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Armando Fuentes Aguirre
Armando Fuentes Aguirre "Catón"
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15 Septiembre 2014 04:10:15
Como México no hay dos
El joven esposo se acercó a su mujercita.

A las claras se veían sus intenciones. Dijo ella: “Debemos controlarnos, Pitoncio.

Me preocupa el problema de la explosión demográfica”.

“A mí también me preocupa, mi cielo -respondió él acercándose más-, pero ya traigo encendida la mecha”...

Pirulina, muchacha de atractivas formas, fue a confesarse con el apuesto y joven cura recién ordenado.

“Padre -le dijo-, me acuso de que estoy perdidamente enamorada de usted.

En mis fantasías eróticas me veo abrasada de pasión, entregados los dos a ígneos deliquios de carnalidad.

Bien sé que tales pensamientos son un pecado grave. ¿Cree usted que me salvaré?”.

Le respondió el curita: “Si te salvas es sólo porque en seguida tengo que oficiar un bautizo.

De no ser por eso no te habrías salvado”... A mí también me parecía chabacana, patriotera y hueca la expresión “Como México no hay dos”.

Luego empecé a viajar por todos los extremos del territorio nacional; vi sus paisajes; conocí su gente; disfruté su gastronomía infinita; me maravillé con su arte y sus artesanías; con su letra y su música; leí su historia y sus leyendas.

Y entonces aprendí una cosa: Como México no hay dos.

Vivo ahora en un deslumbramiento permanente.

Estoy enamorado de mi país, quizá porque ando todos sus caminos.

Veo arrobado el austero desierto de Sonora o de la Baja California; los altos pinos de las montañas en el altiplano; las selvas y bosques de niebla de Chiapas; los fértiles valles del Bajío; las cañadas de la Huasteca; el espléndido cielo de Oaxaca.

Admiro con igual mirada los prodigios hechos por los hombres: Las pirámides de nuestros primeros padres; los palacios y templos que España erigió en México; la belleza multicolor de las cosas creadas por nuestro pueblo; las nobles ciudades señoriales.

Antes, cuando alguien decía aquello de “Como México no hay dos”, no faltaba quien le respondiera, irónico y burlón: “¡Cómo se ve que no has viajado!”.

Ahora, si alguien me dice que no es cierto eso de que como México no hay dos, le digo: “¡Cómo se ve que no has viajado! Cuando conozcas tú país, cuando mires sus cielos y su tierra, cuando recorras sus caminos infinitos, y hables con su gente, y entres en su ánimo y en su ánima, entonces sabrás que es cierto eso de “Como México no hay dos”... Miss Peeny Senvy, feminista de las de antes, daba una conferencia.

Preguntó en tono desafiante: “¿Dónde estaría el hombre de no ser por la mujer?”.

Respondió una voz masculina desde el fondo: “En el Paraíso, sin ninguna preocupación y güevoneando todo el tiempo”... Nalgarina Granderriére, vedette de moda, le dijo al rico y senescente galán que la cortejaba: “Me encantan los sonidos susurrantes de la Naturaleza: El roce de las hojas en los árboles; la caricia de una ola que muere sobre la arena de la playa; el murmullo del viento en la misteriosa soledad del bosque; el leve ruido de un fajo de billetes al ser contados...”... Pepito jamás había visitado una granja. Su papá lo llevó a una, propiedad de cierto amigo suyo, y éste le mostró al niño los pollos que criaba.

Llegada la cena la esposa del granjero mató un pollo y se puso a desplumarlo para la cena. Pepito vio aquello y le preguntó: “¿Todas las noches tiene que encuerar a los pollos?... Cae que no cae iba Empédocles Etílez por la calle haciendo eses.

Una y otra vez el borrachín decía con tartajosa voz: “¡No me tumbe, don José! ¡Don José, no me tumbe!”. Un policía se le aproximó.

Empédocles, deteniéndose de las paredes para no caer, seguía diciendo: “¡No me tumbe, don José! ¡Por favor, don José, no me tumbe!”.

“¡Oiga, amigo! -le dijo el policía-. Aquí no hay nadie que lo tumbe. ¿A qué don José se refiere?”.

Respondió el temulento: “A don José Cuervo”... Avidia, mujer joven, le dijo a una amiga: “Quiero encontrar a un hombre amoroso, romántico, tierno, espiritual, que me respete y me comprenda.

¿Es eso mucho pedir en un multimillonario?”... El agente viajero trataba de convencer a un señor de que le comprara un reloj a su hijo. “Es muy bueno -le dijo-.

El muchacho no tendrá que darle cuerda. El reloj se da cuerda con el movimiento de la mano”. Replicó el señor: “Mi hijo es adolescente.

Si las cosas son como usted dice, entonces va a encuerdar el reloj. (

No le entendí)... FIN.
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