando su condición de oscura dictadura para hacer todas las trampas. Hoy China está bajo escrutinio por esconder el brote de la pandemia, por endurecer sus políticas antidemocráticas y por espiar usando sus avances tecnológicos, al grado que le bloquearon en Europa la introducción de la red 5G.

Cuando inició su mandato, el grupo terrorista Estado Islámico tenía un país a su disposición, conformado por un tercio de Irak y dos tercios de Siria, en donde fungía como Gobierno: cobraba impuestos, impartía su justicia y hasta extraía petróleo. Ya no. Prácticamente está de vuelta a la clandestinidad. Y encima, el Gobierno de Trump mató a su líder, Abu Bakr al-Baghdadi.

En Medio Oriente, entre sociedades económicas y complicidades políticas, logró que se volvieran a hablar Arabia Saudita e Israel. Con los saud logró el recorte petrolero y con los israelíes la apertura también a Emiratos Árabes. Incluso destrabó la bronca con Qatar, que ya ponía en riesgo el Mundial de Futbol.

A Irán lo tuvo contra las cuerdas con sanciones económicas y hasta se dio el lujo de matar a su militar de más alto rango, sin que el país islámico hasta ahora haya cobrado alguna represalia.

Y para algo más que la foto, reactivó la carrera espacial de la mano de Elon Musk.

Su carácter de barbaján y su permanente estado de pelea no le ayudaron. Aunque no sé si justo esa personalidad le permitió muchas de las conquistas enlistadas. Trump, pues, tenía argumentos para trazar una narrativa e intentar compensar su desastrosa gestión de la pandemia. Hay que recordar que hasta antes del Covid, el escenario más probable era que Trump se reelegía cómodamente.

Claro, hasta que no aceptó una contundente derrota electoral, inventó un fraude y puso a Estados Unidos en la categoría de país bananero al incentivar la destrucción violenta de las instituciones democráticas. Entonces sí, el destino es inequívoco e implacable.
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