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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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10 Febrero 2019 03:38:00
Cómo han pasado los años
Andrés Manuel López Obrador no es el primer presidente de México en imponer horarios de trabajo inhumanos a sus colaboradores. Luis Echeverría Álvarez gustaba de organizar reuniones que se prolongaban hasta la madrugada. Sorprendía su capacidad de resistir una retahíla de interminables discursos sin siquiera levantarse para ir al baño. Jamás bostezaba; casi ni pestañeaba.

Don Luis se desatendía de las manecillas del reloj. Igual citaba a los miembros de su gabinete a las seis de la mañana, que les llamaba por teléfono a la oficina a las 12 de la noche, para citarlos a una reunión, las cuales podían prolongarse de forma indefinida. Eso no obstaba para que el presidente entrara en acción al salir el sol.

Esta costumbre –estilo personal de gobernar, como diría don Daniel Cosío Villegas– dio pie a una divertida anécdota posiblemente apócrifa, pero creíble dado el desparpajo del que siempre hacía gala el economista saltillense Horacio Flores de la Peña, a la sazón secretario del Patrimonio.

Eran las 11 de la noche. Estaba don Horacio en su casa viendo televisión cuando recibió una llamada de Los Pinos. El presidente Echeverría se puso al teléfono y con tono de reclamo le dijo:


–Señor secretario, llamé a su oficina hace unos momentos y usted no estaba allí.

–Es correcto, señor presidente, ya estoy en mi casa.

–¿Pues a qué hora deja usted de trabajar, don Horacio? –preguntó Echeverría.

–Normalmente, a las ocho de la noche.

–¿Por qué tan temprano?

–Lo hago por el bien de México, señor presidente.

–¿Cómo? Explíquese.

–Sí, es que me he dado cuenta que después de trabajar ocho horas termino exhausto, y si sigo intentando trabajar empiezo a hacer puras pendejadas, y algunas de ellas pueden resultar muy costosas para el país.

No se sabe cómo terminó aquella conversación, pero cierta o no encierra una gran verdad: el ser humano tiene un límite para mantenerse activo, pues requiere necesariamente de un descanso antes de retomar sus actividades.

López Obrador parece no entender esto. Sus conferencias de prensa mañaneras desvelan por igual a funcionarios que a periodistas, lo que confiere credibilidad a los rumores acerca de las dos o tres renuncias no aceptadas de la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero.

En la Ciudad de México, para estar en Palacio Nacional antes de las siete de la mañana, a cualquiera lo obliga a levantarse a las cuatro y media, una hora infame para quienes terminaron tarde su jornada del día anterior. Quizá funcionarios jóvenes puedan soportar ese ritmo, pero no todos, por supuesto.

La señora Sánchez Cordero y varios de los colaboradores cercanos del Presidente no son unos jovencitos. Algunos de ellos ya peinan canas desde hace muchos años. Es el caso de Javier Jiménez Espriú, secretario de Comunicaciones y Transportes, quien este año apagará 82 velitas en su pastel de cumpleaños. Dos años menor es el fiscal general de la República, Alejandro Gertz Manero. Él cumplirá 80 en octubre.

En una entrevista, Joaquín López-Dóriga preguntó a la secretaria de Gobernación cuánto tiempo podrá aguantar el actual ritmo de trabajo. Ella no respondió. Sin embargo, la pregunta sigue en el aire y podría hacerse a otros miembros del círculo más cercano de López Obrador o incluso a él mismo. Echeverría iba a cumplir 49 años cuando asumió la Presidencia; López Obrador, 65. Y definitivamente no es lo mismo los tres mosqueteros que 16 años después.
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